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luns, 28 de maio de 2012

Cannes, 11: Haneke gana su segunda Palma de Oro, por Amour

Polémico palmarés que deja fuera a Cronenberg, Kiarostami y Leos Carax

por José Luis Losa

Michael Haneke se incorporó ayer a una privilegiada lista de directores, los que han tenido la oportunidad de ganar en dos ocasiones la Palma de Oro. Su nombre se sumó, con el triunfo de su sobrio drama de amor y muerte Amour, protagonizado por Jean Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, a los de Coppola, Imamura, Kusturica, Billie August y los hermanos Dardenne, también triunfadores en dos ediciones del festival de Cannes. La Palma de Oro para Amour es una decisión poco atacable, política y artísticamente correcta, pero que deja un poso de “catenaccio”, de juego conservador por parte del jurado presidido por Nanni Moretti, al dejar fuera no solo ya del premio mayor, sino de cualquier reconocimiento en el palmarés al que ha sido gran título revulsivo de esta 65ª edición: la francesa Holy Motors, con la que Leos Carax apabulló la Croisette con un film totalmente imprevisible, libertario, provocador, cáustico y capaz de descolocar primero e hipnotizar después a los resabiados ojos de la crítica presente en Cannes.

En ese sentido, el Amour de Haneke es una obra de indudable elegancia y contención a la hora de tratar el amor en la vejez o la eutanasia como una decisión pasional y autónoma. Y es, también, un premio indudable para su pareja de actores, los veteranos y eminentes Jean Louis Trintignant y Emmanuelle Riva. Pero Amour, todo lo contrario que Holy Motors de Carax, es totalmente previsible, juega sobre bazas seguras, no genera debate ni renovación. Y de ella se ha hablado apenas en los pasillos de un festival que no ha parado de debatir sobre los films de Carax, de Cronenberg, de Kiarostami o del austríaco Ulrich Siedl, y que solo se ha acordado de Haneke para asumir que era la favorita en las quinielas.

Los premios concedidos por el jurado dejan ver en sus costuras, además, innegables chalaneos. A nadie se le escapa que el Gran Premio del Jurado para la fallida comedia italiana Reality, aggiornamento del neorrealismo en los tiempos de Gran Hermano, es algo que Moretti, presidente de ese jurado, habrá sacado con fórceps. Seguramente a cambio de ceder a la hora de entregar el premio al mejor director al mexicano Carlos Reygadas, por su muy abroncada Post Tenebras Lux. Es ésta la apuesta más ilusionante del palmarés. la de reconocer a esta obra que se tira sin red y explora la maldad como destino, el sexo como catarsis, con una secuencia grupal epatante, el surrealismo que conduce a un final que provocó aullidos en la Croisette. La lástima es que la sorprendente valentía de premiar a Reygadas no fuese más allá en otras decisiones.

Me parece un doble acierto reconocer a las actrices rumanas Cosmina Stratan y Cristina Flutur, la monja y su exnovia sometida a exorcismo de la excelente Beyond the Hills, con la que Cristian Mungiu, ganador de la Palma de Oro hace cinco años por Cuatro meses, tres semanas, dos días ofrece un apasionante film que logra transmitir al espectador el estado de abducción y de vivir fuera del tiempo actual en el que habitan los portagonistas de la secta ortodoxa de su película.

El premio al mejor actor para el danés Mads Mikkelsen, por su suplicio como inocente acusado de abuso de una menor en The Hunter, de Thomas Vinterberg, produce cierta frialdad. Mikelsen, uno de los actores de moda en el cine europeo está, como siempre, sólido dentro de un film irrelevante. Y había interpretaciones como la del japonés Tadashi Okuno en la agridulce comedia Like someone in love o, por encima de todo, el trabajo indescriptible de Denis Lavant, encarnando hasta a ocho personajes distintos, cada uno de ellos más arriesgado, que hubieran tenido más sentido. Pero, aunque la crítica fue apostando por el “Carax forever” según avanzaba elfestival, está claro que alguien en el jurado le puso una cruz.

Otro premio del Jurado para Ken Loach por su complaciente y tosca The angels' share, suena a decisión tomada en el siglo XX. Y la Cámara de Oro para nuevos directores, recibida por el norteamericano Benh Zeitlin por la post-apocalíptica Beast of the Southern Wild no hace más que dar más fuerza a la ola que ya venía de Sundance y que promete situar a este film como uno de los triunfadores de la próxima temporada.

La 65ª edición de este festival se cierra con sensación contradictoria. Nada hay contra el notable film de Haneke pero se podría haber apostado más fuerte. Hemos tenido una sección competitiva muy aceptable (con destacados para Cronenberg, Kiarostami, Mungiu, Carax o Reygadas), pero el bajísimo nivel de las secciones paralelas “Un Certain Regard”, la Semana de la Crítica y la Quincena de los realizadores ha hecho mella en la percepción general del nivel del cine aquí visto. Asistimos a momentos emotivos como el renacimiento artístico y, en parte, biológico, de Bernardo Bertolucci, con la muy interesante Io e te, pero el clima, afeado por tres días de borrasca, casi de galerna, insólitos en Cannes, enfrió la alfombra roja. Y, al final, como cada año, lo que no falla es el engranaje de esta máquina de relojería que es el festival. Porque, por encima de otras consideraciones, la Palma de Oro a Haneke, después de dos años algo traviesos, devuelve las aguas a su cauce y deja el caudal de Cannes 2012 a buen recaudo.

luns, 21 de maio de 2012

Cannes, 4: Michael Haneke vuelve con Isabelle Huppert en Amour

por José Luis Losa

En ese crescendo en el que se supone que debe viajar este festival de Cannes hasta el momento más bien decepcionante, este domingo hacía entrada en el Gran Teatro Lumiere uno de los cineastas que se han enseñoreado de las últimas dos décadas del cine europeo, el austriaco Michael Haneke. De un tiempo a esta parte, parece que va calando una corriente entre la crítica que tiende a relativizar la capacidad innovadora de este autor. Pero no hay que olvidar que su última incursión en el cine, La cinta blanca, se hizo con la Palma de Oro en la edición de Cannes de hace tres años. Volvía Haneke al festival que más lo ha mimado y que le concedió en el pasado el premio al mejor director por Caché y el Gran Premio del Jurado por La pianista. En aquella ocasión, inauguró con Isabelle Huppert una colaboración que tuvo continuidad en El tiempo del lobo. Sin duda, la capacidad para la perturbación de la Huppert puede desarrollar sus potencialidades con tanta libertad en pocos espacios como en el marco de insania que suele ocupar a Haneke. Y era algo razonablemente conveniente que esa colaboración artística tuviese continuidad. En Amour, la Huppert no ocupa el escenario central de la historia. Es el tercero en discordia, la hija de relaciones desafinadas con sus padres, ambos profesores de música, una pareja formada por dos ilustres del cine europeo, Jean-Louis Trintignant (junto a Piccoli el último grande de una generación de actores que marcó la segunda mitad del siglo XX y que toca a su fin) y Emmanuelle Riva, musa de Alain Resnais.



En Amour, Haneke baja algo el diapasón de atmósferas irrespirables de su cine anterior. Recrea un amor tranquilo, paciente, el de los dos ancianos padres en la ficción de Isabelle Huppert. Pero, como es norma en el cine del austriaco, una circunstancia abrupta e inesperada, un zarpazo que afecta al personaje encarnado por Emmanuelle Riva, trastoca la armonía reinante. Y van apareciendo, de entre los claroscuros de la bellísima fotografía de Darius Khondji, fantasmas del pasado, rugosidades que alteran las relaciones de los personajes y que acaban por generar incertidumbres, inquietudes, que aproximan el pulso del film al llamado “territorio Haneke”, aunque es cierto que es éste su film menos tenebroso, donde a ratos reina la placidez, que era hasta ahora un sentimiento extraño al autor de Funny Games o de Caché. Pero el sentimiento mórbido que preside el plano final es, de nuevo, la desazón.



Había otras dos películas más a concurso en una jornada apretada. En la primera de ellas, In another country, la protagonista vuelve a ser Isabelle Huppert, esta vez como personaje a las órdenes del coreano Hong Sangsoo. El microcosmos de este cineasta asiático de larga trayectoria, aunque apenas conocido en España porque su cine no ha pasado del circuito de festivales, es siempre el de situaciones de enredo, historias de amor paralelas, ambientadas muchas de ellas en el marco del cine dentro del cine. Es tan personal ese engranaje, marca de la casa, de Hong Sangsoo, que el hecho de introducir en él una figura internacional y europea como la Huppert planteaba la duda de si en cierto modo dinamitaría la sutileza casi etérea de su cine, hasta ahora encarnado siempre por un grupo de actores coreanos muy familiarizados con sus premisas. Todo lo contrario, la capacidad empática de la Huppert con Sangsoo es total. Su descaro a la hora de enrolarse en uno de esos impagables viajes de yo-yo del director coreano no sorprende en una actriz que supo brillar en el ocaso del Hollywood de los grandes estudios, en el cine independiente y como actriz fetiche de Haneke o Chabrol.



La tercera cinta en liza, The Hunt, la firma el danés Thomas Vinterberg, quien desde que sorprendió con la provocadora Celebración ha ido perdiendo fuelle. Y no es una excepción The hunt, que responde a esos cánones del cine danes presente en festivales: es correcta, formalmente impecable, marca con trazo algo grueso las líneas del melodrama pero deja siempre sensación de vaciedad, de ausencia de riesgo. En The hunt Mads Mikkelsen, convertido ya en sex-symbol del cine europeo, sufre una acusación de pederastia, y sobre él se cierne una caza de brujas con sello protestante y vasta crueldad, que en nada tiene que envidiar a la del bosque de Salem. Lo de menos es que al final sea o no culpable, porque por el camino la película se va adocenando hasta carecer del interés del cine que merece estar en Cannes. Sin duda, el vía crucis que sufre este hombre de tanto sex-appeal funciona como drama y cinta de suspense comercial. Y ahí tendrá terreno donde moverse. Porque en esa pantalla destinada, o así debería ser, al riesgo, nada debería de cazar la nueva película de Thomas Vinterberg.



Como función fuera de concurso, para quitarse algo de solemnidad, Cannes nos ofreció nada menos que el Drácula 3-D del veterano e iconoclasta Dario Argento. Quien naturalmente se sirve del personaje cientos de veces llevado al cine, para pasarse cuatro pueblos con su personal, disparatada, nada desdeñable en sus excesos, visión de Drácula. En los créditos, sin duda el dato más bizarro de una película tan freak, la presencia de Enrique Cerezo como co-autor de los diálogos y del guión. Eso sí es vampirismo y, lo demás, coñas marineras.