por José Luis Losa
Superado ya el meridiano de la competición, es el momento en el cual, cuando las quinielas de los vencedores están aún por hacer, Cannes es experto en ir sacándose cada jornada nuevos ases de la manga. El programa del miércoles lanzó al cuarto de los directores que ya han ganado la Palma de Oro presentes en esta 65º edición. Ken Loach lo hizo en 2006 por El viento que agita la cebada, una de las ganadoras más tristes y cuestionadas de las últimas décadas de este festival. Pero, desde entonces, Loach, cuyo agotamiento creativo es más que evidente, sigue siendo invitado a la liga galáctica de la Croisette, aunque su cine no está objetivamente a esa altura. Este año tocaba The angels' share, una de esas escasas ocasiones en la que el realizador británico se levanta de buen humor y opta por el tono ligero y no por el tremendismo de brocha gorda de su cine más reciente. No sé que es peor. Porque el sentido de la comedia de Loach (y de su temible guionista Paul Laverty: este hombre está enterrando dos carreras al precio de una, la del propio Loach y la de su compañera Icíar Bollain) se basa esencialmente en las bromas perdularias, soeces, escatológicas de sus buenos chicos de la working class. En esta línea, The angels' share arranca con una secuencia verdaderamente hilarante, la de uno de sus “doce del patíbulo” cantinfleando hasta caer como un pulpo en la vía del tren. Lo que ocurre es que este personaje reproduce después su rol de tonto del bote hasta la saciedad y con capotazos de humor tabernario. Hablo de los “doce del patíbulo” de Ken Loach que en realidad son cuatro delincuentes sometidos a un programa de reinserción social y que, sin saber muy bien cómo ni porqué, terminan enrolados en una cata de whiskys exclusivos en la que preparan un gran golpe. The angels' share es un puro despropósito desde la chapuza de su guión que hilvana tópicos del peor cine de Loach, cosas que podrían estar igual en Torrente 3 que en Atraco a las tres, pero que siempre están presididas por la torpeza o desgana narrativa, la improvisación abarraganada, el chistecillo populista de barra de pub. De hecho, el happy-ending tan inhabitual en Ken Loach provocó en la sala Lumiére una notable ovación. Qué bárbaros.
Mucho más interés tienen otros delincuentes, estos no marginales por causa de su origen social sino, más o menos, aristócratas del crimen. Killing them softly es el setentero título de la esperada nueva película de Andrew Dominik, autor de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Brad Pitt, en su función de killer bajo la batuta de Dominik, va mostrando el declive estético del otrora honorable gremio del robo: asesinos cansados, liquidadores de saldo, chivatos que cantan la Traviata, una especie de viaje a la degeneración de la delincuencia. Me engancha el tono entre sardónico y crepscular de Killing them softly, el rictus de fin de función de gente como Ray Liotta o James Gandolfini, casi tan demediado como Tony Soprano. Hay en el film chispazos de homenaje a filmes como La huida o El largo adiós. Todo lo que tenía de pretenciosa la película anterior del australiano Andrew Dominik se torna ahora en escepticismo, ironía, violencia desencantada y fría, solo por motivos personales. Me alegra el día esta visita a los bajos fondos que a ratos parecen un anglosajón y esperpéntico callejón del gato.
La jornada la completó el argentino Pablo Trapero, quien con Elefante blanco produce y dirige un drama sorprendentemente anacrónico, con Ricardo Darín y el belga Jérémie Renier encarnando a dos curas obreros que se erigen en líderes de un suburbio del Gran Buenos Aires y que parecen sacados de una película española del cuarentañisno aunque, eso sí, Trapero, chico mimado por Cannes, tire de chequera y dote las aventuras de sus sacerdotes azote de los poderes ocultos en una superproducción con efectos especiales propios de cine de superhéroes, para terminar de rematar el despropósito, por otra parte aplaudidísimo por un público sobradamente generoso en el pase nocturno de la Croisette.
A medida que avanza este festival, y en medio de una borrasca atmosférica que ha empapado la alfombra roja de la Croisette y transformados sus pasillos en un territorio intransitable porque no se recuerda una descarga de agua así desde hace una década, los pesos pesados comienzan a resituar las cosas en su lugar. Si el domingo fue un contenido Haneke, ayer le tocó el turno al iraní Abbas Kiarostami y al francés veteranísimo Alain Resnais, quien en unas semanas cumplirá 90 años.
En ese crescendo en el que se supone que debe viajar este festival de Cannes hasta el momento más bien decepcionante, este domingo hacía entrada en el Gran Teatro Lumiere uno de los cineastas que se han enseñoreado de las últimas dos décadas del cine europeo, el austriaco Michael Haneke. De un tiempo a esta parte, parece que va calando una corriente entre la crítica que tiende a relativizar la capacidad innovadora de este autor. Pero no hay que olvidar que su última incursión en el cine,
Es verdad que esta 65ª edición de Cannes tarda en tomar velocidad de crucero. Y que de lo que más se ha hablado en estos cuatro días ha sido de la amputación de piernas de Marion Cotillard en la película de Jacques Audiard, y de la orgía en Kenia del film del austriaco Ulrich Siedl. A falta de que a partir del lunes comience a asomar la parte del león del certamen (Haneke, Cronenberg, Bertolucci, Resnais, Kiarostami, Brad Pitt, Nicole Kidman…), el nivel de la competición subió en el fin de semana por dos frentes bien diversos: uno, el del cine autoral exigente del rumano Christian Mungiu con
El austriaco Ulrich Seidl suele promover encontronazos con su cine incómodo, feísta, que explora territorios tabú de la naturaleza humana, de esos que se sabe que están ahí pero nadie tiene ganas de filmar o de verlos en pantalla. Se terminó de labrar esa fama de cineasta rompepelotas con
La foto de Marilyn Monroe soplando las velas de una tarta, en el cincuentenario de su desaparición, preside el cartel oficial de esta 65ª edición del festival de Cannes. Y bastantes más de esos 65 años tienen a sus espaldas algunos de los nombres que acaparan las mayores expectativas artísticas del certamen: a falta de algunos de los “galácticos” que se reunieron en la conjunción astral de la pasada edición (Malick, Von Trier, Almodóvar o Kaurismaki), el festival francés parece apostar esta vez por la veteranía grandilocuente de vacas sagradas como Alain Resnais, que cumplirá los 90 años en un par de semanas, Abbas Kiarostami, quien presentará un film rodado en Japón, David Cronenberg, cuya adaptación de la novela fundacional Cosmópolis, de Don DeLillo, es de lo más esperado del certamen, y el retorno de Bernardo Bertolucci con 
