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martes, 1 de novembro de 2022

Dormir es un acto revolucionario

Juan Antonio Madrid reivindica en su libro Cronobiología la belleza y la importancia de los ritmos biológicos.

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Frente a la divulgación de usar y tirar que salta de las redes sociales al papel con poco cuidado y prosa atropellada, hay libros que tardan décadas en cocinarse. Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología y director del Laboratorio de Cronobiología y Sueño de la Universidadde Murcia, tardó más de cuarenta años en decidirse a escribir uno y finalmente lo hizo con la sabiduría y el sosiego de quien lleva toda su carrera haciendo ciencia al margen del ruido y la furia de la todología mediática. Cronobiología.Una guía para descubrir tu reloj biológico (Plataforma Editorial) explica de forma ejemplar la ciencia de los ritmos circadianos, o de cómo la hora a la que suceden las cosas es extremadamente importante. Durante millones de años, nuestro cuerpo evolucionó sometido a un patrón estable de días y noches que se alternan; los ancestros que nos precedieron dormían (y ayunaban) durante las horas de oscuridad y se mostraban muy activos durante las horas de luz. El desarrollo de la agricultura y la ganadería, que garantizaba las fuentes de alimento, y el aumento del tamaño y la complejidad de los grupos humanos trajeron un primer y radical cambio de hábitos, así como la necesidad de comprender mejor el paso del tiempo y unificar de alguna forma su medida. La moderna invención de la luz artificial nos liberó de la dependencia del Sol para el trabajo y el ocio, pero también introdujo la nefasta posibilidad de eliminar, en la práctica, la noche.

Pero la noche, como dice el verso de Xosé María Díaz Castro que da título a esta sección, es necesaria. Lo sabe cada una de nuestras células, dotadas de relojes internos que deben ser sincronizados por una dirección de orquesta muy pendiente de los cambios de luz a lo largo del día. Los desajustes entre los tiempos que marcan nuestra existencia, del ritmo propio interno al que definen los movimientos terrestres, pero también los tiempos sociales, tienen consecuencias sobre nuestra salud.

La cronobiología nos desvela cómo los efectos de ciertos alimentos o tratamientos médicos pueden no ser iguales por la mañana que por la tarde. También deja muy claro hasta qué punto es indispensable dormir para nuestro bienestar físico y mental y alerta de la auténtica crisis de sueño que vive la sociedad contemporánea. No es casual que el libro concluya con un epílogo magnífico que suena a manifiesto. «Al acabar de escribirlo», dice Juan Antonio, «soy aún más consciente, si cabe, de lo necesitados que estamos de calma, de lentitud, de silencio, de oscuridad y de sueño (…) Si no nos detenemos voluntariamente, al final lo haremos por obligación». Para el autor, dormir es un acto revolucionario y «cada minuto más de sueño es un minuto menos que dejaremos de consumir y de producir y de agredir a nuestro planeta». Por nuestra salud y por la de la naturaleza, es esencial apagar las luces para que se encienda la noche. 

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 281, novembro de 2022.

venres, 1 de abril de 2022

El mito de la caverna

Diversos experimentos de aislamiento extremo ayudaron al progreso de la cronobiología.

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«En 1961 descubrimos un glaciar subterráneo en los Alpes, a unos setenta kilómetros de Niza. Mi idea inicial era preparar una expedición geológica y pasar unos quince días bajo tierra estudiando el glaciar, pero un par de meses después me dije: Bien, quince días no son suficientes, no veré nada. De modo que decidí quedarme dos meses. Y luego me vino esta idea, que se convirtió en la idea de mi vida. Decidí vivir como un animal, sin reloj, en la oscuridad, sin saber la hora». El espeleólogo francés Michel Siffre describía así en una entrevista con el periodista Joshua Foer la radical experiencia por la que pasó a la historia. Tenía 23 años y se propuso pasar sesenta días recluido en una cueva subterránea a cien metros de profundidad, convirtiendo la exploración geológica del lugar en, sobre todo, un estudio de la percepción y la expresión del tiempo. Siffre enviaba una señal al equipo de apoyo en el exterior para indicar cuándo se levantaba, cuándo comía y cuándo se acostaba; además, comunicaba su pulso cardíaco y realizaba una ingeniosa prueba psicológica que consistía en contar de 1 a 120 intentando mantener un ritmo de un número por segundo. No recibía ningún mensaje desde fuera que le permitiese tener alguna noción temporal, así que todas sus acciones venían marcadas por sus deseos o impulsos, no por ritmos celestes ni sociales. Sin el reajuste permanente que induce el ciclo solar de días y noches se impone el reloj humano interno y el uso del tiempo inevitablemente se altera. Siffre entró en la cueva el 16 de julio de 1962; cuando el 14 de septiembre le dijeron que el experimento había terminado, se quedó perplejo: él pensaba que aún era 20 de agosto y que le quedaba casi otro mes por delante. En el ejercicio rutinario de contar hasta 120 llegó a tardar hasta cinco minutos.

Uno de los padres de la cronobiología, el alemán Jürgen Aschoff, promovió experimentos equivalentes con cientos de personas voluntarias valiéndose de un búnker abandonado de la Segunda Guerra Mundial, reconvertido en laboratorio para el estudio de los ritmos circadianos. Años y años de registro sistemático de múltiples variables fisiológicas en esas condiciones de aislamiento sirvieron para demostrar la existencia de ritmos endógenos para la alternancia sueño/vigilia o las variaciones de temperatura. En esa situación de «ritmo libre» (free running), sin referencias astronómicas, el reloj interno humano define «días» ligeramente por encima de 24 horas.

Relata esta historia, y muchas otras, Emilio Sánchez Barceló, Catedrático de Fisiología ya jubilado, en el delicioso librito Ocho hitos en la historia de la cronobiología (Ediciones Universidad de Cantabria), que se suma a su imprescindible Hicimos la luz… y perdimos la noche, cuya segunda edición revisada y mejorada con ilustraciones a todo color está ya en librerías. Tengo el honor de contribuir a esta edición con un prefacio titulado Salvemos la noche. Urge que lo hagamos, también por nuestra salud.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 274, abril de 2022. 

luns, 1 de marzo de 2021

Hechizo de Luna

Las variaciones de luz asociadas a las fases lunares podrían alterar (o no) el sueño humano.

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Moonstruck (Norman Jewison, 1987)

¿Tiene la Luna algún impacto sobre la salud humana? Rotundamente, sí. Al menos, si vives en Tanzania. En el estudio de los registros gubernamentales de ataques de leones a seres humanos en este país africano, más de mil personas en poco más de veinte años, junto a las visitas a los sitios de esos ataques y las entrevistas con supervivientes o con familiares de las víctimas se fundamenta un fascinante artículo de 2011, Fear of Darkness, the Full Moon and the Nocturnal Ecology of African Lions (Packer, C., Swanson, A., Ikanda, D., Kushnir, H.). Los leones cazan sobre todo en completa oscuridad, así que la inmensa mayoría de los sucesos tiene lugar en las primeras horas de la noche, pero la probabilidad es mucho mayor los primeros diez días después de la Luna llena que los diez días precedentes: esas horas de negrura después del crepúsculo, antes de la salida de la Luna, resultan fatales para nosotros. La Luna llena resulta protectora, pero también anticipa que vendrán un par de semanas difíciles durante las cuales las panzas de los grandes felinos aumentarán de volumen, señal inequívoca de un mayor consumo de carne.

Hablar del posible efecto de nuestro satélite sobre la biología genera a menudo virulentas reacciones de los escépticos de guardia, no siempre con razón. No me refiero, por supuesto, a las fantasías esotéricas sobre influjos lunares tan frecuentes en algunas revistas, escritas por personas que solo distinguirían las fases por los dibujitos de los calendarios. Pienso, más bien, en el papel del ciclo lunar y sus variaciones de luz sobre la actividad de muchas especies. Aunque el Sol es la principal fuente de luz en la Tierra y en consecuencia la referencia fundamental para sincronizar los ritmos circadianos, no es desconocida la influencia de la luz de la Luna sobre invertebrados, anfibios, reptiles, aves y mamíferos, incluidos primates; una buena revisión puede leerse en Chronobiology by moonlight (DOI: 10.1098/rspb.2012.3088).

No tendría nada de extraño encontrar algún resultado parecido en humanos, pero eso pasa siempre por el escrutinio implacable del método científico. Una de las hipótesis más comunes es comprobar si hay alguna conexión entre el sueño y el ciclo lunar, y lo cierto es que en la literatura cronobiológica sobre esto hay votos a favor y votos en contra, lo que aconseja nuevas investigaciones. Las más recientes ocupan la portada de Science Advances del 29 de enero. Los autores de Moonstruck sleep: Synchronization of human sleep with the moon cycle under field conditions (Casiraghi et al.) afirman que en sus grupos de estudio «el sueño empieza más tarde y es más corto las noches anteriores a la Luna llena, cuando está presente la luz lunar después del crepúsculo». En la misma revista otro artículo apunta sincronías con el ciclo menstrual. Conviene, por supuesto, la cautela: una golondrina no hace verano, y mucho menos en ciencia.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, nº 261, marzo de 2021.

xoves, 1 de outubro de 2020

Contaminación, contagio, condolencia

La contaminación lumínica puede jugar un papel importante en la transmisión de enfermedades.

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Virus do Nilo Occidentel
(Cynthia Goldsmith, P. E. Rollin, USCDCP)
Por si el coronavirus no fuera suficiente, el verano nos ha traído más malas noticias sobre enfermedades de origen animal. En Salamanca fallecía un hombre de 69 años a causa de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, la tercera víctima mortal en España desde que la enfermedad se detectó por primera vez en ciervos en noviembre de 2010. Un reciente estudio del Grupo de Investigación en Salud y Biotecnología (SaBio) analizó 600 muestras de garrapatas que parasitan animales salvajes recogidas en seis provincias y encontró el virus causante de la enfermedad en el 21% de los ejemplares, lo cual sugiere que tiene ya una presencia generalizada. En Sevilla la preocupación la provoca el brote de virus del Nilo Occidental, que se transmite por la picadura de un mosquito. Cuando escribo este texto son ya tres, desgraciadamente, las personas fallecidas.

El apasionante libro de Sonia Shah Pandemia, editado por Capitán Swing, examina los orígenes y las causas de la propagación de diferentes patógenos. En muchos casos la acción humana es la culpable: el calentamiento global, la destrucción de ecosistemas y el crecimiento de los espacios urbanos favorecen la expansión de enfermedades zoonóticas. El virus del Nilo se identificó por primera vez en 1937 y es probable, nos cuenta Sonia, que hubiese llegado a Estados Unidos a través de las aves migratorias hace varias décadas, pero su estallido se produjo en 1999, cuando infectó al 2% de la población del distrito neoyorquino de Queens. Apenas cinco años después el virus estaba presente en 48 estados.

¿Por qué se multiplica de repente un agente infeccioso con el que tal vez hemos convivido muchos años? La pérdida de biodiversidad tiene mucho que ver. «Las distintas especies de aves son vulnerables al virus en distinto grado. Petirrojos y cuervos son especialmente susceptibles. Picapinos y rálidos no», explica la autora. «Mientras se conservó la diversidad entre las aves autóctonas, es decir, mientras hubo picapinos y rálidos para repeler al virus, este no tuvo demasiadas oportunidades de circular.» La irresponsable ruptura de ese frágil equilibrio se convierte en una puerta abierta para la difusión exponencial del microorganismo.

La contaminación lumínica parece ser otro factor para tener en cuenta. Una investigación publicada el año pasado (Light pollution increases West Nile virus competence of a ubiquitous passerine reservoir species, doi.org/10.1098/rspb.2019.1051, Meredith Kernbach et al.) demostraba que los gorriones comunes expuestos a luz artificial por la noche mantenían una carga viral transmisible durante dos días más que los individuos de control. Los modelos matemáticos asociaban a esa mayor capacidad de contagio un incremento del 41% en el riesgo de un brote del virus del Nilo Occidental. La pérdida de la oscuridad natural de la noche «probablemente afecte a otros rasgos del huésped y el vector relevantes para la transmisión», concluía el equipo firmante del artículo.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 256, outubro de 2020. 

mércores, 1 de xaneiro de 2020

¿Por qué dormimos?

Se edita por fin en España el fascinante libro del neurocientífico Matthew Walker sobre la importancia del sueño.

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¿Puedes recordar la última vez que te despertaste sin la alarma del despertador, sintiéndote como nuevo y sin necesitar cafeína? Esta es una de las preguntas que nos formula en la primera página de su libro el científico inglés Matthew Walker, profesor de neurociencia y psicología en la universidad de Berkeley. El despertador interrumpe nuestro sueño, esto es, sin la alarma seguiríamos durmiendo, beneficiándonos de un descanso imprescindible para nuestro cuerpo. Pero el hecho es que día tras día detenemos a la fuerza el sueño antes de tiempo.

Aunque con frecuencia se nos olvide, los humanos somos una especie de hábitos diurnos: nuestro grado de lucidez y alerta es mayor cuando el Sol está en el cielo, que es el periodo en el que desarrollamos la mayoría de nuestras actividades. Y cuánto más tiempo pasemos despiertos, más ganas tendremos de dormir: se acumula en nuestro cerebro una sustancia química, la adenosina, que sirve como indicador de la inminente necesidad o no de un placentero descanso. Nuestro reloj biológico, además, regula a lo largo del día de forma no consciente diversas variables fisiológicas, como la temperatura o la presión arterial, pero también la capacidad para resolver tareas, sensiblemente mayor al mediodía que de madrugada. El sueño no escapa al mandato de ese reloj interno del cerebro, cuyo ritmo propio es por término medio ligeramente superior a 24 horas en las personas adultas, de ahí que se hable de «ritmo circadiano». Estamos casi sincronizados con el ritmo de rotación de la Tierra, pero no del todo; nuestra fisiología tiende a desfasarse un poco cada día. El cerebro corrige ese desfase valiéndose de un patrón muy regular, el ciclo de luz y oscuridad. Cada mañana, la luz del Sol nos despierta y nos pone literalmente en hora, incluso cuando el cielo está cubierto de espesas nubes cargadas de lluvia. La llegada de la noche, por el contrario, induce nuestro deseo de reposo y nos invita a meternos en la cama.

O nos invitaba, más bien. En los países desarrollados, en la actualidad, dos terceras partes de la población adulta no llegan a las ocho horas de sueño nocturno que se recomiendan. Dormir de forma habitual menos de 6 o 7 horas por noche, nos recuerda el autor, «destroza tu sistema inmunitario, multiplicando por más de dos tu riesgo de sufrir un cáncer». El sueño insuficiente es un factor clave para el desarrollo de Alzheimer, altera los niveles de azúcar en sangre, aumenta las probabilidades de padecer enfermedades cardiovasculares, ictus o fallos cardíacos e influye sobre las principales afecciones psiquiátricas, como la depresión, la ansiedad y el suicidio. Dormir bien ayuda a prevenir todos esos problemas y además mejora «nuestra capacidad de aprender, memorizar, tomar decisiones y realizar elecciones lógicas». A través de sus apasionantes 400 páginas, el libro de Walker, editado por Capitán Swing, nos convence de una idea básica: la noche es necesaria… para dormir.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 247, xaneiro de 2020.

martes, 1 de outubro de 2019

Hicimos la luz... y perdimos la noche

La luz artificial en horario nocturno afecta a nuestra salud mucho más de lo que imaginamos.

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El verano trajo una triste noticia: el fallecimiento, a mediados de agosto, del profesor e investigador de la Universidad de Connecticut Richard G. Stevens. El doctor Stevens era un prestigioso experto en la epidemiología del cáncer, uno de los pioneros en el estudio del rol que desempeña la iluminación artificial en la salud humana. Un artículo suyo publicado en abril de 1987 lanzaba la hipótesis, basada en evidencias experimentales, de que el uso de la luz eléctrica incidía en la producción de melatonina y a su vez había una relación entre los niveles de melatonina y el cáncer de mama. Su trabajo partía de un hecho intrigante: las tasas de incidencia del cáncer de mama eran entonces bajas en África y Asia, medias en la Europa y América del Sur y altas en Estados Unidos y la Europa norte. Las mujeres de Japón presentaban una probabilidad de ese tipo de cáncer cinco veces menor que las estadounidenses, «pero las tasas en Japón están creciendo rápidamente», advertía, igual que en Islandia. Había un curioso fenómeno de «occidentalización» de la enfermedad. Descartadas diversas variables, surgía otra como posibilidad muchos años ignorada pese a estar delante de nuestros ojos: la luz eléctrica invasora de la noche como expresión más clara (nunca mejor dicho) del «progreso» en las sociedades capitalistas.

En las últimas décadas han proliferado las investigaciones sobre el impacto de la luz artificial sobre los ciclos biológicos. Hay abundantes estudios elaborados sobre animales y ya hay, incluso, algunos estudios epidemiológicos que correlacionan la iluminación exterior urbana con las tasas de algunos tipos de cáncer. Es un campo de trabajo efervescente, siempre con la prudencia y la calma propia de la ciencia, que nunca se puede reducir a un titular llamativo. Quien quiera conocer más sobre este asunto dispone en España de una herramienta extraordinaria: el libro «Hicimos la luz… y perdimos la noche», escrito por Emilio J. Sánchez Barceló (1949), catedrático de Fisiología Humana de la Universidad de Cantabria. Junto a su compañera Lola Mediavilla, también catedrática de Fisiología, dedicó su carrera científica al estudio de las acciones de la melatonina, hormona fabricada por la glándula pineal cuya producción está controlada por la cantidad de luz: se sintetiza de noche, durante las horas de oscuridad. En condiciones naturales de alternancia de luz y oscuridad, en el torrente sanguíneo la concentración de melatonina es muy baja de día y muy alta de noche. Pero esas condiciones naturales de alternancia se han desvanecido en la mayor parte del planeta desde que Edison inventó la bombilla y eso trae consecuencias para la salud, que detalla con rigor Emilio. Lean el libro: no les dejará indiferentes.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección «La noche es necesaria» da Revista Astronomía, nº 244, outubro de 2019.