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| Just Ancient Loops (Bill Morrison, 2012) |
Un eclipse solar total no es un hecho excepcional -hay uno cada año y medio- pero como
la zona del planeta que experimenta la ocultación completa del Sol es una franja más bien
estrecha, de como mucho unos cientos de kilómetros de ancho, el resultado es que aunque
en el curso de una vida haya muchos eclipses en la Tierra, lo más probable es que ninguno
suceda encima de nuestra cabeza: en un lugar concreto en promedio pasan entre 300 y
400 años entre uno y el siguiente. En la historia de la humanidad una aplastante mayoría
de las personas no ha vivido ni vivirá jamás un eclipse, que es la consecuencia de una feliz
casualidad. El Sol tiene un diámetro 400 veces más grande que la Luna, pero también se
encuentra 400 veces más lejos, de forma que vistos desde aquí su tamaño aparente en el
cielo es similar. Ese tamaño varía muy ligeramente en función de la variable distancia de
esos cuerpos a la Tierra, pero no es muy grande: con el brazo estirado, la mitad del grosor
del meñique oculta cualquiera de los dos discos celestes (por muy impresionante que sea
una luna llena emergiendo sobre el horizonte, podemos taparla siempre con la uña del
dedo pequeño, o lo que es lo mismo, las famosas “superlunas” de las que se oye hablar a
menudo no son nada súper). Esa coincidencia cósmica de tamaños la explica a un grupo
de niños el protagonista de Agantuk (1991), la última obra maestra de Satyajit Ray,
valiéndose de monedas de diferentes diámetros. Si la Luna estuviera más lejos de lo que
está, no existirían los eclipses de Sol. De hecho, sabemos que la Luna se aleja cada año
unos cuatro centímetros de nuestro planeta, así que llegará un momento, dentro de cientos
de millones de años, en que ya no serán posibles. Algún día habrá un último eclipse en la
Tierra (...)
Martin Pawley. O texto completo pode lerse no número 212, de xullo-agosto de 2026, da revista Caimán Cuadernos de Cine.








