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luns, 15 de outubro de 2012

Sitges, 5: Holy Motors, justo ganador absoluto en el Festival de Sitges

por José Luis Losa

De la intrincada red de películas a concurso en las diferentes secciones de este festival pantagruélico, la única idea clara que se podía concluir tras diez días y casi cuarenta películas en la competición era la de la radical e incontestable singularidad de una obra cumbre del cine de este tiempo, Holy Motors, de Leos Carax. Como decía, de manera bien gráfica, uno de los miembros del jurado en Sitges, Nacho Cerdá, Holy Motors jugaba en otra liga con respecto a el resto del celuloide trasegado en este certamen.

El que es, sin lugar a dudas, gran hallazgo cinematográfico del 2012, el film de belleza irredenta que convulsionó en el pasado mayo el festival de Cannes, salió de allí erigido en acontecimiento creativo rupturista pero ayuno de reconocimientos, ninguneado por un jurado pacato que pasará a la historia como aquel que no premió esta obra de avasalladora y visionaria personalidad. Ha tenido que ser en Sitges, con un jurado que reunía a dos directores catalanes, Judith Colell y Nacho Cerdá, con otros dos directores de serie Z, el italiano Lamberto Bava y el norteamericano William Lustig, más la actriz de la saga Star Trek Denise Crosby, donde se haya enmendado la plana, en el marco de un festival de cine de género, a los exquisitos y miopes jueces de Cannes. Y es así, que no deja de tener su miga que loosers como Bava o Lustig sean quienes pongan a Holy Motors en su único espacio natural, el de ganadora absoluta de esta 45ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. La película de Leos Carax no sólo obtuvo el premio a la mejor película, sino también el de mejor director, el de la crítica y el Melies D’Argent.

Sobre la inmensidad para alcanzar lo sublime desde el más radical status de cine de francotirador que posee el filme de Carax será necesario volver porque es una obra que abre vías de libertad y ensancha los caminos del arte narrativo para construir un multiprismático y fascinante manifiesto contra el sistema, una película declaradamente “situacionista”, que mueve a la catarsis en un tiempo tan necesitado de ella.

Una vez afirmada esa primacía plena de Holy Motors, el jurado tomó otras decisiones, unas más razonables que otras, pero todas aplacadas por esa sabia reparación hacia la película de Carax. Así, es poco comprensible que Jennifer Lynch salga de Sitges otra vez multipremiada por su thriller de enfermiza atmósfera Chained, merecedor del Premio especial del Jurado para Lynch y del premio al mejor actor para Vincent D’Onofrio por su medido registro del asesino en serie que adopta y educa como torturador al hijo de una de las mujeres a las que ha asesinado. Nada que objetar al reconocimiento a D’Onofrio (quizás el premiar a Denis Lavant, hombre orquesta de Holy Motors, hubiera sido ofrecer un palmarés en exceso monopolizado). Pero el galardón para Lynch, el que sitúa a Chained como segunda película del festival, no parece justo si se tiene en cuenta que es una obra flagrantemente desequilibrada: oscura y penetrante en su mirada directa y sin maquillajes al Mal, en su primera mitad, pero remisa y en retirada hacia clichés muy gastados en su desarrollo final, con una pirueta de guion que conduce a Chained hacia el siniestro total y al destrozo de su lógica interna anterior.

La tercera vencedora que sale del palmarés, la británica Sightseers, que se llevó el premio a su guion, preñado de un inobjetable humor negrísimo, macabro, y a su actriz, Alice Lowe, que es además co-guionista de esta comedia sobre un matrimonio a lo “asesinos de la luna de miel”, a lomos de su roulotte, no hace más que reconocer el excelente funcionamiento de este film de Ben Wheatley, reconocido ya en la pasada edición de este festival por la bastante discutible Kill List, pero certero en el tempo y en el tono de estos dos liquidadores que se parecen más a Los Roper o a Mr. Bean que a los psycho-killers norteamericanos al uso. Sightseers llegaba ya con el viento a favor tras su paso por la Quincena de Realizadores de Cannes, de manera que agranda el tono de segunda cámara con respecto al macrofestival francés de esta 45º edición de Sitges.

El palmarés lo completan los premios menores, a los efectos especiales y a la mejor fotografía, respectivamente para dos filmes de las cinematografías asiáticas de Hong-Kong, The viral factor, y Tailandia, Headshot, continente cuyo cine prima tanto este festival hasta el punto de conformar en él una sección propia.

En el resumen de esta 45ª edición cabe citar otro título que sale fortalecido tras comprobar lo celebrado de su inteligente funcionamiento como vuelta de tuerca al desgastado subgénero del “slasher”, The cabin in the woods, y el Premio del Público, otorgado al film norteamericano Robot & Frank, de Jake Schreier, con protagonismo de un descomunal Frank Langella.

Ese público, que mantiene los niveles de ediciones anteriores, parece seguir siendo una de las cartas que mejor juega el director del festival, Angel Sala, quien prima este punto por encima de otros como la promoción exterior del festival o la coherencia interna de una programación laberíntica e inabarcable, que no hace más que ahondar en la contradicción de la escasez de pantallas de exhibición, tan solo tres. Eso, la primacía del público y lo limitado de las infraestructuras del festival, es un conflicto que Sitges deberá plantearse más pronto que tarde para que los medios acreditados puedan habitar con comodidad en este certamen cuya predisposición caótica parece formar casi parte orgánica de su naturaleza.

venres, 12 de outubro de 2012

Sitges, 4: Jennifer Lynch y Brandon Cronenberg no honran a sus padres en Sitges

por José Luis Losa

Ya sabíamos que esta 45ª edición del Festival de Sitges, además de la del fin del mundo, era la de los hijísimos. Los vástagos de David Lynch y David Cronenberg, en la sección competitiva del festival, acudían para defender en persona sus obras respectivas, Chained y Antiviral.

Mayor expectación despertaba a priori, sin duda, la nueva película de Jennifer Lynch. Primero porque conviene recordar que ya ganó la edición de este festival de 2008 con Surveillance, y también por los ecos de controversia que llegaban de Estados Unidos por su supuesta crueldad temática. Y casi de tapado se presentaba Brandon Cronenberg, puesto que su Antiviral llegaba ya bien conocido de Cannes, donde se exhibió en Un certain Regard con entusiasmo crítico perfectamente descriptible. Además, Cronenberg jr, se veía eclipsado por la programación, con solo un día de distancia, de la monumental Cosmópolis con la cual David Cronenberg se salió en Cannes, a pesar de que el pacato jurado del festival galo no le dio ni las buenas tardes.

No vamos a extendernos en repetir el entusiasmo que nos provoca esa efusión de inteligencia, acidez, armonía en el caos, diálogos sobre la próstata antes del colapso global y otros torrentes de violencia física o verbal que fluyen de la admirable Cosmópolis, sobre la que ya nos extendimos con motivo de su nacimiento en Cannes y sobre la cual habrá que volver cuando el filme se estrene en España. Lo que toca ahora es contar cómo evolucionan las trayectorias de los hijos de los gurús: el regreso de Jennifer Lynch y la opera prima de Brandon Cronenberg.

Ya nos gustaría hablar bien de la familia, pero nos lo ponen complicado. En Chained, Jennifer Lynch vuelve al primer plano después de que en España, incomprensiblemente, no llegase a estrenarse Surveillance, su thriller talentoso, de colmillo retorcido, convulsa violencia y brusco golpe de mano en su guión barroco dirigido con excelente pulso. El tiempo de inactividad (relativa: en estos años, Lynch rodó en la India un thriller estilo Bollywood cuyo rodaje terminó en debacle y provocó que la película le fuese arrebatada y la directora retirase su nombre de él; todo ello se cuenta en Despite the Gods, un interesante documental que va más allá del making of de ese desastre, presentado también estos días en Sitges) no le ha sentado bien a la autora de Surveillance. Su esperada reaparición en el festival que la aclamó se mueve también en el territorio del thriller espectral, insano, en continua danza con la muerte. Un tour de force para su actor protagonista, Vincent D’Onofrio, que encarna con convicción al serial-killer que se sirve de su trabajo como taxista para secuestrar y asesinar mujeres, y que, de uno de esos secuestros, decide adoptar al hijo de una de sus víctimas, y educarlo durante años en la estricta y cruel disciplina de la tortura física y mental. Ese material, tan deflagrante como hondo en posibilidades, comienza Lynch manejándolo con cierta capacidad de hostigamiento al espectador, en lo molesto y convincente que resulta el tratamiento seco, elíptico, ausente de juicios morales de esa vida como un perro que apunta la primera parte de Chained.

Pero ese enfoque pleno de coraje pega, a partir de mitad de metraje sucesivos traspiés, muestras de que Jennifer Lynch no se atreve a cursar esa escuela del terror hasta sus últimas consecuencias. Y es cuando el film se adocena, se contradice con su primera parte, se convierte en una vulgar historia de psicópata y rehén. Y, así, dando tumbos, llega a su tramo final para el cual la directora nos reserva uno de esos saltos mortales en el golpe de efecto de su guión. Y algo que le salía magníficamente en Surveillance, en Chained conduce a la absoluta incongruencia, al sinsentido argumental, a la boutade injustificada que tira por tierra los logros de la primera parte de esta descarnada y fallida tercera película de Jennifer Lynch.

No me parece que merezca mucha mejor nota el primer ejercicio en el largometraje de Brandon Cronenberg. Antiviral es una historia ambientada en un futuro indeterminado, en el cual los virus cultivados de la piel de las “celebrities” se vende para injertos a terceros. En este mercadeo, de manera clandestina, se introduce el protagonista, quien, entre probetas, chutes y cirugías sanguinolentas, se mueve en un mapa que parece querer ser “territorio David Cronenberg”. Las mutaciones, la carne, los efectos convulsos y destructivos de estos juegos peligrosos, suenan a Cronenberg devaluado, a imitación de “todo a cien”. A Brandon Cronenberg hay que reconocerle tanto descaro como imprudencia a la hora de querer jugar a ser Dios, intentar matar al padre cultivando aquello en lo que él convirtió en una cosmogonía. No hace falta decir que el flirteo edípico de Cronenberg Jr se salda con un trastazo merecido, por meterse a lo que en las ferias llaman baratero.

El otro protagonismo de la jornada en Sitges tiene también mucho de relación paterno-filial. Hace un cuarto de siglo, un semidesconocido Tim Burton asombraba con la capacidad para insuflar vida y personalidad nuevas, propias de un autor con mayúsculas, al mito de Frankenstein, a través de un cortometraje, Frankenweenie, en el que un perro era resucitado. Tras las vueltas al tiempo, de retorno ya de una carrera pródiga en títulos a la altura de lo que prometía aquel joven talento, y también, de algún que otro pinchazo sonado, Tim Burton decide volver al paraíso perdido que es la infancia recuperada. La conversión de aquel perturbador Frankenweenie amateur en un largometraje avalado por la Disney, que es para quien en la actualidad trabaja Burton, producía cierto miedo a encontrarnos con el espejo del envejecimiento del autor ya domado por la industria. Y sin embargo este Frankenweenie-2012 es un poderoso, libre y muy bello ejercicio de estilo de arte mayor de un Tim Burton que no parece temer no estar a la altura de su pasado. Y Frankenweenie, película de animación, se respira muy bien en su retorno a la madre de todas las resurrecciones. Es verdad que Tim Burton ha perdido mucho en lo que de salvaje y lúgubre tenían sus primeras obras. Es seguro que este Frankenweenie está mucho más estudiado, planificado en sus trampantojos, que el genuino original del joven incauto en estado de gracia. Pero al film, aún con el peso de la corrección estética Disney, no se le puede negar el oficio de cine de espectáculo brillante, sin duda “mainstream”, pero ante todo mantenedor de la elegancia de quien, al menos en esta ocasión, demuestra ir asimilando un buen envejecimiento.

martes, 9 de outubro de 2012

Sitges, 3: The cabin in the woods y Sightseers, brillante humor macabro en Sitges

por José Luis Losa

Esta 45ª edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges tiene ya una aspirante a hacerse con el título virtual de ganadora del certamen. Y eso, en Sitges, no guarda relación estricta con el palmarés oficial del jurado. En este festival, que vive eminentemente para su público, es éste el que hace de altavoz colectivo que, mucho más hoy con la importancia de las redes sociales entre el perfil de edad del espectador de Sitges, es el que emite el veredicto que habilita las películas para su lanzamiento comercial. Esto es, por la programación de este festival pasan las películas de Leos Carax o David Cronenberg, que están entre las obras de mayor entidad del cine ya no fantástico, sino de todo género de este 2012 y apenas se mueve una butaca. Pero quienes se juegan realmente el pan en la sala de Auditori, centro del festival, ante los más de mil espectadores que llenan las proyecciones, son las películas que juegan en la liga del fantástico y el terror.

En ese sentido, cuando pasamos el ecuador de esta 45ª edición, ya hay una película que tiene toda la pinta de salir a hombros de la afición. Ya antes de su pase aquí, llegaban las mejores noticias acerca de la película norteamericana The Cabin in the Woods, tras su estreno en Estados Unidos y buena parte de Europa. Todas esas expectativas, que dieron lugar en la tarde del domingo al mayor aforo en el Auditori, se ven superadas al saborear el brillante, proteico giro de tuerca que su director, Drew Goddard, y su guionista y coautor, Johs Weddon (responsable de los libretos de filmes como Toy Story o series como Buffy cazavampiros, ambos plenos de sentido del humor) dan al subgénero del “slasher”. Porque el arranque del filme, con grupo de urbanitas trasplantados a una cabaña en la América Profunda, es sólo la primera capa de la cebolla del ingenioso juego de dos y hasta tres escenarios, en los que la película vincula el horror con su parodia, pero sin que ambos elementos choquen y se anulen, sino que se vinculen en un astuto mecanismo de vasos comunicantes que conviene no desvelar porque en su secreto y en la progresiva develación de esas capas de teatro del terror, y de su subversión a partir del distanciamiento orwelliano, reside la curva en alza de The Cabin in the Woods, en un continuo y honesto ejercicio de prestidigitación, consigue ir siempre un paso por delante del espectador. De esa manera, el climax que alcanza en sus minutos finales el film de Goddard y Whedon, se recibe como el fruto de un guión en estado de gracia, servido en una dosificación tan sabia como impropia del cine de terror actual. La presencia en la cabina de mando del show de actores de la entidad de Richard Jenkins o de Sigourney Weaver, en un cameo final memorable, son sólo guindas en esa torta de varios pisos, cada uno de ellos impecable, y todos en su conjunto mayestáticos, que van a hacer que The Cabin in the Woods se transforme, sin duda, en fenómeno sociológico y en vendaval de frescura dentro del espeso y poco imaginativo panorama del terror del siglo XXI.

El entusiasmo despertado por The Cabin in the Woods dio paso ayer a otro brote de gran cine de terror recubierto de una brillante y poco habitual capa de humor macabro, salvaje, políticamente incorrecto y, en ese sentido, vivificador. Ese recambio en el protagonismo del festival lo tomó la británica Sightseers, de Ben Wheatley. El nombre de Weathley logró ya situarse ante el foco el pasado año, con un thriller oscuro Kill List, que generó cierto culto aunque a este cronista no dejó de parecerle un film de fatua y falsa modernidad.

La misma distancia que me impedía conectar con lo que Ben Weathley me proponía en Kill List se troca en empatía con la negrísima Sightseers. Es cierto que esta provocadora función de pareja de recién casados erigidos en mezquinos y rapaces serial killers a lomos de su roulotte tuvo su gran plataforma en Cannes, en donde triunfó en la Quincena de los Realizadores. Pero que no sea Sitges el festival que descubrió este festín de mala baba no evita que el festival vaya a ser, seguramente, la vía de lanzamiento del film en nuestras salas comerciales. Y será entonces cuando haya que volver a hablar del tono vitriólico del film, de su macabrismo con sordina, de su banalidad del mal aplicada, por fortuna, a un film que consigue, por la espita de un humor seco y sardónico, que asistemos a un crescendo de atrocidades y las visionemos como si de las pequeñas vilezas de un episodio de “Los Roper” se tratase.

Junto a los dos aldabonazos de The Cabin in the Woods y The Sightseers, tuvimos también trompazos colosales. El más visible, el de Rob Zombie, dominador del cine de terror trash, un tipo con gran predicamento en Sitges, y quien con The Lords of Salem parece querer reivindicarse, más allá de las bromas terroríficas de trazo grueso, como “auteur”. Y su intento de enlazar la leyenda rica en brujas de Salem con el tiempo presente deviene tomadura de pelo, colapso de cine de vaciedad intolerable. Quién iba a decirle a Rob Zombie, tantas veces jaleado aquí, que una película suya iba a recibir abucheos ostentosos y poco menos que la catarsis del tomatazo.

domingo, 7 de outubro de 2012

Sitges, 2: El fin del mundo, leit-motiv del cine que protagoniza Sitges

por José Luis Losa

Ya meses antes del comienzo de esta 45ª edición del Festival de Sitges, su director, Ángel Sala anunció que la línea-fuerza que iba a dar coherencia al festival era la del fin del mundo. Lo cierto es que cuando escuché esta noticia tuve la sensación de que esta idea parecía mucho más conforme con la programación y con la cosecha de autores que trataron el tema el pasado año. No en vano, en 2011, la distopía suprema , el Apocalipsis, fue abordado no precisamente por cualquier indocumentado, sino por cineurgos como Lars Von Trier en Melancholia, Béla Tarr en The Turin Horse, Abel Ferrara en 4:44 Last Day on Earth, Steven Soderbergh en Contagio e incluso, de modo mesiánico, por Terrence Malick. Todas estas obras, a excepción de la de Malick, pasaron por Sitges 2011. Y por eso digo que da la sensación de que entonces se desaprovechó esa comunión densa y excepcional de autorías. Y que ahora, como al rebufo, se trata de retomar, cuando los que firman sus crónicas del fin del mundo, por contraste con los anteriores, son mindundis como J. Bayona, tipos que tienen ideas tan peregrinas como la de un finlandés, Timo Vuorensola, que recrea una repoblación de la Luna por nazis dispuestos a reiniciar la guerra de los mundos en Iron Sky (atención a cómo funcionan los flujos de la atención del gran público de Sitges; esta broma pésimamente filmada y sin capacidad alguna para hilvanar siquiera una trama hilarante se ha convertido en el “sleeper” del festival; ha agotado localidades antes, por ejemplo que las películas de Cronenberg o Leos Carax), cineastas latinoamericanos como el chileno Nicolás López, a quien algunos recordarán por la estimable Santos, aliados de conveniencia nada menos que con el pope del cine trash Eli Roth para proponer otro catástrófico fin del mundo en la chirriante, antipática, espantosa y definitivamente chapucera Aftershock, que pudimos ver aún ayer en el concurso y nos atragantó la primera hora de la mañana.

Sí, se pueden ver en la programación de este festival hasta noches temáticas con maratones de cine dedicado a la extinción del planeta. Si uno tiene el coraje de apostar por estos pases hasta altas horas de la madrugada se encuentra casi siempre con un cine bastante más estimulante que el que puebla las tardes mainstream de la sala central del certamen, el Auditorio del Meliá.

Así, en una de estas veladas apocalípticas se podía descubrir el más que curioso tríptico sobre el final de la Tierra que componen los coreanos Kim Ji-Woon y Yim Pil-Sung en Doomsday Book, donde se mixturan el cine de epidemias alimentarias con un futuro robótico-budista. Yo le encontré bastante más coherencia a este Doomsday que a los vídeos zen de Malick. También, en esta línea, es recomendable el film norteamericano The Day, en el cual Doug Aarniokoski articula uno de esos escenarios distópicos a lo Cormack McCarthy, con un grupo de supervivientes enfrentados a los otros, los últimos hombres vivos. Es cierto que The day tiene mucho de pastiche con ideas de Richard Matheson, el citado MCarthy, J. Abrahams e tutti quanti. Pero que no brille por su originalidad no invalida la fuerza narrativa de esta obra desasosegante y briosa.

Entre lo visto en esos primeros tres días de programación digna de Heliogábalo por sus dimensiones de banquete bulímico, destacan también las películas que entran en el llamado foundfootage, ese subgénero de supuestas imágenes grabadas de la realidad con cámara (o teléfono móvil, o skype, o…) amateur y que se nos sirven como supuesta filmación de la realidad normalmente más escabrosa. En esta corriente hoy tan de moda gracias a engendros lamentables como El proyecto de la bruja de Blair o Paranormal activity, surgen también artilugios visuales que, más allá de la trampa, incorporan hallazgos narrativos: es el caso de VHS, film de episodios de esos que llega ya a Sitges con el aura de película de culto y acné juvenil y que, en su irregularidad, ofrece momentos de inteligencia. También de Area 407, igualmente norteamericana, donde la cámara de las protagonistas, las dos hermanas más estomagantes de la historia audiovisual desde las Ingalls de La casa de la pradera recoge el despegue y siniestro del avión en el que viajan, y su aterrizaje en tierra hostil que -si se perdona todo lo que la película parasita de Lost- alcanza un buen climax de terror primario. Encaja también en esta categoría del foundfootage aplicado al género de terror la altamente recomendable The Bay, exhibida ya en San Sebastián, y en la cual Barry Levinson, al que hacíamos ya retirado, rubrica contra todo pronóstico la película más viva de su acartonada carrera.

En el balance de lo hasta ahora visto, merece reseña la película coreana de sketches Horror Stories, una especie de retorno al universo Creepshow pasado por Asia. Y de lo más controvertido hasta ahora es la norteamericana Compliance, de Craig Zobel, que viene de Locarno y aborda el tema de los abusos sexuales de la mano del exceso del estado policial, de los clima de indefensión que provoca este miedo a la extensión del poder coercitivo de la fuerza legal, y todo ello en el marco de la trastienda de una tienda de fast-food.

El cine español, tras la tan olvidable que parece cosa de hace un mes El cuerpo, tuvo su segunda película a concurso, Insensibles, del debutante Juan Carlos Medina, una historia que trata de buscar puntos de encuentro entre uno de tantos episodios de nuestra incivil guerra, y el cine de terror que parece alumbrar un nuevo Freddy Kruger. Para el estropicio que podría haber resultado, Insensibles, protagonizada por Alex Brendemühl y Juan Diego, se salva de los estragos y se queda en terreno del cine fallido pero bienintencionado.

De lo mejor de este arranque de festival excluyo, por redundante, la colosal aventura de altísimo riesgo de la inconmensurable Holy Motors, de Leos Carax, ante cuya grandeza ya nos descubrimos en la última edición del festival de Cannes. Si acaso, decir que por donde va pasando, y es el caso de Sitges, esta obra de Carax, tan singular que no tiene modelo equiparable, deja su rastro de obra mayúscula, de obra de arte de la provocación y la lírica situacionista, que envida contra el todo, justamente cuando más necesario se hace que el arte desenfunde el abrigo de la belleza frente a la obscena y mezquina fealdad del Sistema.

venres, 5 de outubro de 2012

Sitges, 1: El thriller de tanatorio El cuerpo inaugura el Festival de Cine de Sitges

por José Luis Losa

Como viene siendo norma en las últimas ediciones, el 45º Festival de Sitges ha apostado por una película de inauguración de producción catalana. Si el año pasado la elegida fue Eva, de Kike Maíllo, premiada después en los Goya, ahora es de nuevo una opera prima, El cuerpo, de Oriol Paulo, la encargada de abrir las compuertas a diez días de cine que, como es también costumbre en este certamen que dirige Angel Sala, se caracterizan por una programación pantagruélica, inabarcable, para tomársela con calma y no desesperar ante la incapacidad para ver todo lo que se oferta.

Oriol Paulo, el debutante en la dirección con El cuerpo, tiene ya tablas en el género del cine de suspense. Es el guionista de Los ojos de Julia. Y con ella comparte no solo el género, el thriller más psicológico que sanguinolento, sino también una reverencia hacia la misma actriz, Belén Rueda. Si en Los ojos de Julia ella era la agonista ciega, la víctima de todas las sombras en la oscuridad, en El cuerpo, Belén Rueda preside la película desde el flash-back, ya que el film comienza con la desaparición de su cadáver de un tanatorio. Y de ahí, a partir de la investigación de un policía encarnado con solvencia por José Coronado, y del marido de la difunta, un Hugo Silva cuya presencia viene a responder esencialmente a esa idea de baby star-system español y la cuota de pantalla que se supone que su nombre debería arrastrar a las salas.

Valoro la contención del filme de Oriol Paulo a la hora de dosificar golpes de efecto y dejar que sea la evolución de la trama de suspense la que invite al desasosiego. Pero a mí personalmente El cuerpo me genera la misma frialdad que el ambiente de la morgue cuyo espacio es un protagonista más de la historia. Me interesa el tinte necrofílico, obsesivo, en el cual El cuerpo parece querer introducirnos: las obsesiones del marido, el fetichismo por las huellas o los últimos pasos de la desaparecida Belén Rueda. Pero es precisamente el guión, con el cual Oriol Paulo se estrenó en el oficio, lo que creo que impide a la película despegar, tomar una encarnadura definida, una personalidad propia. Todo termina por parecerme en El cuerpo peligrosamente próximo al cliché y, por supuesto, no encuentro ni por asomo similitud con algunos de los nombres (Allan Poe, Hitchcock) que se citaron en la rueda de prensa. Imagino que el filme cumple su función de inaugurar de forma pulcra esta 45ª edición. Y de sumarse a un ya subgénero, el del cine de tanatorios, que tiene su más activo cultivador en el nórdico Ole Bornedal.

Mientras en la alfombra roja del Auditori pasaba esto, donde realmente se cocía el cine más interesante era en las salas alternativas. Allí se proyectaba American Mary, firmada por dos hermanas, Jen y Sylvia Soska, que se han ido haciendo un nombre entre los amantes del underground insano y extremo. Ambos calificativos los cumple con creces este film que tiene un parentesco espiritual con el Crash de David Cronenberg o J. G Ballard, en cuanto a su fascinación por la carne herida, por las cicatrices y su parafílica sensualidad. En American Mary, la protagonista es una estudiante de medicina que se introduce en la cirugía ilegal y acaba dejando al Doctor Frankenstein al nivel de Madame Curie, si tomamos en consideración el nivel de ferocidad provocadora, los golpes de humor insertados en una película que va al límite, que explora algo más que el lado oscuro, que toca temas como el transgénero o la relación entre Eros y Tanatos y lo hace sin darse golpes de pecho, sin tomarse a si misma demasiado en serio. Y eso que es American Mary cine del que incomoda y, una vez asimilado, sigue dando vueltas en la mente su esencia transgresora, su paradójica elegancia bizarra.