Amosando publicacións coa etiqueta Contaminación luminosa. Amosar todas as publicacións
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xoves, 1 de decembro de 2022

Nunca se ve más lejos que en la oscuridad

En Oda a la oscuridad la escritora noruega Sigri Sandberg formula una hermosa defensa de las condiciones naturales de la noche.

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Desde que era pequeña, la periodista Sigri Sandberg tiene miedo de la oscuridad. Es un miedo compartido, generalizado. Históricamente, la oscuridad fue «un enemigo, como el frío, algo que no es seguro»; representa, en la tradición cultural europea, la muerte y el mal, frente a la luz que se asocia a la vida y el bien. Pero también, desde siempre, Sigri viajó periódicamente a Finse, un pueblo de montaña a 1200 metros de altura y 60 grados de latitud norte, un lugar sin árboles y con una temperatura media por debajo de cero dos terceras partes del año. Un lugar, por supuesto, con un firmamento esplendoroso cuando el cielo está despejado, el espacio ideal para evidenciar nuestra insignificancia ante una naturaleza que «no nos juzga, no nos valora, a diferencia de las personas y la sociedad».

La autora se planteó un desafío que dio como resultado un libro. Oda a la oscuridad, editado por Capitán Swing, es un ensayo que nace de su experiencia de pasar cinco días en una cabaña en Finse enfrentándose a la soledad y a la noche, aprendiendo a convivir con ellas. Busca consejo en una gloria nacional, el poeta, novelista y dramaturgo Jon Fosse, a quien le pide que defina la palabra «oscuridad». La respuesta del escritor, habitual en las quinielas del Nobel, es concisa y admirable. «Es evidente», le dice, «que la oscuridad tiene que ver con la noche, con el sueño y con la muerte y con que nada se ve o con que se ven las estrellas, en cierto sentido se ve el universo y nunca se ve más lejos que en la oscuridad». He ahí una verdad científica que resulta ser también una verdad poética: la oscuridad nos permite ver más lejos. Nos permite ver objetos débiles, aquellos cuyo brillo intrínseco está muy atenuado por la enorme distancia a la que están de nuestro planeta. Además, esa oscuridad nos amplía la mirada en un sentido más filosófico: nos ayuda a ser conscientes de que pertenecemos a un todo inmenso, de que los materiales con los que se edifica pieza a pieza nuestro cuerpo son los mismos que forman los objetos celestes.

Sigri se lleva como compañía un libro de otra mujer, Christiane Ritter, que ocho décadas atrás acometió la aventura de dejar la ciudad para encaminarse al gran norte, a Svalbard. En su larga estancia ártica, Christiane experimenta un duro temporal que no cesa durante nueve días. «Ahora entiendo que en muchos casos puede ser más difícil mantener nuestra personalidad que conservar la vida en la lucha contra los elementos», escribe. «Siento la poderosa soledad que me rodea (...) Siento que pierdo los límites de mi ser en esta naturaleza fuerte y abrumadora. Y por primera vez entiendo el regalo divino que es el prójimo.» Sí, casi siempre es útil apartarse para tener un mayor campo de visión, para pensar mejor y diferenciar lo importante de lo anecdótico. 

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 282, decembro de 2022.

martes, 1 de novembro de 2022

Dormir es un acto revolucionario

Juan Antonio Madrid reivindica en su libro Cronobiología la belleza y la importancia de los ritmos biológicos.

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Frente a la divulgación de usar y tirar que salta de las redes sociales al papel con poco cuidado y prosa atropellada, hay libros que tardan décadas en cocinarse. Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología y director del Laboratorio de Cronobiología y Sueño de la Universidadde Murcia, tardó más de cuarenta años en decidirse a escribir uno y finalmente lo hizo con la sabiduría y el sosiego de quien lleva toda su carrera haciendo ciencia al margen del ruido y la furia de la todología mediática. Cronobiología.Una guía para descubrir tu reloj biológico (Plataforma Editorial) explica de forma ejemplar la ciencia de los ritmos circadianos, o de cómo la hora a la que suceden las cosas es extremadamente importante. Durante millones de años, nuestro cuerpo evolucionó sometido a un patrón estable de días y noches que se alternan; los ancestros que nos precedieron dormían (y ayunaban) durante las horas de oscuridad y se mostraban muy activos durante las horas de luz. El desarrollo de la agricultura y la ganadería, que garantizaba las fuentes de alimento, y el aumento del tamaño y la complejidad de los grupos humanos trajeron un primer y radical cambio de hábitos, así como la necesidad de comprender mejor el paso del tiempo y unificar de alguna forma su medida. La moderna invención de la luz artificial nos liberó de la dependencia del Sol para el trabajo y el ocio, pero también introdujo la nefasta posibilidad de eliminar, en la práctica, la noche.

Pero la noche, como dice el verso de Xosé María Díaz Castro que da título a esta sección, es necesaria. Lo sabe cada una de nuestras células, dotadas de relojes internos que deben ser sincronizados por una dirección de orquesta muy pendiente de los cambios de luz a lo largo del día. Los desajustes entre los tiempos que marcan nuestra existencia, del ritmo propio interno al que definen los movimientos terrestres, pero también los tiempos sociales, tienen consecuencias sobre nuestra salud.

La cronobiología nos desvela cómo los efectos de ciertos alimentos o tratamientos médicos pueden no ser iguales por la mañana que por la tarde. También deja muy claro hasta qué punto es indispensable dormir para nuestro bienestar físico y mental y alerta de la auténtica crisis de sueño que vive la sociedad contemporánea. No es casual que el libro concluya con un epílogo magnífico que suena a manifiesto. «Al acabar de escribirlo», dice Juan Antonio, «soy aún más consciente, si cabe, de lo necesitados que estamos de calma, de lentitud, de silencio, de oscuridad y de sueño (…) Si no nos detenemos voluntariamente, al final lo haremos por obligación». Para el autor, dormir es un acto revolucionario y «cada minuto más de sueño es un minuto menos que dejaremos de consumir y de producir y de agredir a nuestro planeta». Por nuestra salud y por la de la naturaleza, es esencial apagar las luces para que se encienda la noche. 

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 281, novembro de 2022.

domingo, 2 de outubro de 2022

Salvemos la noche

Érase una vez, en una región del universo no especialmente diferente de cualquier otra, una enorme cantidad de polvo y gas, los restos materiales de estrellas que habían colapsado mucho antes. Por alguna razón, algunos de esos materiales dispersos se juntaron formando un pequeño grumo y a partir de ahí tomó las riendas la gravedad, la fuerza dominante a escala macroscópica. Ese grumo, por el hecho de tener un poco más de masa, atrajo más partículas y se fue haciendo cada vez más grande. Y al hacerse más grande su masa aumentaba y caían más y más materiales. Fruto de ese proceso, lento pero incesante, aquel aglomerado inicial se convirtió en un nuevo sol. Nuestro Sol, en concreto.

En la vecindad de nuestra estrella en formación había muchos otros escombros a diferentes distancias. Poco a poco se fueron apelotonando para dar lugar a grandes esferas, algunas realmente enormes hechas de gas; las más pequeñas, por contra, eran muy densas, rocosas. Una de esas esferas, que hoy llamamos “planetas”, es nuestro hogar, la Tierra. El escenario principal de nuestras historias quedó dispuesto hace 4500 millones de años. Era un cuerpo convulso y activo que con el tiempo se fue amansando. Surgieron en él estructuras complejas, abiertas a procesos químicos igualmente complejos. Estructuras capaces de multiplicarse. Bastaron unos cientos de millones de años para la aparición del más antiguo antepasado común de todos los seres vivos, LUCA, acrónimo de “last universal common ancestor”. La vida no se hizo esperar.

Hace unos cuatro mil millones de años que la Tierra alberga vida. Y la vida fue evolucionando, adaptándose a un planeta que gira sobre sí mismo. Ese movimiento orienta en cada instante una mitad de la esfera hacia el Sol y deja la otra mitad en sombra. Se alternan la luz y la oscuridad. El día y la noche. Y cuatro mil millones de años son muchos días y muchas noches. Un billón y medio de días y un billón y medio de noches, en una cuenta tosca. No es extraño que para los seres vivos fuese útil reconocer esa sistemática alternancia de los niveles de luz. Que fuese útil reconocer, además, que esa alternancia es cambiante, que la duración de los días y las noches oscila entre unos valores máximos y mínimos de forma periódica, anunciando de paso otros cambios importantes. Los días que crecen evocan la llegada de épocas cálidas; las noches largas anuncian frío y lluvia. No hay mejor marcador de las variaciones estacionales que un buen control de las horas de luz natural. La evolución encontró estrategias para medir esas variaciones. Para distinguir bien el “cuándo”. Para anticiparse a los cambios.

Para todos los seres vivos del planeta, la luz y la oscuridad no son aspectos circunstanciales, prescindibles. Son aspectos esenciales. Este libro admirable trata de eso, de cuánto necesitamos los seres humanos diferenciar con claridad el día y la noche. Tener mucha luz cuando es de día y la mayor oscuridad posible durante la noche. Su autor, Emilio Sánchez Barceló, dedicó su carrera como investigador a explorar la importancia biológica de la luz y a estudiar como los niveles de luz definen el ritmo de muchas funciones fisiológicas. También a conocer mejor lo que sucede cuando eses ritmos se alteran, cuando nuestros relojes internos pierden el compás.

Hay una idea fundamental en este libro que se apunta ya en el título. La producción artificial de luz es, no hay ninguna duda, uno de los mayores inventos de la humanidad. Desde la antigüedad, la creación artística y científica ha sido posible gracias a que las fuentes de luz nos permitieron extender las horas de actividad más allá de lo que nos facilita el Sol. Pero la explosión de la iluminación artificial en el último siglo nos ha hecho olvidar que la conexión con el ciclo día/noche es inherente a nuestra biología y que romperlo se paga muy caro. Perder la noche ha sido una elección equivocada, de consecuencias dramáticas. Estamos a tiempo de revertir esa situación, de rescatar la noche, la oscuridad de la noche. Esa oscuridad que nos fascina e inquieta, que nos hace sentir vulnerables, pero que por eso mismo nos produce un extraño gozo, la satisfacción de saberse ínfimo ante la vastedad del firmamento.

No conozco a nadie que no experimente cierta clase de escalofrío ante la visión de un cielo repleto de estrellas. Hay algo íntimo que nos une a ellas. Heredamos de alguna estrella muerta todo el oxígeno que necesitamos para vivir, todo el calcio que almacenan nuestros huesos, todo el hierro que tiñe de rojo nuestra sangre, todo el sodio y el potasio de los canales neuronales por los que fluye el conocimiento. El átomo más abundante de nuestro cuerpo es el hidrógeno y todo el hidrógeno que existe se formó aún mucho más pronto, en el principio mismo del universo, mientras la luz empezaba a surcarlo. Piensen en ello la próxima vez que alguien les pregunte la edad: la mayoría de los ladrillos que nos forman tienen 13800 millones de años.

Somos cosmos, ahora lo sabemos. Podemos reconocernos en el espejo de las noches estrelladas. También por eso es nuestra obligación proteger la noche. Cuidarla. Recuperar la oscuridad que perdimos estúpidamente y preservarla para las generaciones futuras. Tenemos que salvar la noche.

Martin Pawley. Prólogo escrito para a segunda edición (2022) do libro "Hicimos la luz... y perdimos la noche. Efectos biológicos de la luz" de Emilio J. Sánchez Barceló, editado pola Editorial Universidad de Cantabria. 

sábado, 1 de outubro de 2022

Uno de cada veintidós millones

A efectos prácticos podemos considerar que toda la luz artificial contamina.

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Uno de los textos más inspiradores del año en el campo de la contaminación lumínica consigue serlo en poco más de cuatro mil caracteres, abstract incluido: A note on the overall efficiency of outdoor lighting systems (Una nota sobre la eficiencia general de los sistemas de iluminación exterior) de Salva Bará. En su concisa nota, el ahora jubilado profesor de la Universidad de Santiago de Compostela evalúa cuántos de los fotones distribuidos por un sistema de iluminación ideal contribuyen específicamente a nuestra visión. El ojo, nos explica, «solo puede capturar los fotones que se propagan dentro del estrecho ángulo sólido subtendido por su pupila desde cada punto de la escena», de modo que es sencillo concretar un valor para ese ángulo haciendo algunas suposiciones razonables que se detallan en el artículo. De ese valor se infiere que de cada veintidós millones de fotones reflejados nuestro visual usa solamente uno. Esta estimación, nos recuerda la nota, es muy conservadora (la proporción realista es aún menor), y además es inherente a la física de la propagación de la luz y la visión, o sea, no es una limitación que pueda resolverse con mejoras tecnológicas. Es y será siempre así.

Es fácil concluir, a partir de esta reflexión, que a efectos prácticos casi todos los fotones producidos de forma artificial que se reflejan en horario nocturno (o, si lo prefieren, «todos menos una pequeñísima fracción») no se adentran en nuestro ojo para activar el fenómeno de la visión, sino que «se envían a la atmósfera, se pierden por absorción o llegan a lugares que no se pretendían iluminar». Contaminamos siempre que usamos luz artificial, queramos o no, lo cual es una invitación a utilizarla con extrema prudencia y reduciendo las emisiones al máximo posible.

La editorial Libros de la Catarata lanzó este verano un volumen de Alicia Peregrina López, doctora en Ciencias Ambientales y trabajadora del Instituto de Astrofísica de Andalucía, inexcusable para esta sección: Lacontaminación lumínica, que define de manera accesible para cualquier persona en qué consiste esta forma de polución y por qué es un grave problema para el medio ambiente y la salud, así como para la preservación del patrimonio inmaterial común que son los cielos estrellados. Hacia la mitad del libro, Alicia teje una comparación reveladora. Enumera una serie de paisajes «que impactan los ojos y el alma de quienes tienen el privilegio de observarlos», como la cumbre del Kilimanjaro, las cataratas del Iguazú, la Alhambra coronando la ciudad de Granada o la playa de As Catedrais en Galicia. «¿Qué pasaría si dejáramos de verlos? Si, sabiendo que están ahí, no pudiéramos disfrutarlos nunca más», se pregunta. Pues eso es lo que sucede con el firmamento nocturno: la luz artificial nos roba cada noche una Alhambra, unas cataratas del Iguazú, la cumbre del Kilimanjaro. Gracias a Salva podemos decir, además, que la culpa la tiene toda la luz artificial. No el «exceso de luz», sino «toda la luz».

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 280, outubro de 2022. 

xoves, 1 de setembro de 2022

Ecocidios sostenibles

La pertinente preocupación por la huella de carbono no debe hacer olvidar otros impactos ambientales igualmente agresivos.

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O Kursaal no filme para planetario "Pirineos
la Nuit". Imaxe: Fernando Jáuregui
Cada mes de julio el festival «Curtas» de Vila do Conde (Portugal) es para mí una cita imperdible por su cuidada programación fílmica y la capacidad de todo el equipo para generar un entorno cordial. Una de las actividades de la última edición fue un inspirador coloquio sobre la sostenibilidad en los festivales de cine con representantes de diversos certámenes europeos, como Kino Otok en Izola (Eslovenia) o DocLisboa y el propio Curtas en el país vecino. Es importante que se integren las buenas prácticas hacia la naturaleza en la planificación de cualquier evento, y los de cine parecen estar tomando carrerilla. La Mostra de Venecia destaca en su presentación de este año el gran esfuerzo inversor en infraestructura y tecnología con la neutralidad en las emisiones de carbono y el uso exclusivo de fuentes de energía verdes como objetivo final. Septiembre es el mes de la Mostra pero también del Festival de San Sebastián, el más importante de los que se celebran en España. El Zinemaldia donostiarra inició también el camino hacia una mayor sostenibilidad con la elaboración y difusión pública de un interesante informe sobre su impacto ambiental; en junio el director, José Luis Rebordinos, anunció que el festival compensará algo más de la mitad de sus emisiones con dinero que se empleará en la regeneración de bosques a través del Fondo de Carbono Voluntario de Gipuzkoa.

Reducir la huella de carbono suele ser la estrategia principal en favor de la sustentabilidad y en eventos que implican la participación de muchas personas eso pasa por ahorrar en transporte y movilidad: dar prioridad al tren frente al avión siempre que sea factible, evitar viajes prescindibles de la organización y recortar envíos de material. Es común apostar también por la reducción y reciclaje de residuos, por minimizar el uso de papel o restringir el consumo de plástico, con las botellas de agua en el punto de mira. Todo eso está bien, pero no llega. La preservación de la naturaleza exige una visión global que atienda a toda clase de impactos y no se limite a la producción de gases de efecto invernadero: si alguien atropella a un lince, la desgracia no se vuelve menor si el coche es eléctrico. De la misma manera, un macroconcierto nocturno en un espacio natural no va a ser sustentable por mucho que se repartan ecovasos y se haga recuento de CO 2 , porque la contaminación acústica y lumínica asociada más la invasión masiva del espacio representan una agresión tan dañina como evitable. No existen los ecocidios sostenibles.

Aplaudo la voluntad del Zinemaldia por ser más verde, pero no olvido que su sede principal y emblema es el Kursaal, un palacio de congresos formado por dos grandes bloques que de noche se convierten literalmente en dos enormes cajas de luz, o sea, pura contaminación lumínica. Confío en que algún día veamos el Kursaal apagado bajo las estrellas: no podría imaginar un gesto mejor por el medio ambiente.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 279, setembro de 2022.

venres, 1 de xullo de 2022

El derecho y el revés de la contaminación lumínica

Las administraciones públicas españolas tienen diversas herramientas legales para proteger la noche. Y pocas veces las usan (bien).

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Charla de Alba Nogueira. Imaxe: Cris Veiras.
El pasado 14 de mayo la Agrupación Astronómica Ío organizó por tercera vez en A Coruña el «Encontro da Noite», una jornada divulgativa sobre contaminación lumínica, protección de la noche y puesta en valor del paisaje nocturno. El programa contó con la participación de Alba Nogueira, catedrática de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago de Compostela, que impartió una charla cuyo título, traducido al castellano, es el que utilizo para este artículo. El derecho ambiental, específicamente aquel que busca la preservación de la naturaleza por sí misma y no por su influencia directa en las actividades humanas, es un área de trabajo aún joven y dentro de ella lo son lógicamente mucho más las estrategias de protección contra agentes cuyo peligro se desconocía hace unas pocas décadas. Es el caso del impacto de la luz artificial por la noche, un asunto relativamente desatendido por el Derecho pero ante el que existen diversas vías útiles de intervención desde la administración que raras veces se ponen en marcha. En su charla, Alba recordó con mucha claridad que para que exista una respuesta jurídica es imprescindible que un problema se perciba como tal por la mayoría social y es obvio que con la contaminación lumínica estamos lejos de eso. Debemos asumir que no se actuará en serio mientras no se perciba como una demanda social, así que necesitamos ser más convincentes y activos en la comunicación del problema (y tenemos argumentos de sobra).

Las estrategias legales de preservación de la oscuridad natural podrían agruparse en dos grandes grupos, que en el fondo reproducen la vieja táctica del palo y la zanahoria. Están, por un lado, las que establecen marcos y condiciones de obligado cumplimiento, como la definición de zonas de especial interés, limitación y/o prohibición de iluminación en ciertos territorios, fijación de horarios de uso y características de productos e instalaciones, etc. Otro camino diferente es el establecimiento de fórmulas de fomento que favorezcan las buenas prácticas a través de la contratación pública y concesión de subvenciones. Puesto que las administraciones públicas son las principales contratistas de servicios de iluminación, sería muy sencillo imponer criterios que puntúen de forma suficiente en la valoración de los proyectos. Si un ayuntamiento solicita a una diputación o una agencia energética una ayuda para reformar su alumbrado, bastaría que estas exigiesen una reducción medible del brillo del cielo antes y después de las obras para que las entidades locales se esforzasen por tener la contaminación lumínica como un objetivo prioritario: si hay contaminación, no hay dinero, y si no hay dinero no hay obras. Como además la inmensa mayoría de los ayuntamientos tienen recursos humanos y técnicos muy escasos, cuando desde entidades superiores les proporcionan herramientas e indicaciones claras lo común es que las acojan con sumo gusto. Hablo de cosas tan básicas como recomendaciones y modelos de pliegos de contratación que puedan copiar y pegar. Evitaríamos así una parte no menor de un desastre ambiental que se produce, a menudo, por desconocimiento, sin mala fe.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 277-278, xullo-agosto de 2022.

mércores, 1 de xuño de 2022

Cuidando el mejor cielo del planeta

La nueva normativa de iluminación de Chile extiende la protección de la noche a todo el territorio del país.

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En una revista como esta no hace falta dar grandes explicaciones sobre la calidad del cielo de algunas regiones de Chile y su rol capital en la astronomía profesional de todo el mundo. Por su importancia científica pero también económica, dada la atracción de inversiones y recursos que proporciona, el gobierno estatal empezó ya en 1998 a establecer normas para paliar la contaminación lumínica en las tres zonas de ma- yor interés astronómico (Antofagasta, Atacama y Coquimbo), que fueron objeto de una revisión posterior en 2012 que impuso condiciones más exigentes.

La infeliz realidad es que la contaminación lumínica no ha dejado de crecer globalmente año tras año, y Chile no es una excepción. Ante esa evidencia, sumada a la constatación innegable del impacto que la luz artificial por la noche tiene sobre la salud humana y el medio ambiente, en abril de 2019 se inició el procedimiento para una reforma integral de la normativa. Fue un proceso verdaderamente ejemplar, acompañado de múltiples actividades informativas y conferencias sobre la contaminación lumínica a las que en muchos casos –doy fe– pudimos acceder también desde el extranjero. La nueva legislación la dejó aprobada el gobierno saliente de Sebastián Piñera antes de la entrada del gabinete de Gabriel Boric, de signo político muy distinto, y eso es especialmente esperanzador: la defensa de la oscuridad natural de la noche, como cualquier otra defensa del medio ambiente, debería ser siempre un valor común al margen de las disputas políticas partidarias.

Fonte: sección sobre contaminación luminosa do web do Ministerio de Medio Ambiente chileno

La reforma es muy ambiciosa pues, para empezar, extiende la protección del cielo a todo el territorio nacional. Se prohíben las emisiones al hemisferio superior del alumbrado en general y se imponen valores límite muy razonables a los niveles de iluminación permitidos, así como el apagado total en horario nocturno del alumbrado ornamental o decorativo y el de las instalaciones deportivas. La norma actúa con firmeza sobre las características espectrales de las fuentes, atendiendo al mayor efecto contaminante de la luz azul. En la vecindad de los observatorios astronómicos, parques nacionales y áreas naturales de especial valor ambiental se apuesta por luces ámbar, con un máximo de un 1% de componente azul (alrededor de 1800 K); para el resto del país, la componente azul de la luz no podrá superar el 7%, con temperaturas de color por debajo de 2500 K como referencia. El decreto no se olvida del problema que supone la proliferación de las pantallas publicitarias, que añaden a la atmósfera una cantidad inmensa de fotones, y marca para estas una luminancia límite de 50 candelas por metro cuadrado, hasta veinte veces por debajo de los valores que admite el aún vigente RD1890/2008 español.

Siguiendo el trámite habitual, la norma pasa ahora por la Contraloría General de la Republica hasta su definitiva publicación y entrada en vigor. Empezaremos a apreciar entonces sus resultados, pero desde ya podemos considerarla un modelo a seguir. Acabo igual que el mes pasado: si Chile puede, ¿a qué estamos esperando?

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 276, xuño de 2022. 

domingo, 1 de maio de 2022

Que no desaparezca el canto de los pájaros

Miles de millones de aves mueren cada año en las ciudades víctimas de colisiones.

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Annual Bird Layout, FLAP
Hace casi treinta años, Michael Mesure encontró un pájaro que había chocado con un edificio. Era un ejemplar de mascarita común, una especie aún abundante en Norteamérica, y se propuso llevarlo a un centro de recuperación. Mientras iba de camino en coche, el pájaro se escapó de la bolsa, se posó en el espejo retrovisor y empezó a cantar. Michael siguió conduciendo, embelesado por su música, hasta que de repente el pájaro quedó en silencio y cayó al suelo muerto.

Este episodio fue el estímulo, a la vez poético y trágico, que impulsó una feliz iniciativa: el nacimiento en Canadá en 1993 de FLAP, siglas de Fatal Light Awareness Program, una organización dedicada específicamente a concienciar sobre la masacre continua de aves por colisiones. Durante el día, la luz solar que incide en los edificios es un peligro para los pájaros, que pueden verse atraídos por la imagen reflejada de un paisaje sobre los cristales, pero no ven los cristales en sí, por lo que a menudo se golpean contra estos. La contaminación lumínica extiende la amenaza a la noche, pues además el brillo de las ciudades atrae a las aves, que quedan literalmente atrapadas por las marañas de luces y vuelan hasta quedar exhaustas.

La cantidad de muertes por choques directos con edificios es enorme. El artículo A first estimate for Canada of the number of birds killed by colliding with building windows (Machtans et al., 2013) estimaba en 25 millones el número de ejemplares que se pierden anualmente en Canadá por esta causa. Un artículo posterior, Bird–building collisions in the United States: estimates of annual mortality and species vulnerability (Loss et al., 2014), calculaba entre 100 y 1000 millones cada año las muertes por choques en Estados Unidos. Incluso cuando no se producen resultados fatales inmediatos, los impactos pueden dejar aturdidos a los pájaros de forma que resultan más vulnerables a los depredadores y al tránsito de vehículos, especialmente si caen a tierra. FLAP organiza periódicamente un evento que hace dolorosamente visible este desastre ambiental cotidiano: el "Annual Bird Layout", la exposición pública de cientos de cuerpos recogidos por personas voluntarias, una actividad que desde 2001 ha sido imitada por muchos otros grupos conservacionistas. 

El sitio web de FLAP, www.flap.org, recoge algunas buenas prácticas para minimizar o evitar los daños, algunas tan sencillas como poner marcas en las ventanas que sin impedir el paso de la claridad sirvan de alerta para las aves. En horario nocturno, el apagado de luces innecesarias en edificios es una estrategia que salva vidas, en especial en primavera y otoño, cuando miles de millones de animales cruzan los cielos para efectuar sus viajes migratorios. La ciudad de Nueva York aprobó en diciembre ordenanzas de reducción de la iluminación con el objetivo de proteger a la fauna voladora. Si Nueva York puede, ¿a qué estamos esperando?

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 275, maio de 2022. 

venres, 1 de abril de 2022

El mito de la caverna

Diversos experimentos de aislamiento extremo ayudaron al progreso de la cronobiología.

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«En 1961 descubrimos un glaciar subterráneo en los Alpes, a unos setenta kilómetros de Niza. Mi idea inicial era preparar una expedición geológica y pasar unos quince días bajo tierra estudiando el glaciar, pero un par de meses después me dije: Bien, quince días no son suficientes, no veré nada. De modo que decidí quedarme dos meses. Y luego me vino esta idea, que se convirtió en la idea de mi vida. Decidí vivir como un animal, sin reloj, en la oscuridad, sin saber la hora». El espeleólogo francés Michel Siffre describía así en una entrevista con el periodista Joshua Foer la radical experiencia por la que pasó a la historia. Tenía 23 años y se propuso pasar sesenta días recluido en una cueva subterránea a cien metros de profundidad, convirtiendo la exploración geológica del lugar en, sobre todo, un estudio de la percepción y la expresión del tiempo. Siffre enviaba una señal al equipo de apoyo en el exterior para indicar cuándo se levantaba, cuándo comía y cuándo se acostaba; además, comunicaba su pulso cardíaco y realizaba una ingeniosa prueba psicológica que consistía en contar de 1 a 120 intentando mantener un ritmo de un número por segundo. No recibía ningún mensaje desde fuera que le permitiese tener alguna noción temporal, así que todas sus acciones venían marcadas por sus deseos o impulsos, no por ritmos celestes ni sociales. Sin el reajuste permanente que induce el ciclo solar de días y noches se impone el reloj humano interno y el uso del tiempo inevitablemente se altera. Siffre entró en la cueva el 16 de julio de 1962; cuando el 14 de septiembre le dijeron que el experimento había terminado, se quedó perplejo: él pensaba que aún era 20 de agosto y que le quedaba casi otro mes por delante. En el ejercicio rutinario de contar hasta 120 llegó a tardar hasta cinco minutos.

Uno de los padres de la cronobiología, el alemán Jürgen Aschoff, promovió experimentos equivalentes con cientos de personas voluntarias valiéndose de un búnker abandonado de la Segunda Guerra Mundial, reconvertido en laboratorio para el estudio de los ritmos circadianos. Años y años de registro sistemático de múltiples variables fisiológicas en esas condiciones de aislamiento sirvieron para demostrar la existencia de ritmos endógenos para la alternancia sueño/vigilia o las variaciones de temperatura. En esa situación de «ritmo libre» (free running), sin referencias astronómicas, el reloj interno humano define «días» ligeramente por encima de 24 horas.

Relata esta historia, y muchas otras, Emilio Sánchez Barceló, Catedrático de Fisiología ya jubilado, en el delicioso librito Ocho hitos en la historia de la cronobiología (Ediciones Universidad de Cantabria), que se suma a su imprescindible Hicimos la luz… y perdimos la noche, cuya segunda edición revisada y mejorada con ilustraciones a todo color está ya en librerías. Tengo el honor de contribuir a esta edición con un prefacio titulado Salvemos la noche. Urge que lo hagamos, también por nuestra salud.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 274, abril de 2022. 

martes, 1 de marzo de 2022

Primavera temprana, otoño tardío

La iluminación de la noche altera los ritmos propios de las especies vegetales.

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Una planta ocupa un lugar de privilegio en la historia de la cronobiología: la Mimosa pudica, conocida por su capacidad de replegar las hojas al mínimo roce. La mimosa muestra también un notable movimiento diurno de su follaje, que se presenta extendido mientras el Sol está en el cielo y se retrae en la oscuridad. En 1729 el francés Jean-Jacques d’Ortous De Mairan diseñó un experimento para estudiar hasta qué punto la mimosa respondía a los niveles de iluminación. Decidió poner un ejemplar en un recinto cerrado que no permitía la entrada de luz y observó, para su sorpresa, que a pesar de todo la planta seguía abriendo y cerrando sus hojas con la periodicidad habitual. De alguna forma la planta disponía de una suerte de «reloj interno» que le indicaba como actuar aún en ausencia de señales solares.

Fueron necesarios más de dos siglos (y un gran número de descubrimientos científicos) para que se consolidase como una rama fascinante de las ciencias naturales la cronobiología, el estudio de los fenómenos cíclicos y los marcadores de tiempo internos de los seres vivos y su influencia en las respuestas fisiológicas. Ese ritmo endógeno propio se reajusta mediante estímulos externos, entre los cuales el más importante es la alternancia día-noche. Pero si la luz y la oscuridad natural son una referencia para la puesta en hora de los organismos, parece evidente que la modificación de ese patrón provocada por la omnipresencia de la luz artificial debe suponer un problema para la vida, en general. Las investigaciones sobre contaminación lumínica así lo ponen de relieve de forma inequívoca, y eso sucede tanto con los animales –incluidos los humanos– como con el reino vegetal. Los ejemplos son muy diversos. La contaminación lumínica se relaciona con la brotación anticipada de los árboles en hasta siete días, según un estudio efectuado en el Reino Unido (French-Constant et al., 2016), o con retrasos de incluso tres semanas en el inicio de las adaptaciones otoñales y de varios días en la coloración y caída de las hojas, de acuerdo con una investigación desarrollada en Zvolen, Eslovaquia (Škvareninová et al., 2017). Estas alteraciones del calendario biológico que suenan a películas de Yasujiro Ozu (Primavera temprana, Otoño tardío) pueden tener impacto, excuso decirlo, en la polinización de estas plantas, casi siempre asociada a la participación de insectos, y la posterior dispersión de frutos (con semillas) que facilitaría su reproducción.

Imaxe tomada do artigo de Edward Bernard Matzke

Varias décadas antes, Edward Bernard Matzke, profesor del departamento de Botánica de la Universidad de Columbia, constató que árboles que habían perdido la mayoría de sus hojas mostraban aún algunas en las ramas próximas a las farolas de la calle; pasaba esto con álamos canadienses y plátanos occidentales, y también en otras especies, aunque de forma menos concluyente. Merece la pena leer su artículo, publicado en el número 23 del American Journal of Botany, de junio de 1936: The effect of street lights in delaying leaf-fall in certain trees.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 273, marzo de 2022.

martes, 1 de febreiro de 2022

La contaminación lumínica mata

En 2022 las campañas del World Migratory Bird Day estarán dedicadas a la contaminación lumínica por ser una «amenaza significativa» para las aves.

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Imaxe do web World Migratory Bird Day

«Como la mayor parte de los canarios, crecí viendo cómo las pardelas se deslumbraban por las luces y caían en los pueblos y las ciudades. Concretamente las fiestas de mi pueblo (Buenavista del Norte, Tenerife) coinciden con la salida de los pollos de las pardelas cenicientas a finales de octubre. Era típico estar allí en las fiestas, con la feria y la verbena, y ver a las pardelas volando sobre la plaza del pueblo y ver cómo aleteaban y aleteaban e iban perdiendo altura hasta que chocaban con algo, muchas veces con la iglesia que suele estar iluminada en esas ocasiones».

Así nos contaba hace unas semanas en el programa Con voz de Radiovoz el ahora profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Airam Rodríguez el origen de su preocupación por la contaminación lumínica y su impacto en las aves marinas, que es el campo al que ha dedicado buena parte de sus investigaciones. Cuando los pollos de las pardelas se «independizan» salen de los nidos para dirigirse al mar; su primer vuelo lo realizan durante la noche y quedan, con frecuencia, confundidos por la luz de los núcleos urbanos. Cegados por su brillo, acaban colisionando con edificios o estructuras iluminadas y caen al suelo. Aún en el caso de que los ejemplares sobrevivan a ese impacto, quedan dañados y expuestos a otros riesgos: perros, gatos, atropellos de vehículos… Tenerife batió en 2021 su récord de rescate de crías de pardelas: 3351, de las cuales 3200 pudieron ser liberadas, según datos del Cabildo. Pero por valiosa que sea esta acción no deja de ser una medida paliativa mientras persista la causa de fondo, la pésima iluminación que acaba con la fauna silvestre.

Hay que perder el miedo a decirlo: la contaminación lumínica mata. Es un problema ambiental de primer orden en todo el planeta y en particular están muy estudiados los efectos sobre las aves migratorias. Además de los choques fatales con edificios, que se cuentan por millones, la desorientación que producen las marañas de luz con las que se cruzan las aves alarga sus viajes más allá de lo que sus cuerpos son capaces de soportar. Muchas mueren en el camino.

La contaminación lumínica es en 2022 el asunto central de las campañas del World Migratory Bird Day, que se celebra los segundos sábados de mayo y octubre. Será una buena oportunidad para concienciar sobre los daños irreparables en la naturaleza debidos al mal uso de la luz artificial y reivindicar las buenas prácticas, como las «Directrices sobre contaminación lumínica para la fauna silvestre» que adoptó en febrero de 2020 la Convención sobre las Especies Migratorias. Una lectura muy recomendable para alcaldes atolondrados. Puede consultarse el PDF en español aquí.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 272, febreiro de 2022.

sábado, 1 de xaneiro de 2022

¿Es este el gobierno que acabará con la noche?

El Gobierno de España inició el proceso para reformar la normativa de iluminación y las primeras señales son enormemente preocupantes.

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Iluminación de Nadal en Vigo, novembro de 2021. Imaxe: Martin Pawley.

En julio de 2021 el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo y el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico abrieron el segundo trámite de audiencia pública para el «Proyecto de Real Decreto que aprueba el Reglamento de ahorro y eficiencia energética y reducción de la contaminación lumínica de instalaciones de alumbrado exterior y sus instrucciones técnicas complementarias», el texto que reforma el aún vigente RD 1890/2008 que regula la iluminación pública. La normativa de 2008 nació caducada por no tener en cuenta la radical transformación que supondría la inminente llegada de las luces LED, así que hace varios años que se viene reclamando su profunda actualización.

La buena noticia del proyecto de real decreto (en lo sucesivo, PRD) presentado en verano por los dos ministerios es que el sintagma «contaminación lumínica» aparece ya en el título. La mala noticia es que el interés real por este problema no pasa de ahí, del título: el documento es calamitoso, deficiente en lo técnico y obsoleto en su enfoque. No solo no contribuye a la reducción de las emisiones de luz, sino que permite o directamente promueve la extensión de la superficie iluminada y en consecuencia de los efectos negativos de la luz artificial por la noche sin apenas control. Tal y como fue redactado, el PRD es un puro trampantojo que simula preocuparse por la contaminación lumínica pero realmente se convierte en una herramienta legal para justificar su crecimiento sin límite.

Felizmente, esta vez la comunidad astronómica no se quedó en silencio y no tardaron en aparecer respuestas contundentes. Yo mismo publiqué el 2 de septiembre en el blog de la Agrupación Astronómica Coruñesa Ío un comentario al PRD furioso y sarcástico, con la convicción de que el tiempo para la cortesía ya había finalizado (me consta que mi escrito surtió efecto y enfadó lo suficiente a quien tenía que enfadar). La Red Española de Estudios para la Contaminación Lumínica dio a conocer a final de mes un documento mucho más elaborado y exhaustivo que se postula, literalmente, como un proyecto de real decreto alternativo; puede consultarse en esta dirección: guaix.fis.ucm.es/reecl/node/108.

Fueron muchas las alegaciones presentadas por asociaciones y particulares contra un reglamento devastador para la naturaleza nocturna. En paralelo, un grupo de personas del ámbito de la investigación y el activismo desarrolló un intenso trabajo de contacto con representantes políticos de diferentes partidos para explicarles las legítimas razones de nuestra preocupación. Como resultado de estas acciones se presentaron en el Congreso de los Diputados diversas preguntas y proposiciones no de ley sobre contaminación lumínica. Lo que nos toca ahora es esperar a que el Gobierno mueva ficha. Las ministras Reyes Maroto y Teresa Ribera tienen que decidir si quieren ser responsables de la desaparición de la noche. El Gobierno de España debe decidir si en este campo quiere caminar en contra de la ciencia.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 271, xaneiro de 2022.

mércores, 1 de decembro de 2021

El momento es ahora

La contaminación lumínica estuvo muy presente en el programa del XXIV Congreso Estatal de Astronomía.

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De esquerda a dereita, Enric Marco, Raul C. Lima, Anna Almécija e Salva Bará

Gracias al apoyo de Cel Fosc, la contaminación lumínica centró de forma monográfica una sesión plenaria del XXIV CEA, que se celebró en A Coruña del 9 al 12 de octubre de 2021. Abrió dicha sesión el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela Salva Bará recordando que la luz artificial es un invento genial, pero también un agente contaminante (y no una mera molestia para la astronomía). Todas las instalaciones, incluso las mejores, contaminan: en una hipotética instalación de alumbrado exterior perfecta, por cada fotón que se refleja en las superficies y es recogido por nuestro sistema visual hay más de 16 000 000 de fotones que se pierden hacia la atmósfera y el entorno. Mejorar las instalaciones individuales no es suficiente, pues el impacto sobre las personas y la naturaleza depende de las emisiones totales de luz, de modo que no hay otra solución que poner límite a esas emisiones totales. Salva insistió en que no es inevitable que el cielo brille lo que brilla, ni en la ciudad ni en el rural, y que la pérdida actual del cielo es reversible: «es una cuestión política, no tecnológica. El solucionismo tecnológico no nos va a devolver la noche. Hay que decir basta en algún momento».

La criminóloga, jurista y experta en seguridad Anna Almécija desmintió la injustificable asociación entre iluminación y seguridad, que ya expuso en un libro de 1961 la teórica del urbanismo Jane Jacobs al afirmar que «los horribles crímenes públicos pueden ocurrir, y de hecho ocurren, en estaciones de metro bien iluminadas cuando no hay ojos eficaces». La prevención del delito pasa por crear estrategias que reduzcan tanto la oportunidad de la delincuencia como el propio miedo a la delincuencia en los asentamientos urbanos al actuar sobre las variables ambientales, introduciendo además la perspectiva de género. Frente al uso de la luz como solución equivocada para problemas de seguridad que tienen otras causas, el diseño de espacios seguros debe favorecer una buena señalización y visibilidad, la concurrencia de personas («ver y ser visto, oír y ser oído»), la existencia de sistemas eficaces de vigilancia formal y acceso a la ayuda, una buena planificación y mantenimiento de los espacios públicos y –fundamental– la participación de la comunidad.

Por último, Raul Cerveira Lima, profesor e investigador de la Escola Superior de Saúde del Instituto Politécnico do Porto, retrató la situación de la contaminación lumínica en Portugal, insistiendo en que es preciso que aceptemos la oscuridad como una parte intrínseca de la naturaleza. La opción por defecto debe ser «no iluminar», de forma que haya que justificar el porqué de cualquier instalación de luz, pública o privada, y que esta funcione siempre bajo principios de mínima iluminación. Debe establecerse, además, una política de líneas rojas que marque valores límite para la alteración de la noche y exija, en su caso, los correspondientes planes de recuperación.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 270, decembro de 2021.

luns, 1 de novembro de 2021

Tomar medidas para reducir la contaminación lumínica

El congreso mundial de la IUCN aprobó una moción para reducir el uso de luz artificial por la noche debido a su impacto ambiental.

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Fundada en Francia en 1948, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza agrupa hoy a más de 1400 organizaciones de 170 países, entre las que hay organismos y agencias gubernamentales (incluidos no pocos ministerios, entre ellos el español para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico), ONG internacionales (desde la National Geographic Society al World Wide Fund for Nature), ONG locales (como Ecologistas en Acción o SEO/BirdLife), organizaciones de pueblos indígenas o instituciones académicas y científicas. Sus seis comisiones de trabajo se benefician del conocimiento de una amplia red formada por 18 000 personas que asesoran en el diseño de políticas para la conservación de la naturaleza y su protección frente a las actividades humanas.

A lo largo de su historia la IUCN fue reorientando sus líneas de actuación a medida que cambiaban, también, los focos de preocupación. En sus primeros años lo que tocaba era concienciar sobre la importancia de los estudios de impacto ambiental y divulgar el peligro de los pesticidas. En 1964 nació la tristemente famosa Lista Roja de Especies Amenazadas, que sigue siendo la referencia para conocer los riesgos de extinción. En los 70 y 80 la unión promovió la firma de importantes acuerdos internacionales, como el convenio CITES sobre comercio de especies amenazadas de flora y fauna silvestre, y contribuyó a la publicación de los documentos pioneros Estrategia Mundial para la Conservación (1980) y Cuidar la Tierra (1991), que fue una guía para la Cumbre de la Tierra celebrada el año siguiente en Río de Janeiro. Su creciente influencia hizo que en 1999 la Asamblea General de las Naciones Unidas le reconociese estatus oficial como observadora.

Resultado da moción 84 

Aunque no tiene capacidad ejecutiva, el mensaje de la IUCN es escuchado con mucha atención. En septiembre celebró en Marsella su congreso mundial y la contaminación lumínica entró por fin en el debate. Promovida entre otras entidades por el Ministerio de Asuntos Exteriores y Desarrollo Internacional de Francia, la moción 84, Taking action to reduce light pollution, «Tomar medidas para re- ducir la contaminación lumínica», fue sometida a la aprobación del plenario y salió adelante por una aplastante mayoría. La moción reconoce el constante incremento de la contaminación lumínica (entre un 2 y un 6 % anual) y su impacto en gran variedad de seres vivos y ecosistemas, de modo que insta a desarrollar programas que expliquen los daños ambientales provocados por la luz artificial. Anima, además, a la eliminación de puntos de luz innecesarios y a reducir en general la iluminación lo más posible, evitando cualquier forma de sobreiluminación y minimizando los tiempos de uso. De forma específica urge a no iluminar espacios naturales y a «identificar, preservar y restaurar infraestructuras naturalmente oscuras» para facilitar la conservación de espacios nocturnos en buen estado y ricos en especies. Un texto modélico que puede leerse completo en el sitio web iucncongress2020.org/motion/084.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 269, novembro de 2021.

venres, 1 de outubro de 2021

La delgada línea roja

La comunidad astronómica debe entender que la recuperación de los cielos oscuros es un desafío político, no tecnológico.

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The Thin Red Line (Terrence Malick, 1998)

Ha sido tal el espectacular crecimiento de las investigaciones sobre contaminación lumínica en los últimos años que incluso para las personas que trabajan en este campo es ya imposible estar al día de todo lo que se publica. Visiones del problema y estrategias de acción que hace solo una década parecían sensatas y adecuadas están hoy desactualizadas o incluso resultan contraproducentes dada la información acumulada. Somos ahora mucho más conscientes de los peligros que acarrea el uso de la luz artificial por la noche, de su altísimo impacto en la naturaleza y sus efectos sobre la salud humana, suficientes como para tomarnos este tema muy en serio; pero también disponemos de modelos mejorados de la propagación de la luz que permiten evaluar con precisión las causas y las consecuencias.

Infelizmente, buena parte de la comunidad astronómica aficionada y profesional ignora el verdadero estado de las cosas. Asume, equivocadamente, que la contaminación lumínica es poco más que una contrariedad que nos obliga a hacer más kilómetros para encontrar noches oscuras, pero que siempre existirán reservas indias con firmamentos prístinos. Asume, de paso, que se trata de un problema difuso y genérico, sin culpables definidos, o tan extendidos y numerosos que no hay nada que se pueda hacer. El cielo de las ciudades, según esa lógica, es pésimo porque no puede ser de otra manera. Siempre podremos consolarnos con las astrofotografías que publica esta revista.

Aceptar la derrota antes de empezar la partida no es nunca una buena táctica y menos aún en este caso porque, por poderosos que sean los intereses (económicos) que hay detrás, no hay forma de polución más sencilla de reducir que la lumínica. Pero es que además la ciencia presente nos permite saber cuál es el efecto contaminante concreto de cada farola. Podemos estimar, lámpara a lámpara, cuántos fotones acabarán llegando a un espacio natural de interés a larga distancia. Podemos predecir cómo será el brillo del cielo de una ciudad en función de su iluminación y la de su entorno. También podemos hacer lo contrario: planificar la iluminación para garantizar que esa ciudad disponga, al menos en alguna zona, de un cielo de calidad.

No hay ninguna razón técnica que impida tener, en cualquier municipio, un mirador de estrellas. Un lugar especialmente protegido con un buen cielo a la vista, que sirva como punto de reunión para organizar observaciones públicas y disfrutar de las lluvias de meteoros. Un lugar donde, en muchos casos, no sería una quimera ver la Vía Láctea. No hay ningún impedimento tecnológico: se puede hacer. Es tan solo una decisión colectiva, basta con que como sociedad acordemos que eso es necesario y conveniente. Basta con que marquemos líneas rojas a la destrucción del paisaje e incluso vayamos más allá, exigiendo que se recuperen paisajes hoy perdidos en una apuesta por el buen gobierno y por la sostenibilidad. No es un desafío científico, nunca lo fue. Es un desafío político.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 268, outubro de 2021.

mércores, 1 de setembro de 2021

Amnesia generacional

La brutal decadencia del paisaje natural, incluido el cielo nocturno, puede pasar inadvertida si cada generación redefine lo que acepta como «normal».

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Fonte: Monroe County Library

Durante décadas los barcos de recreo de Key West, en Florida (EE. UU.), llevaron a muchas personas a pasar una jornada de pesca en alta mar. Al final del día, la tradición consistía en colgar el pez más grande en un tablero en el puerto: un juez comparaba los ejemplares y elegía el ganador. La familia que había capturado el pescado más grande posaba en una fotografía como recuerdo.

Mientras trabajaba en su tesis doctoral, la investigadora Loren McClenachan tuvo noticia de la colección de fotografías de la Monroe County Library de Key West y pensó que le serviría para hacer un estudio comparativo del tamaño de estos animales a lo largo del tiempo. Comprobó que los tableros utilizados habían sido siempre similares y en consecuencia era factible hacer estimaciones razonablemente precisas. Después de «medir» cientos de ejemplares diferentes, Loren constató que entre 1956 y 2007 el peso medio de los mayores peces había pasado de 20 kg a 2 kg, y la longitud se había reducido a menos de la mitad.

En el artículo Documenting Loss of Large Trophy Fish from the Florida Keys with Historical Photographs Loren explica que con el paso de los años no se alteró de forma significativa ni la participación en estos tours ni su precio, una vez hechos los ajustes de inflación. La gente que pagaba por el viaje en los años 50 quedaba muy contenta de volver con un pescado de 20 kg y hoy sucede lo mismo, aunque vuelvan con uno diez veces menor. El extremo declive del ecosistema marino pasa completamente inadvertido.

El biólogo marino Daniel Pauly desarrolló el concepto de «shifting baseline syndrome» (síndrome de las referencias cambiantes) para describir esta ceguera ante cambios radicales. Pauly hizo notar la incapacidad para evaluar correctamente las variaciones de la población de una especie, pues a menudo se tomaba como valor base el número de ejemplares al comienzo de la carrera del investigador o investigadora correspondiente, olvidando que pudo haber un tiempo anterior en que la población era mucho mayor por ser menor la depredación humana. No somos suficientemente conscientes de cómo cambia un parámetro si la variación se produce de forma suave y continua, y el resultado es que cada generación redefine cuál es su situación de partida, su «nueva normalidad». El estado que ahora creemos «natural» de un ecosistema puede ser radicalmente diferente del que tenía hace apenas treinta años.

Quienes observamos el cielo reconocemos en nuestra propia experiencia este concepto nacido de la biología. Hoy damos por buenos cielos que son objetivamente calamitosos y aplaudimos como excepcional un firmamento con una Vía Láctea nítida, que hace no tanto era la norma. Nos robaron el cielo delante de nuestras narices igual que adelgazaron los peces de Key West, sin que nos hayamos dado cuenta. ¿No es hora ya de exigir que nos lo devuelvan?

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 267, setembro de 2021.

xoves, 1 de xullo de 2021

Ciudades y pueblos con estrellas

Un tercio de los municipios de Francia apagan al menos parte de su alumbrado en las horas centrales de la noche.

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Montbazin es una pequeña comuna de casi 3000 habitantes en la Occitania francesa. Su alcalde, Josian Ribes, presentó en la reunión del Consejo Municipal del 14 de abril de 2021 un proyecto de apagado del alumbrado público en las horas centrales de la noche para ahorrar energía (y en consecuencia dinero) y reducir el impacto de la contaminación lumínica sobre la biodiversidad. Según se puede leer en el acta de la reunión, el alcalde destacó específicamente que la medida no supondría un aumento de los robos ni afectaría al funcionamiento de los sistemas de vídeo protección y que para concretar los horarios de apagado se realizará una consulta a la ciudadanía. El pleno municipal aceptó la propuesta por unanimidad.

El acuerdo de Montbazin no es, ni mucho menos, excepcional. No es excepcional en Francia, quiero decir. En el sitio web de ANPCEN, Asociación Nacional para la Protección del Cielo y el Medio Ambiente Nocturno, se explica que hay alrededor de doce mil «communes» que han decidido renunciar a parte de su alumbrado nocturno atendiendo a criterios de sostenibilidad, protección de la naturaleza y aumento de la calidad de vida de las personas. Puesto que el número total de entidades municipales francesas no llega a treinta y cinco mil, eso significa que una de cada tres apuesta ya por mejorar su noche. La distribución territorial es irregular, de forma que en las regiones de Normandía o Provenza-Alpes-Costa Azul el apagado se practica en menos del 10% de las comunas, mientras que en Bretaña y Países del Loira cuidan la noche más de la mitad de los municipios. En la región del Loira encontramos un ejemplo pionero de éxito, Saumur, con 26000 habitantes, que apostó ya en 2012 por la reducción de la iluminación nocturna. El primer año se ahorraron 1817 horas de luz y 84000 euros de gasto y no hubo aumento significativo ni de los accidentes de tráfico ni de hechos delictivos durante esos tramos horarios. Saumur se anticipó casi un año a la obligatoriedad, establecida en verano de 2013 por el gobierno francés, del apagado de la iluminación interior de edificios de oficinas y escaparates y de las fachadas de edificios no residenciales.


La asociación ANPCEN creó el sello «Villes et Villages Étoilés» (Ciudades y Pueblos con Estrellas) para poner en valor el esfuerzo local en favor de un mejor ambiente y paisaje nocturno. La distinción, válida por cinco años, evalúa tanto las buenas prácticas como los cambios normativos, así como las estrategias de divulgación y sensibilización. El resultado es una colección de 722 comunas que han ganado el distintivo, como Bouafles, con 658 personas censadas, que dedicó los 7000 euros de ahorro energético derivados de desconectar farolas a instalar bancos y juegos para la infancia cerca del lago. Uno más entre muchos otros pueblos que quieren decir con orgullo «mon village est beau la nuit».

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 265-266, xullo-agosto de 2021.

martes, 1 de xuño de 2021

Un genocidio cultural

La contaminación lumínica destruye el inmenso patrimonio inmaterial relacionado con los paisajes de la noche.

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We Don't Need a Map (Warwick Thornton, 2017)

Que las constelaciones lleven oficialmente denominaciones de marcado carácter eurocéntrico no debe hacernos olvidar que todos los pueblos a lo largo de la historia encontraron en el firmamento nocturno una fuente inagotable de inspiración. Nunca es tarde para desprenderse de las pesadas ropas del colonialismo y aceptar que el conocimiento del cielo no fue nunca un patrimonio exclusivo de los hombres blancos. El esfuerzo de la IAU por abrir la nomenclatura de objetos astronómicos a otras tradiciones culturales es un paso valioso en favor de la diversidad, gracias al cual ahora tenemos estrellas que se llaman Belel, Inquill, Chaophraya o Karaka.

Duane W. Hamacher es profesor de la Universidad de Melbourne. El patrimonio inmaterial asociado al cielo oscuro es su principal campo de estudio y, como es natural, tiene un especial interés por la astronomía de los pueblos aborígenes australianos. Hace al menos 40 000 años que llegaron a Australia las primeras mujeres y los primeros hombres y durante ese tiempo, y hasta la colonización británica hace poco más de dos siglos, se diversificaron para formar trescientos grupos lingüísticos. Eran cientos de maneras diferentes de entender el mundo y de interpretar el paisaje, también el paisaje estrellado, más aún si tenemos en cuenta que la mayoría eran pueblos nómadas que vivían de la caza y la recolección, así que necesitaban conocer las variaciones estacionales y la pluralidad de recursos asociada a cada época. Escribí la frase en pasado, «eran», porque la invasión europea del siglo XIX arrasó con muchísimas de esas culturas ancestrales. Pero algunos pueblos –Yolngu, Wardaman– sobreviven y preservan sus idiomas y tradiciones originales y a través de sus canciones, relatos, obras artísticas y ceremonias sabemos más de la astronomía aborigen. Hay evidencias de que tres grupos reconocieron que los eclipses solares se producían por la conjunción del Sol y la Luna. O encontraron que había alguna relación entre las fases lunares y las mareas, y que el movimiento de los planetas era claramente distinto del de las estrellas. Además, sabían determinar los puntos cardinales, pues en ciertas culturas el emplazamiento de un sitio ceremonial o de un enterramiento obedecía a orientaciones concretas. En sus espectaculares cielos no contaminados, la Vía Láctea no era esa mancha que hoy nosotros imaginamos más que vemos, sino una región bien definida con zonas claras y zonas oscuras que dibujaban una constelación específica, el «emú».

La contaminación lumínica elimina la noche y en consecuencia impide la transmisión de esa riqueza a las siguientes generaciones. La desaparición del cielo nocturno «borra la conexión indígena con las estrellas y actúa como una forma de genocidio cultural y ecológico en curso», se lee en un preprint para el Journal of Dark Sky Studies del que Duane es primer autor, Whitening the Sky: light pollution as a form of cultural genocide. Sí, un genocidio cultural. Que no nos dé miedo llamar a las cosas por su nombre.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 264, xuño de 2021.

sábado, 1 de maio de 2021

La noche está barrida de la Tierra

La luz que refleja el conjunto de objetos en órbita puede haber eliminado ya en todo el planeta la oscuridad ideal que se exige para los observatorios astronómicos.

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El 2 de abril de 1851 el catedrático de Química de la Universidad de Santiago de Compostela Antonio Casares Rodríguez hizo el primer ensayo público en España de luz eléctrica con arco voltaico. El escritor Armando Cotarelo Valledor narró la experiencia en La chispa mágica, un simpático relato breve de 1923. “De súbito, en silencio, como obra de espíritus, una luz blanquísima y potente había surgido en el aire y estaba allí inmóvil, sobrenatural, alumbrando con rayo lívido el claustro entero (…) La claridad permitía leer fácilmente una carta a cincuenta pasos de distancia”. Tal es la admiración que en el cuento un personaje dice con entusiasmo una frase que hoy suena premonitoria: “¡La noche está barrida de la Tierra!”.

A la contaminación producida por la iluminación artificial debemos añadirle ahora la ocasionada por el conjunto de objetos en órbita. Nos abrió los ojos un artículo coescrito por Miroslav Kocifaj, František Kundracik, John C. Barentine y Salva Bará en el Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, The proliferation of space objects is a rapidly increasing source of artificial night sky brightness. Es bien conocido que los satélites más grandes se observan en el cielo nocturno como un punto de luz que se mueve a gran velocidad al reflejar hacia la Tierra la luz solar. El inicio del despliegue de la primera megaconstelación de satélites, la Starlink de Elon Musk, a la que se sumarán varias otras, sembró en 2019 la inquietud: la posibilidad real de que se vieran a la vez docenas de trazos luminosos alentó intentos de negociación con las grandes corporaciones para reducir la reflectividad de los satélites y paliar en parte el impacto sobre las observaciones de gran campo (otro asunto, no menor, es el efecto de las megaconstelaciones en la radioastronomía).

Gráfico de "Orbital Debris - A Technical Assessment", 1995, National Research Council, EEUU

Los autores del artículo se plantearon otro problema. Cualquier cuerpo en órbita, por pequeño que sea, refleja luz hacia la superficie terrestre, aunque no podamos detectarlo de forma individual, igual que no vemos una por una las estrellas que forman el reguero de la Vía Láctea. Y el número de cuerpos en órbita es inmenso: según las estimaciones elaboradas ¡en 1995! por el estadounidense National Research Council había entonces unos cientos de objetos con dimensiones de uno o varios metros, pero eran ya millones las piezas con tamaños de milímetros y bastantes billones, con b, los restos con diámetros de micras. El brillo difuso conjunto o “skyglow” que generan parece haber alcanzado las 20 μcd/m², lo que supone un incremento del 10% respecto del brillo nocturno causado por las fuentes naturales de luz, que coincide, curiosamente, con el valor crítico que marcó la Unión Astronómica Internacional en 1979 como límite que no debería superarse nunca en los observatorios astronómicos. Si los resultados preliminares del estudio se confirman, ningún lugar de la Tierra tendría ya un cielo naturalmente oscuro. Somos la generación que acabó con la noche.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 263, maio de 2021.

xoves, 1 de abril de 2021

Solo estrellas en el cielo

Muy de vez en cuando el cine nos recuerda que la luz artificial acaba con la noche.

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The Strange Affair of Uncle Harry (Robert Siodmak, 1945)

En un clásico moderno de Leos Carax, Les amants du Pont-Neuf (1991), la pareja de sin techo encarnada por Juliette Binoche y Denis Lavant hace su vida en el puente parisino del título, cuya reconstrucción en estudio disparó los costes de producción. En un momento dado ella se echa a dormir en la calle y su compañero, amorosamente, le apaga la luz desconectando las farolas más cercanas.

No es habitual encontrar en el cine muestras así de evidentes de cómo la luz artificial anula la oscuridad de la noche, necesaria en ese caso para un buen descanso. Por eso me entusiasmó descubrir hace unos meses en una película de Robert Siodmak de 1945, The Strange Affair of Uncle Harry, una referencia explícita a la contaminación lumínica. El gran George Sanders es Harry Quincey, diseñador en una empresa textil que convive con sus hermanas en una casa venida a menos. Una joven de Nueva York, Deborah Brown (Ella Raines), rompe su rutinaria existencia y no tardará en enamorarse. Antes de que el filme gire hacia el género negro, con inverosímil redención final por la censura infame del código Hays, tiene lugar este diálogo:

Deborah: No me había dado cuenta del cielo que tenéis aquí.
Harry: Es el mismo que tenéis en Nueva York.
D: Oh, no hay cielo en Nueva York. Las luces brillantes acaban con él. No he visto una buena estrella en diez años.
H: Aquí podemos ofrecerte unas cuantas. Esa grande de ahí arriba es Marte. Y por allí está Venus.
D: Venus. Es como encontrarse con un viejo amigo. Mi padre solía mostrarme Venus cuando era niña (…) ¿Cuál es Saturno?
H: Ahí está. Ahí arriba.
D: ¿Dónde están los anillos?
H: Bueno, no puedes verlos a ojo desnudo.
D: Harry, estás empezando a sonar indecente.
H: Quiero decir que necesitas un telescopio potente para ver los anillos. Se veían muy bien anoche.
D: ¿Oh, tienes un telescopio?
H: Sí, uno de nueve pulgadas. Lo construí yo mismo.
D: ¿Crees que hoy se verán bien los anillos?
H: No sé. Tendremos que esperar un rato hasta que alcance altura suficiente. Y podría haber bruma entonces.
D: ¿Podemos intentarlo, no crees?

Otra grata sorpresa venía dentro de la estupenda Let Them All Talk (Steven Soderbergh, 2020), el reencuentro en un crucero de tres viejas amigas a las que interpretan, ahí es nada, Meryl Streep, Candice Bergen y Dianne Wiest. El guion pone en boca de esta última una frase memorable: «Elon Musk ha lanzado muchos, muchos satélites de telecomunicaciones al espacio que se ven igual que las estrellas, exactamente igual. Así que ahora cuando los seres humanos miren el firmamento no sabrán si están viendo una estrella o una máquina. Y nosotras en esta mesa somos de las últimas personas que han visto el cielo nocturno real, honesto, verdadero, desde el océano. Hemos visto estrellas, solo estrellas.»

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 262, abril de 2021.