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sábado, 1 de setembro de 2012

Venecia, 2: Michael Shannon y Winona Ryder presentan The iceman, desganado cine negro

Venecia homenajea a Michael Cimino e imprime la leyenda de "Heaven’s gate"

por José Luis Losa

Segunda jornada en el Lido con un nivel que va sembrando algunas dudas sobre el a priori colosal nivel de la sección oficial. Fría acogida tuvo la primera de las dos películas de la competición procedentes de Francia, y que venía precedido de un rum-rum que apuntaba que era mejor que algunas de las cintas francesas presentadas en Cannes. Falso rumor. Superstar viene firmada por Xavier Giannoli, chico mimado dela crítica francesa y autor de dos films vistos en Cannes, Los cuerpos impacientes y A’l origine que recuerdo tan vagamente que casi resbalaron por mis retinas. Superstar es lo menos pretencioso de la breve filmografía de Giannoli. Obra pequeña pero honesta, que indaga en los peligros del salto de un desconocido al estrellato mediático. Hace tres meses pasaba en Cannes Reality, de Mateo Garrone, con la cual el film de Giannoli tiene una base argumental en apariencia similar pero que parte de premisas opuestas. Reality mostraba el sueño de un tipo vulgar por alcanzar la fama presentándose a Gran Hermano. Superstar revela la pesadilla de un hombre banal que, contra su ferrea voluntad, el circo de los mass-media y las redes sociales convierte de manera instantánea en la figura del año. Hay que decir en favor del film de Giannolli que sabe bien que transita por un terreno, el de la manera en la que la carpa de la televisión-basura crea, deglute y excreta ídolos, que otros ya pisaron de modo visionario hace casi cuarenta años (Sidney Lumet, en esa obra colosal y premonitoria que es Network). Por eso, es verdad que Superstar suena a algo ya visto y mucho mejor contado (sin ir más lejos, en el film de Woody Allen que se estrena este mes), pero tampoco Giannoli carga las tintas en intentar hacer cine de tesis. Por debajo de su superficie tópica, archisabida, sobre los monstruos que crea la fama en la era del Youtube, Superstar va esbozando, en la periferia de su algarabía mediática, un tierno retrato de perdedores, de callejón de las almas perdidas donde van a parar los juguetes rotos de la fama. Y ahí brilla especialmente el talento de Kad Merad y de Cecile de France. Seguro que ese doble fondo donde Superstar encierra esencias estimables quedará ahogado por la idea-fuerza de que esta película la hemos visto ya un centenar de veces lo cual es, en buena medida, cierto, pero no abarca la totalidad de un film que mejora y se crece fuera del aparato foco central donde danzan los trileros del negocio televisivo.

También se esperaba mucho de una película de cine negro y violencia extrema, The Iceman, que dirige un joven de origen israelí, Ariel Vromen, con un insoportable aire de primero de la clase. The Iceman, basado en la figura de uno de los más prolíficos liquidadores del crimen organizado, da toda la impresión de ser un vehículo para el lucimiento de Michael Shannon, actor emergente que bordaba su brote paranoico en Take Shelter, y al que se ve que ya han encumbrado haciéndole flaco favor. El registro de Shannon como hombre de dos caras, asesino serial desalmado y nihilista, y amantísimo esposo y padre de familia digno del show de Te quiero, Lucy es tan desangelado y mecanico como el propio guión de la película, cuya subtrama de juego de tronos entre gang mafiosos se percibe revenido, indolente, plano. Me fatiga la violencia rala de The Iceman, que es como una apisonadora sin sentido del ritmo. Celebro el renacimiento de Winona Ryder, constatado ya en Cisne negro. Cada vez que ella aparece en la pantalla, y eso que el papel que le toca en suerte es el arquetipo de comprensiva esposa de un liquidador, desaparecen del plano Michael Shannon y su banda de matarifes. Y Winona pone sordina a esa metálica rutina de metralla y nos busca un respiradero por el que huir de tanto ruido y tanta furia estulta como la que hace insufrible The Iceman.

La tercera película a concurso del día tiene delito. Se titula At any price y resulta inexplicable su presencia en el Lido y, para mayor desconcierto, compitiendo con lo más reciente de Malick, De Palma o Paul Thomas Anderson. Sus maneras son de tv-movie de la vieja escuela, aunque su director sea un joven, Ramin Bahrani, que se ve que artísticamente ya ha nacido fiambre. Se trata de una tragicomedia de ambiente rural, en la América Profunda, centrada en una familia de vendedores de semillas que preside con malas mañas Dennis Quaid. Tal vez el hecho de que su hijo díscolo sea el icono teen-ager Zac Efron pueda explicar la existencia de este despropósito en donde, en medio de trifulcas menores, de infidelidades que activa la siempre genuina Heather Graham, de gamberradas pueblerinas, se cuela de pronto un asesinato. No pasa nada. El muerto (a martillazos) al hoyo y la familia de Dennis Quaid (pobre hombre, qué racha; así se explica su perpetua sonrisa de cartón) a servir barbacoas en este engendro que, por contraste, podría lograr que Rústicos en Dinerolandia pasase por un melodrama de Douglas Sirk.

La leyenda de Michael Cimino

Esta Mostra vivió ayer uno de esos momentos de celebración del cine en forma de tributo a un autor gloriosamente maldito. Michael Cimino fue uno de los talentos mayúsculos de aquella generación de cineastas de los 70 tan atinadamente recordada en un ensayo de Peter Biskind. Cimino estrenó en 1978 El cazador y Hollywood se rindió a sus pies. El director no se quedó corto y se propuso poner en pie un western novecentista, un friso histórico de western con resonancias que iban de Visconti a Peckinpah, pasando por Walsh. Aquel film, Heaven´s gate, pasaría en efecto a la historia pero no por su gigantesco nivel creativo (negado en su estreno) sino por hundir económicamente unos estudios, la United Artist. Lo que se hizo con Heaven´s Gate es una de esas páginas negras del negocio del cine. La versión del director, de 215 minutos, se redujo a un metraje de 138 y se estrenó así, truncada, incomprensible, sepultada durante décadas. Va a hacer treinta años de aquella masacre artística. En ese tiempo, Cimino, tocado ya del ala, fue de fracaso en fracaso hasta desaparecer en 1996 despues de rodar Sunchaser. Y solo salió a la luz hace muy poco, con una imagen transexualizada, como si el tifón que supuso ese fenómeno de la naturaleza hecho cineasta, precisase de una reinvención hasta en lo más íntimo.



Su reaparición ayer en el Lido, con el estreno de la versión restaurada de esa obra maestra absoluta, desmedida, homérica, que es Heaven´s gate, con todo su metraje al completo, dio lugar a un acto de reparación histórica con una ovación cercana a los diez minutos ante la que Cimino se emocionó visiblemente. Seguro que en su fuero interno pensaría en la paradoja de esta rara Europa que viene ahora a entronizarlo por algo por lo que en Hollywood fue poco menos que lapidado. Pero la leyenda, con Kris Kristofferson bailando un vals junto a Isabelle Huppert, con Jeff Bridges y Christopher Walken rememorando el tal como éramos, se imprimió por fin en la pantalla del Lido. Heaven’s Gate ocupa ya su lugar entre los hitos de la creación cinematográfica universal y, en unos meses, cada aficionado podrá rememorar ese momento en la anunciada edición en DVD de la restauración de una de las mayores heridas infligidas por Hollywood a uno de sus hijos.

venres, 25 de maio de 2012

Cannes, 8: Nicole Kidman revitaliza su carrera defendiendo en Cannes The Paperboy

por José Luis Losa

Nicole Kidman lleva algún tiempo necesitando salir del “rabbit hole”, del estancamiento de una carrera que, en su caso, parece afectada por la falta de papeles para mujeres que no provienen de la fama televisiva y que ya han pasado los cuarenta. Cannes parece haber medido estos últimos días para convertirlos en “territorio Kidman”, ya que la actriz protagoniza dos de las películas de la recta final de la 65ª edición. En competición pasó hoy la actriz, coprotagonista del thriller The Paperboy. Y mañana se proyectará, fuera de concurso, Hemingway & Gellhorn, un producto de la HBO en el que la actriz australiana es la corresponsal en la guerra civil española Martha Gellhorn.



Sin duda, el plato fuerte de los dos para Kidman es el de The Paperboy, en la que encarna a una mujer que apoya a un condenado a muerte que espera cruzar la milla verde, y que encarna John Cusack. The Paperboy es una novela del interesante escritor de novela negra Peter Dexter (autor de los textos sobre los que se filmaron Paris Trout y Mulholland Falls). El proyecto y los derechos los tuvo en sus manos algún tiempo Almodóvar, para dar el salto a Hollywood con una película hablada en inglés. Al parecer, no se atrevió a imbuirse de los pantanos de Florida donde Dexter ambienta sus relatos, en este caso una historia de periodistas y abogados (Zac Efron y Matthew McConaughey, hermanos en la ficción) que tratan de hallar las pruebas que demuestren la inocencia del condenado. Y no sé cómo se le daría a Almodóvar esta adaptación a Florida. Probablemente mal. Pero lo peor es que, descartado Almodóvar, The Paperboy le fue encargada a Lee Daniels. Este hombre es uno de los responsables de dos de las horas más odiosas que he tenido que soportar en una sala de cine en el último lustro. Su delito se llama Precious, aquella nauseabunda sesión de populismo de corrala, de demagogia histérica, que triunfó en Sundance y puso al borde de un Oscar a su sufridora protagonista.

Detesto a Daniels. The Paperboy no hace que mi animadversión hacia él aumente. Es verdad que introduce en la historia componentes amarillistas, chocarreros o cursis que son de su cosecha. Que convierte los materiales de lo que podría ser un tórrido thriller judicial en algo mucho más blando. Pero no termina de destrozar el armazón narrativo de la novela. Hasta ahí no llega el histerismo tras la cámara del autor de Precious.



Pero el foco, más allá del glamour de la Kidman, estuvo ayer en el mexicano Carlos Reygadas. Es el autor de una de las felaciones cinematográficas más famosas y mayormente celebradas del cine reciente, la de Batalla en el cielo, película que me parece soberbia y que, cuando se estrenó en Cannes en 2005 provocó una bronca memorable. Como si los mismos que le abuchearon hace siete años le esperasen ayer, lo cierto es que el pase de su película a concurso Post Tenebras Lux acabó con otro abucheo considerable. Tengo la impresión de que a Reygadas le entusiasma la provocación. Porque su nueva película, una del todo heterodoxa representación del territorio del Mal, de la culpa, de la violencia, del sexo como expiación, parece diseñada para montar el isidrazo. Reygadas toma en Post Tenebras Lux muchas decisiones, algunas truculentas e impostadas, otras certeras en su generación de una atmósfera próxima al terror más insondable, el miedo a uno mismo y a la bestia que lleva dentro. Se hablará mucho de esta película, en el caso de que no nos la escamoteen en España. Se hablará de ese diablillo animado que hace su aparición como maestro de ceremonias de este teatro del pavor; se comentará mucho la secuencia de sexo colectivo en la sauna swinger, que es clave en el entendimiento del film y en modo alguno es gratuita reverberación del momento hardcore de Batalla en el cielo. Y, sin desvelarles lo que no debo, se dirá lo indecible de una apocalíptica cabeza humana que protagoniza el desenlace de la película. Seguramente la osadía surrealista de ese momento es lo que más incitó al pataleo del film en la Croisette. A mí, que asumo que en él hay tretas, exceso de megalomanía de autor, manierismo innecesario, me fascina el juego de Reygadas. Lo hizo en Batalla en el cielo, en menor medida en Luz silenciosa. Y ahora, en Post Tenebras Lux, le compro sus bajonazos o sus narcisismos, pero me encanta cómo juega Reygadas. Sobre todo frente a los abucheos de Cannes, que es que se crece.