Frases
dos informes que emitía a Junta de Censura en España, recollidas no
libro La censura cinematográfica en España de Alberto Gil (Ediciones B, 2009).
Things to come (William Cameron Menzies, 1936)
“Ingenua visión del futuro, con una teoría confusa. Muy mala. Explotable en cines de barrio y pueblos”
The women (George Cukor, 1939)
“Suprimir en
absoluto todas las escenas en las que se exhiben desnudeces [...] que
llegan a causar náuseas”. As “desnudeces” son: “planos cercanos de
modelos de trajes de baño”, “modelo exhibiendo corsé por diferentes
habitaciones”, “ejercicio de gimnasia de Rosalind Russell y Joan
Fontaine”.
Guillermo de Reyna, vicepresidente da Junta de Censura,
engadiu: “Cinta que aunque de tesis contraria al divorcio, está
desarrollada de forma tan torpe, chabacana y falta de altura, que queda
reducida a una larga exposición de toda la miseria moral y de toda la
estupidez intelectual que pueda reunirse en el sexo femenino. Película
en fin que llena al espectador de un sabio aprecio a la soltería ante el
solo temor de que pueda corresponderle un poco de la triste y grotesca
miseria que con tanta abundancia pasa ante sus ojos, llegando a
producirle una verdadera repulsión física y un decidido asco” (Foi
estreada en 1948)
The night of the hunter (Charles Laughton, 1955)
“Es
una película desagradable y morbosa. Los conceptos que vierte sobre el
matrimonio el protagonista, que pasa como predicador, son inadmisibles.
Se tratan con poco respeto y veneración las frases de la Sagrada
Escritura; y no faltan escenas un tanto sugestivas como las de los
rollos 1 en que la artista sale muy ligera de ropa, y la del rollo 3 del
predicador en la cama y su mujer de pie, insinuante. Por todo ello
estimo que es inaceptable.”
“La película más retorcida y disparatada que se puede imaginar. No debe importarse”
“Película refinadamente absurda y desagradable, a base de predicador protestante y asesino. No debe importarse”
“Se trata de un engendro monstruoso fruto de una imaginación desquiciada… Rechazable en absoluto”
Tarzan’s greatest adventure (John Guillermin, 1959)
“La
admiración física hacia el arquetipo masculino puede dañar
psíquicamente a los adolescentes poco diferenciados, acentuando su
complejo de timidez o de angustia sexual, desviando peligrosamente su
atención de la sexualidad femenina.”
Some like it hot (Billy Wilder, 1959)
“Prohibida aunque sólo sea por subsistir la veda de maricones”
“De las que no tienen cura”
“Crudísimas escenas de erotismo y pornografía”
“El
equívoco sexual socialmente considerado fomenta la corrupción. La
frontera natural de los sexos debe observarse públicamente dejando al
misterio de la intimidad esta lacra. Tal es la única objeción que puede
hacerse a esta divertidísima película, pero objeción demasiado fuerte
porque los dos protagonistas masculinos se sostienen vestidos de mujer y
encajados en lo femenino durante 10 rollos de los 13 del montaje con
tal perfección que superan las pruebas de fuego, cuales baños de mar en
traje de baño con otras muchachas sin que estas adviertan el cambiazo y
cuantas se derivan de la convivencia en hoteles, trenes e incluso lecho”
“Todo
ello implica una fuerte invitación a la valentía o descaro social de
los homosexuales. Hasta un noviazgo. Pero hay algo más grave aún: en
tanto la proyección queda desplegada a toda vela para los maricas
aparece cortada, cortadísima, en cuantas secuencias se dedican a la
sexualidad del hombre normal. Secuencias pornográficas, protagonizadas
por Marilyn”
Psycho (Alfred Hitchcock, 1960)
“Ambiente morboso, de pesadilla, en
el que se describe con insana delectación como un cadáver se desangra en
una bañera. En definitiva, una fantasía freudiana, rodada por una buena
cámara pero pesada, artificiosa e indigesta y, por supuesto, poco
recomendable desde el punto de vista moral”
“Abreviar la escena de la
ducha de Marion suprimiendo desde el plano, cuando después de meterse
en el baño, cierra la cortina, hasta el plano en que se la ve duchándose
y al fondo, en transparencia, aparece enseguida el asesino. Abreviar la
escena del asesinato, dejando solamente dos puñaladas, una al comienzo
de la escena y otra al final de la misma, en la espalda, eliminando, por
consiguiente, todos los planos de desnudo intermedios. Suprimir,
asimismo, un plano de desnudo de Marion, tomado desde arriba, antes de
caer la cortina”.
Peeping Tom (Michael Powell, 1960)
“Película morbosa y repulsiva que debemos ahorrar al público”.
“No
es posible exhibir esta película ante públicos normales. Película de un
loco y para locos, haría falta proyectarla en un local con espectadores
seleccionados en manicomios. Me parece sencillamente demencial, atroz,
brutal. Propongo su prohibición seguro de que ni la casa importadora
pudo creer jamás en la autorización”.
“Crimen de lesa humanidad y, en
consecuencia, la cabeza que produce tales engendros debería estar
colgada en un palo muy alto, plantado en la mismísima plaza londinense
de Trafalgar”
The trial (Orson Welles, 1962)
“El
público que asista a ella o la comprende y entonces comprenderá la
tesis, o no la entiende y entonces se aburre y no le hará mal” (O filme
foi autorizado)
martes, 29 de xullo de 2014
domingo, 27 de xullo de 2014
"Juventude em marcha": o mellor filme dos próximos cincuenta anos
O 13 de agosto ás 14:00 no Auditorio FEVI o Festival de Locarno acollerá a estrea mundial de "Cavalo Dinheiro" de Pedro Costa. Recuperamos un post escrito en xullo de 2007 sobre "Juventude em marcha", a anterior longametraxe do cineasta protagonizada por Ventura.
O mellor filme dos próximos cincuenta anos
Poucas veces os enviados aos festivais de cine dos principais periódicos españois acadaron cotas de tan lamentábel e errada unanimidade como o ano pasado en Cannes coa súa valoración da película Juventude em marcha, do lisboeta Pedro Costa. Carlos Boyero escribiu na súa crónica de El Mundo que superaba "en cretinez" aos "variados engendros" que lles ofreceran antes, e cualificou de "espíritus inconfundiblemente masoquistas" ás persoas que optaron por ver até o final unha historia "construida con planos fijos que llegan a durar 15 minutos y en los que [o director] coloca a un hombre negro y a su farfulleante hija para que cuenten de forma inconexa y surrealista las cosas que les han ocurrido en la vida". O noutrora director do Festival de Cine de Donostia Diego Galán dixo en El País que era un "experimento viejo" e proseguiu a súa escalada cara ao delirio afirmando que Pedro Costa "niega el cine como lenguaje, colocando la cámara fija ante (malos) actores que hablan y hablan como si fuera teatro antiguo". Para Oti Rodríguez-Merchante, do ABC, na cinta hai un ou dous personaxes que "dicen un texto que no lo puede haber escrito nadie en su sano juicio", para advertir finalmente que"aunque parecía una broma de mal gusto, no lo era". Mentres a prensa española máis lida demostraba non xa unha certa incapacidade para apreciar o cine que se afasta das fórmulas máis convencionais, senón ademais -e iso é moitísimo peor- un brutal desprezo con alarmantes apuntamentos de intolerancia, para a crítica internacional máis exixente, da francesa Cahiers du Cinema á arxentina El amante, a película do director portugués atopábase entre o máis salientábel visto ese ano en Cannes.
O protagonista desta obra mestra de Pedro Costa é Ventura, un caboverdiano que nos anos setenta emigrou a Portugal na procura dun futuro mellor. A película reflicte de forma paralela o seu pasado, o dun obreiro calquera que convive cun compañeiro nun escangallado barracón; e o seu presente, o momento xusto da recolocación dos antigos moradores do barrio/favela de Fontaínhas nas vivendas de protección oficial de Casal da Boba, uns edificios brancos, novos e impersoais. Ventura reencóntrase con mozos e mozas que imaxina ou sospeita que poderían ser os seus fillos e aos que en calquera caso trata como tales, e da súa man contemplamos anacos das súas vidas, filmados sempre de maneira estática con asombrosa precisión no que atinxe á elección do cadro e a iluminación, cos personaxes literalmente recitando ou declamando os seus parlamentos dunha maneira case fantasmal mais tamén chea de verdade. A dupla deslocación de espazos (Fontaínhas/Casal da Boba) e tempos (pasado/presente) tece un continuum específico e imaxinario no que habita Ventura, un home de maneiras elegantes e porte estatuario que a cámara de Pedro Costa nos amosa intensamente fordiano.
Como Sunrise, Ordet, Pather Panchali e The searchers, Juventude em marcha é unha desas obras verdadeiramente capitais que moi de tarde en tarde aparecen no cine e o transforman para sempre. Máis alá do seu extremo rigor estético, o que fai grande a Pedro Costa é o seu radical humanismo, a súa capacidade para camiñar polas marxes menos favorecidas da sociedade conseguindo que a palabra dignidade permaneza tatuada no cerne mesmo de cada plano sen caer xamais na elitista sordidez daqueles que nunca se meterían no quarto, con Vanda. Películas maxistrais hai varias cada ano; Juventude em marcha é, ademais, un acto sublime de bondade.
Martin Pawley
O mellor filme dos próximos cincuenta anos
Poucas veces os enviados aos festivais de cine dos principais periódicos españois acadaron cotas de tan lamentábel e errada unanimidade como o ano pasado en Cannes coa súa valoración da película Juventude em marcha, do lisboeta Pedro Costa. Carlos Boyero escribiu na súa crónica de El Mundo que superaba "en cretinez" aos "variados engendros" que lles ofreceran antes, e cualificou de "espíritus inconfundiblemente masoquistas" ás persoas que optaron por ver até o final unha historia "construida con planos fijos que llegan a durar 15 minutos y en los que [o director] coloca a un hombre negro y a su farfulleante hija para que cuenten de forma inconexa y surrealista las cosas que les han ocurrido en la vida". O noutrora director do Festival de Cine de Donostia Diego Galán dixo en El País que era un "experimento viejo" e proseguiu a súa escalada cara ao delirio afirmando que Pedro Costa "niega el cine como lenguaje, colocando la cámara fija ante (malos) actores que hablan y hablan como si fuera teatro antiguo". Para Oti Rodríguez-Merchante, do ABC, na cinta hai un ou dous personaxes que "dicen un texto que no lo puede haber escrito nadie en su sano juicio", para advertir finalmente que"aunque parecía una broma de mal gusto, no lo era". Mentres a prensa española máis lida demostraba non xa unha certa incapacidade para apreciar o cine que se afasta das fórmulas máis convencionais, senón ademais -e iso é moitísimo peor- un brutal desprezo con alarmantes apuntamentos de intolerancia, para a crítica internacional máis exixente, da francesa Cahiers du Cinema á arxentina El amante, a película do director portugués atopábase entre o máis salientábel visto ese ano en Cannes.
O protagonista desta obra mestra de Pedro Costa é Ventura, un caboverdiano que nos anos setenta emigrou a Portugal na procura dun futuro mellor. A película reflicte de forma paralela o seu pasado, o dun obreiro calquera que convive cun compañeiro nun escangallado barracón; e o seu presente, o momento xusto da recolocación dos antigos moradores do barrio/favela de Fontaínhas nas vivendas de protección oficial de Casal da Boba, uns edificios brancos, novos e impersoais. Ventura reencóntrase con mozos e mozas que imaxina ou sospeita que poderían ser os seus fillos e aos que en calquera caso trata como tales, e da súa man contemplamos anacos das súas vidas, filmados sempre de maneira estática con asombrosa precisión no que atinxe á elección do cadro e a iluminación, cos personaxes literalmente recitando ou declamando os seus parlamentos dunha maneira case fantasmal mais tamén chea de verdade. A dupla deslocación de espazos (Fontaínhas/Casal da Boba) e tempos (pasado/presente) tece un continuum específico e imaxinario no que habita Ventura, un home de maneiras elegantes e porte estatuario que a cámara de Pedro Costa nos amosa intensamente fordiano.
Como Sunrise, Ordet, Pather Panchali e The searchers, Juventude em marcha é unha desas obras verdadeiramente capitais que moi de tarde en tarde aparecen no cine e o transforman para sempre. Máis alá do seu extremo rigor estético, o que fai grande a Pedro Costa é o seu radical humanismo, a súa capacidade para camiñar polas marxes menos favorecidas da sociedade conseguindo que a palabra dignidade permaneza tatuada no cerne mesmo de cada plano sen caer xamais na elitista sordidez daqueles que nunca se meterían no quarto, con Vanda. Películas maxistrais hai varias cada ano; Juventude em marcha é, ademais, un acto sublime de bondade.
Martin Pawley
venres, 25 de xullo de 2014
Centenario de Woody Strode: "Sergeant Rutledge"
No día en que se cumpren cen anos do nacemento de Woody Strode
(1914-1994) recupero un vello texto, actualizado, sobre o seu filme máis
emblemático.
Sergeant Rutledge
Warner Bros quería a Sidney Poitier ou Harry Belafonte coma protagonista de Sergeant Rutldege, mais o convencemento de John Ford de que era preciso un actor cun perfil máis duro permitiu que Woody Strode se fixera co papel. Foi a actuación da súa vida. Ford ensaiou meticulosamente cada unha das súas escenas, indicándolle en detalle como debía actuar. Foi un duro esforzo do que Woody Strode ficou moi satisfeito. "Era un clásico", dixo. "Tiña dignidade. John Ford puxo na miña boca palabras clásicas. Nunca viramos antes a un negro saíndo dunha montaña coma John Wayne. Fixen a mellor cabalgada polo río que nunca un home negro fixera na pantalla. E fíxeno todo por min mesmo. Fixen cruzar o río a toda a raza negra". Repetiu con el en papeis secundarios doutros filmes: Two rode together, The man who shot Liberty Valance, Seven women. O director calificouno coma un dos seus mellores amigos; para Woody Strode el era Papa Ford e a súa relación acabou tendo, en efecto, formas paterno-filiais. Entre as rodaxes de Donovan's reef e Cheyenne autumn o cineasta tivo un accidente durante unhas vacacións en París: levou un golpe nas costas ao caer por unhas escaleiras e ficou seriamente danado. Woody foino visitar e atopouno vello e doente. Ofreceuse a quedar alí con el literalmente ao pé da súa cama, no chan, disposto a axudalo as vinte e catro horas do día e a aliviar as súas dores dándolle masaxes no lombo. Era el o único capaz de negarlle o consumo de alcohol, o único capaz de afastalo da bebida, para daquela xa un problema severo e crónico para o lendario autor. Pasou así varios meses: lían libros xuntos e conversaban -nunca de cinema- até que o fillo de Ford, Pat, aconsellou poñer fin a esa estreita convivencia que estaba alimentando toda sorte de rumores en Hollywood. Woody Strode volvería a estar perto do seu amigo antes da súa morte en 1973. Cando chegou á súa casa estaba xa literalmente devorado por un cancro, “non pesaría máis de cincuenta libras, non lle quedaba pelo e o seu rostro era unha caveira”, conta o actor nas súas memorias (Goal Dust: The Warm Candid Memoirs of a Pioneer Black Athlete and Actor, 1990). Viuno tomar a súa derradeira copa de whisky e pasou con el seis horas termando da súa man até que entrou en coma. Coa axuda da irmá do director envolveu o corpo nunha bandeira americana e logo “servímonos un brandy, brindamos no seu honor e rompemos os vasos contra a cheminea”. Podería ser unha escena dun filme do mestre.
“Era o home máis duro co que nunca traballei. Mais dirixiume de tal xeito que non volvín a preocuparme por estar diante dunha cámara”. O Sarxento Negro fixo de Woody Strode unha lenda, un tótem cinematográfico. John Ford resalta a súa excelencia física, a fermosura do heroe, mais tamén a súa integridade e a súa exemplar bondade. Unha case sobrenatural combinación de fortaleza e capacidade de sacrificio que reproduciría de novo oito anos máis tarde noutra interpretación memorábel, a do líder Lalubi -inspirado en Patrice Lumumba- en Seduto alla sua destra, filme de Valerio Zurlini que creaba paralelismos entre a detención e asasinato do protagonista -Lumumba, en suma- e a paixón de Cristo, máis evidentes aínda no título internacional, Black Jesus. Ninguén mellor ca Woody Strode para facer dese "Xesús negro", ninguén mellor para facer de Braxton Rutledge, un home só, un escravo liberado que só pode atopar un fogar no exército. Unha vítima da intolerancia e dos prexuízos, dos que é perfectamente consciente e que o impulsan a fuxir duns crimes dos que non é responsábel mais dos que sería un culpábel oficial idóneo.
Quen si cre honestamente nel é o tenente Tom Cantrell (Jeffrey Hunter); nel e en toda a tropa do 9º de Cabaleiría, formada por soldados negros que constitúen unha comunidade diferenciada e autónoma, menos propensa a formalidades. Nun punto do filme o tenente Cantrell esíxelle furioso que lle conte a súa versión dos feitos apelando á amizade: basta iso para afirmar anos de confianza mutua entre os dous personaxes. Actúa igual a Mary Beecher que encarna Constance Towers, que dende o primeiro momento se pon do lado do sarxento Rutledge, o home que lle salvou a vida. O elemento sexual, como xa pasaba en The searchers, pasea ao fondo do filme. Os racistas estadounidenses do XIX fixeran do tabú sexual un argumento de propagación da súa noxenta mensaxe para acabar impoñendo as tristemente célebres leis de segregación, as leis de Jim Crow. O tópico, aínda vivo na altura da (ideoloxicamente repugnante) The birth of a nation de Griffith, representaba os negros non só coma parvos e nugalláns, senón, sobre todo, coma bestas lascivas desexosas de violar mozas virxinais. O Ku Klux Klan erixíase en garante da virtude e supremacía branca e puña freo á “contaminación da raza” a base de estender o linchamento coma salvaxe vía extraxudicial para resolver calquera conflito, tivese ou non base real (contouno moi ben o historiador George M. Fredrickson nun libro imprescindíbel, Racism: A Short History). Nese contexto é moi audaz a maneira na que Ford representa a relación, guiada polo respecto mutuo, entre Strode e Towers, incluído o plano no que el, ferido, quita a camisa en presenza da muller, que se sente en perigo e quere verse protexida polo soldado. A mesma Constance Towers actuará logo coma dilixente enfermeira e coidará os feridos da unidade de xeito maternal. Na América da época que representa o filme o sarxento Rutledge e quizais tamén a señora Beecher serían só por iso firmes candidatos a colgar do pau máis alto; mais, non o esquezamos, na América de 1960 en que foi rodado o filme moitas das feridas da segregación estaban aínda abertas: tardaría catro anos en promulgarse a Civil Rights Act que eliminou formalmente toda clase de discriminación.
Sergeant Rutledge é outra obra mestra dun xenio que compuña cada plano e os movementos internos dentro del cunha precisión insuperábel, que confiaba no poder expresivo dunha mirada ou do chiscar dun ollo, que sabía rebaixar o contido dramático dunha historia con apuntamentos de humor que lonxe de ser gratuítos serven para describir a contorna, ás veces absurda, dun xuízo que podería ser inxusto. Sergeant Rutledge é a emoción de escoitarmos a Constance Towers dicindo que aínda que non lembra apenas o rostro do seu pai non pode esquecer o tacto suave da súa man áspera nas súas meixelas, ou a de vermos a Woody Strode erguendo cara ao peito as mans esposadas mentres len a carta da súa manumisión, facendo explícita a cruel perda dunha liberdade que non tiña ao nacer. Sergeant Rutledge é, tamén, o filme que contén un dos intres máis fermosos e desarmantes de toda a obra fordiana, ese no que ao sarxento Skidmore (Juano Hernández) lle preguntan pola súa idade e explica que non sabe exactamente cal é. "Eu nacín escravo", responde, "e vin o primeiro barco a vapor que surcou o Mississipi. Ou polo menos a miña nai dixo que era o primeiro e colleume no colo para que o vira". E é que non pode haber boa épica se non leva incorporada boa lírica (e unha presada de melancolía).
Martin Pawley
Sergeant Rutledge
Warner Bros quería a Sidney Poitier ou Harry Belafonte coma protagonista de Sergeant Rutldege, mais o convencemento de John Ford de que era preciso un actor cun perfil máis duro permitiu que Woody Strode se fixera co papel. Foi a actuación da súa vida. Ford ensaiou meticulosamente cada unha das súas escenas, indicándolle en detalle como debía actuar. Foi un duro esforzo do que Woody Strode ficou moi satisfeito. "Era un clásico", dixo. "Tiña dignidade. John Ford puxo na miña boca palabras clásicas. Nunca viramos antes a un negro saíndo dunha montaña coma John Wayne. Fixen a mellor cabalgada polo río que nunca un home negro fixera na pantalla. E fíxeno todo por min mesmo. Fixen cruzar o río a toda a raza negra". Repetiu con el en papeis secundarios doutros filmes: Two rode together, The man who shot Liberty Valance, Seven women. O director calificouno coma un dos seus mellores amigos; para Woody Strode el era Papa Ford e a súa relación acabou tendo, en efecto, formas paterno-filiais. Entre as rodaxes de Donovan's reef e Cheyenne autumn o cineasta tivo un accidente durante unhas vacacións en París: levou un golpe nas costas ao caer por unhas escaleiras e ficou seriamente danado. Woody foino visitar e atopouno vello e doente. Ofreceuse a quedar alí con el literalmente ao pé da súa cama, no chan, disposto a axudalo as vinte e catro horas do día e a aliviar as súas dores dándolle masaxes no lombo. Era el o único capaz de negarlle o consumo de alcohol, o único capaz de afastalo da bebida, para daquela xa un problema severo e crónico para o lendario autor. Pasou así varios meses: lían libros xuntos e conversaban -nunca de cinema- até que o fillo de Ford, Pat, aconsellou poñer fin a esa estreita convivencia que estaba alimentando toda sorte de rumores en Hollywood. Woody Strode volvería a estar perto do seu amigo antes da súa morte en 1973. Cando chegou á súa casa estaba xa literalmente devorado por un cancro, “non pesaría máis de cincuenta libras, non lle quedaba pelo e o seu rostro era unha caveira”, conta o actor nas súas memorias (Goal Dust: The Warm Candid Memoirs of a Pioneer Black Athlete and Actor, 1990). Viuno tomar a súa derradeira copa de whisky e pasou con el seis horas termando da súa man até que entrou en coma. Coa axuda da irmá do director envolveu o corpo nunha bandeira americana e logo “servímonos un brandy, brindamos no seu honor e rompemos os vasos contra a cheminea”. Podería ser unha escena dun filme do mestre.
“Era o home máis duro co que nunca traballei. Mais dirixiume de tal xeito que non volvín a preocuparme por estar diante dunha cámara”. O Sarxento Negro fixo de Woody Strode unha lenda, un tótem cinematográfico. John Ford resalta a súa excelencia física, a fermosura do heroe, mais tamén a súa integridade e a súa exemplar bondade. Unha case sobrenatural combinación de fortaleza e capacidade de sacrificio que reproduciría de novo oito anos máis tarde noutra interpretación memorábel, a do líder Lalubi -inspirado en Patrice Lumumba- en Seduto alla sua destra, filme de Valerio Zurlini que creaba paralelismos entre a detención e asasinato do protagonista -Lumumba, en suma- e a paixón de Cristo, máis evidentes aínda no título internacional, Black Jesus. Ninguén mellor ca Woody Strode para facer dese "Xesús negro", ninguén mellor para facer de Braxton Rutledge, un home só, un escravo liberado que só pode atopar un fogar no exército. Unha vítima da intolerancia e dos prexuízos, dos que é perfectamente consciente e que o impulsan a fuxir duns crimes dos que non é responsábel mais dos que sería un culpábel oficial idóneo.
Quen si cre honestamente nel é o tenente Tom Cantrell (Jeffrey Hunter); nel e en toda a tropa do 9º de Cabaleiría, formada por soldados negros que constitúen unha comunidade diferenciada e autónoma, menos propensa a formalidades. Nun punto do filme o tenente Cantrell esíxelle furioso que lle conte a súa versión dos feitos apelando á amizade: basta iso para afirmar anos de confianza mutua entre os dous personaxes. Actúa igual a Mary Beecher que encarna Constance Towers, que dende o primeiro momento se pon do lado do sarxento Rutledge, o home que lle salvou a vida. O elemento sexual, como xa pasaba en The searchers, pasea ao fondo do filme. Os racistas estadounidenses do XIX fixeran do tabú sexual un argumento de propagación da súa noxenta mensaxe para acabar impoñendo as tristemente célebres leis de segregación, as leis de Jim Crow. O tópico, aínda vivo na altura da (ideoloxicamente repugnante) The birth of a nation de Griffith, representaba os negros non só coma parvos e nugalláns, senón, sobre todo, coma bestas lascivas desexosas de violar mozas virxinais. O Ku Klux Klan erixíase en garante da virtude e supremacía branca e puña freo á “contaminación da raza” a base de estender o linchamento coma salvaxe vía extraxudicial para resolver calquera conflito, tivese ou non base real (contouno moi ben o historiador George M. Fredrickson nun libro imprescindíbel, Racism: A Short History). Nese contexto é moi audaz a maneira na que Ford representa a relación, guiada polo respecto mutuo, entre Strode e Towers, incluído o plano no que el, ferido, quita a camisa en presenza da muller, que se sente en perigo e quere verse protexida polo soldado. A mesma Constance Towers actuará logo coma dilixente enfermeira e coidará os feridos da unidade de xeito maternal. Na América da época que representa o filme o sarxento Rutledge e quizais tamén a señora Beecher serían só por iso firmes candidatos a colgar do pau máis alto; mais, non o esquezamos, na América de 1960 en que foi rodado o filme moitas das feridas da segregación estaban aínda abertas: tardaría catro anos en promulgarse a Civil Rights Act que eliminou formalmente toda clase de discriminación.
Sergeant Rutledge é outra obra mestra dun xenio que compuña cada plano e os movementos internos dentro del cunha precisión insuperábel, que confiaba no poder expresivo dunha mirada ou do chiscar dun ollo, que sabía rebaixar o contido dramático dunha historia con apuntamentos de humor que lonxe de ser gratuítos serven para describir a contorna, ás veces absurda, dun xuízo que podería ser inxusto. Sergeant Rutledge é a emoción de escoitarmos a Constance Towers dicindo que aínda que non lembra apenas o rostro do seu pai non pode esquecer o tacto suave da súa man áspera nas súas meixelas, ou a de vermos a Woody Strode erguendo cara ao peito as mans esposadas mentres len a carta da súa manumisión, facendo explícita a cruel perda dunha liberdade que non tiña ao nacer. Sergeant Rutledge é, tamén, o filme que contén un dos intres máis fermosos e desarmantes de toda a obra fordiana, ese no que ao sarxento Skidmore (Juano Hernández) lle preguntan pola súa idade e explica que non sabe exactamente cal é. "Eu nacín escravo", responde, "e vin o primeiro barco a vapor que surcou o Mississipi. Ou polo menos a miña nai dixo que era o primeiro e colleume no colo para que o vira". E é que non pode haber boa épica se non leva incorporada boa lírica (e unha presada de melancolía).
Martin Pawley
xoves, 24 de xullo de 2014
El cine de Agustín
"El cine, esa fábrica de sueños, ayudaba a olvidar por unas horas una realidad dura y difícil, y hacía más fácil soportarla. A través de él hacíamos nuestras las tragedias, alegrías, dramas, pasiones, aventuras... que, mientras existían en la pantalla, eran más reales que la rutinaria vida cotidiana. Porque aquellos mundos hechos con imágenes y palabras ayudaban a vivir y hacían crecer el territorio sin límites de la imaginación".
Agustín Fernández Paz, O cine Villalbés [1]
En toda la literatura gallega de ayer y hoy no hay escritor que haya hecho tan explícito y fértil en su obra su amor por el cine como Agustín Fernández Paz. La frase no es una exageración, sino una obviedad, en parte debida al tradicional desinterés, cuando no franco desprecio, que la cultura gallega mostró siempre -e infelizmente sigue mostrando- por la creación fílmica, entendida en el mejor de los casos como mero fenómeno popular, casi un entretenimiento para ociosos. Es la generación de la posguerra la que encuentra en el cine una vía de escape ante el espanto cotidiano de la dictadura. Lo refleja bien la cita de Agustín que antecede estas líneas: la alegría del niño que hacía del Cine Villalbés su particular oasis, su lugar de desconexión con la realidad gris de un país condenado a la tristeza. Pero había algo más que escapismo. Más allá de ser una fábrica de sueños, el cine ofrecía una emoción propia, específica, inherente a su misma sustancia. La sala oscura, la pantalla grande, el gozo del relato compartido. Sostiene Miguel Marías que todos los buenos cinéfilos recuerdan cuál es la primera película que vieron. La primera de Agustín, lo ha comentado en muchas ocasiones, fue La isla del tesoro en versión de Byron Haskin. Quizá hubo otras antes, pero es esa la que dejó un recuerdo imborrable, vívido: el nacimiento de una pasión que se hizo evidente en el “brillo especial en los ojos” que su madre le detectó al llegar a casa.La infancia de Agustín va de Moby Dick a La túnica sagrada, de Centauros del desierto a El mundo del silencio. En casa estaba el “cine NIC”, un proyector de juguete a manivela que empleaba tiras de papel vegetal dibujadas para producir una sencilla ilusión de movimiento. No era asumible comprar nuevas películas, pero siempre quedaba la opción de hacerlas a mano a fuerza de imaginación y tinta china.
El nuevo mundo
Después vino la Laboral de Gijón, internado que ocupó su vida desde los 13 a los 20 años, tanto tiempo que sería capaz de recorrerla de punta a punta con los ojos cerrados. La sala de proyecciones del recinto dejó al joven Agustín impresionado: lo que se escuchaba a través de los altavoces en el San Francisco de Rossellini parecía literalmente “la voz de Dios”. En la Laboral descubre “otro cine”: el impacto de Ordet de Dreyer, en una copia subtitulada en francés que alguien traducía al castellano en directo, y, sobre todo, Ingmar Bergman (El séptimo sello, El manantial de la doncella, Fresas salvajes), que pasaría a ser uno de sus autores de referencia. En cuanto tuvieron edad suficiente como para estar autorizados a salir del internado, comenzaron las visitas a los cines de Gijón los fines de semana. Son los años 60 y en las salas causan furor obras maestras como Psicosis, El coleccionista o My fair lady, cuyas canciones aprendían en las clases de inglés del Padre Verastegui. Es fácil imaginar el shock que para un adolescente de aquella España supuso ver un film como el West Side Story de Robert Wise y Jerome Robbins, que al ritmo de la música de Leonard Bernstein bailaba, literalmente, en las calles de Nueva York. No es casualidad que West Side Story ocupe un lugar central en Amor dos quince anos, Marilyn, un cuento largo escrito en 1995 con el que Agustín quiso pagar una parte, aunque pequeña, de su deuda con el cine. Amor dos quince anos, Marilyn es pura cinefilia, sin matices. La que surge de miles y miles de horas pegado a una butaca con “los ojos ardiendo como faros”, como en el poema de Antonio Martínez Sarrión, El cine de los sábados. Entre tanta “cena desabrida y fría”, los “ríos de la memoria tan amargos” traen a primer plano un desfile ecléctico de estrellas (Anna Magnani, Christopher Lee, Gary Cooper, Stephane Audran, Liv Ullmann y muchas otras) comandado por la presencia imperial de Orson Welles, una reunión fabulosa que quiere rendir justo tributo a las salas que cierran.“Vuelvo la vista atrás y sé que sin la visión de películas como Las uvas de la ira, Pasión, Antonio das Mortes, Jules y Jim o Grupo Salvaje yo ahora sería una persona diferente”, cuenta en el prólogo del libro que contiene este relato. El cine nos ayuda a entender el mundo y por ello “nos hace”, nos hace ser como somos. No es sólo “lo que se cuenta”, sino “cómo se cuenta”, el aprendizaje de sus reglas, de la gramática del lenguaje fílmico. Más aún que las películas allí vistas, el gran descubrimiento de Agustín en la Laboral se escondía en la biblioteca del centro: la colección completa de la revista Film Ideal, gracias a la cual tuvo noticia de las grandes transformaciones que trajo consigo esa década prodigiosa, la de los “nuevos cines” que daban señales de vida aquí y allá. El cine se podía leer y se podía pensar. Las crónicas de festivales señalaban nombres emergentes a tener en cuenta, los estudios críticos arrojaban nueva luz sobre obras mal entendidas (o entendidas de forma insuficiente), las reseñas de películas generaban expectación hacia títulos que en muchas ocasiones tardaría décadas en ver. El conocimiento no diluye el amor, antes por el contrario, lo hace más sólido, más independiente de entusiasmos coyunturales. Agustín acabará llenando de notas su ejemplar de Praxis del cine de Noel Bürch e incluso se atreve a contradecir al gran teórico: “esto es una exageración o habría que matizarlo. Es obvio que un film no es tal hasta la fase de montaje, y no puede hablarse de película hasta que está montada”, apunta en una esquina.
La gran estafa
La necesidad de saber más chocaba, por desgracia, contra el muro despiadado de la censura. El escritor mira hacia atrás con ira para explorar hoy la frustración de haber crecido bajo un sistema corrupto que hizo del miedo la base de su poder, idea en la que se fundamenta Non hai noite tan longa [2]. La dictadura aplastó cuantas libertades pudo y cercenó el acceso a la cultura hasta extremos absurdos, paranoicos. El inquieto Agustín sabía de películas que “estaban ahí” pero a las que no podía tener acceso. Al verlas muchos años después de lo debido surge a veces la decepción por la distancia, insalvable, entre las expectativas de la película imaginada y la real; es el caso de If... de Lindsay Anderson. Con el fin de la tiranía -digamos mejor el fin de aquella tiranía- Agustín constató más razones para sentirse estafado. Al revisar en televisión o DVD muchas de las películas de su vida comprobó lo que ya sabía: que las versiones que había visto en salas estaban salvajemente mutiladas y/o manipuladas a través del doblaje. Las películas de verdad eran distintas.
Frente al rigor de la Laboral, la Barcelona de finales de los 60 fue para el autor un paraíso. La oferta cinematográfica parecía inabarcable: los estrenos, las reposiciones, los cineclubs, las salas de arte y ensayo que ofrecían películas en versión original... Cuando vuelve a Galicia con 24 años se instala en A Coruña para estudiar Magisterio. Es mayor que sus compañeros de carrera y por su formación como perito las materias científicas (matemáticas, física, dibujo técnico, en apariencia las más exigentes) le resultan muy asequibles. Sus recursos económicos son limitados pero sí dispone, por fin, de tiempo, y en abundancia, para satisfacer sus pasiones: el cine, la literatura. En el cineclub de la ciudad, conducido por Enrique Alonso Quintás [3], recupera a Orson Welles y descubre a los autores que vienen del este, con figuras como Miklós Jancsó. Como ingrediente añadido de las sesiones preparaban con esmero hojas informativas sobre los títulos proyectados, a veces con textos extraídos de otras publicaciones, en ocasiones escritos por ellos mismos a partir de sus propios recuerdos, no siempre muy firmes. Cuando hoy escribimos sobre cine raras veces lo hacemos sin regresar a las películas tratadas: usamos nuestras copias digitales para revisarlas plano a plano si es preciso. En esa época no tan lejana el imaginario fílmico se edificaba sobre la siempre frágil -y en ocasiones equivocada- memoria. En esas hojas del cineclub, aún por explorar, reposan los primeros escritos sobre cine de Agustín Fernández Paz.
Los 70 fueron aún años de efervescencia en lo que se refiere a la asistencia a las salas: en aquel momento el cine seguía siendo la principal opción de ocio popular. La generalización del vídeo doméstico primero y la proliferación de cadenas de televisión después supuso un golpe durísimo; la brutal caída de espectadores motivó el cierre masivo de salas. Desaparecen los cines en los pueblos, en los barrios; con el cambio de siglo la multisala será la norma, asociada cada vez más a grandes centros comerciales en la periferia urbana. Cambia la forma de relacionarse con el cine y eso induce necesariamente a la nostalgia. De ella bebe el más elocuente homenaje al cine de Agustín, Fantasmas de luz [4], anclado en otro periodo gris, el presente de la crisis que condena a millones de personas a la invisibilidad. El optimismo revolucionario de Agustín adopta como propias las palabras de Ma Joad (Jane Darwell) al final de Las uvas de la ira, adaptación magistral de John Ford de una novela igualmente magistral de John Steinbeck. “Nunca podrán acabar con nosotros, ni aplastarnos. Siempre saldremos adelante, porque nosotros somos el pueblo”. Nada más apropiado para culminar una obra repleta de citas cinematográficas, listadas al final del volumen para que cada lector pueda viajar por su cuenta por las filias fílmicas del escritor. En ese libro memorable Agustín se permite otro guiño cinéfilo: la inclusión de seis “tomas extra”, al estilo de lo que es común en las ediciones en DVD, que complementan personajes y episodios apuntados en el cuerpo de la novela.
Hay más cine en la literatura de Agustín. El de Wong Kar-wai, en especial Deseando amar y 2046, citada de forma expresa en O único que queda é o amor, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. El de Ousmane Sembene, padre del cine africano, el maestro detrás de Mandabi y Moolaadé, a quien le dedica Lúa do Senegal. El cine que va repasando, con contagiosa alegría, en su blog, con algunas elecciones obvias, otras no tanto [5]. Un cine vivo, que no se conjuga únicamente en pasado sino que sigue en marcha para proporcionarnos año tras año maravillas capaces de cambiarnos la vida, como The tree of life de Terence Malick [6]. Y los ojos, digámoslo una vez más, ardiendo felices como faros.
Martin Pawley. Artigo escrito para o número 108 (marzo de 2014) da Revista Peonza.
Notas
[1] Traducción de un fragmento del original escrito para el programa de las “Festas de San Ramón” de Vilalba. Recogido en el volumen antológico O rastro que deixamos, editado por Isabel Soto (Edicións Xerais, 2012)
[2] Edicións Xerais, 2011. Crítica de Martin Pawley, aquí.
[3] Citado en Amor dos quince anos, Marilyn y en los agradecimientos de Fantasmas de luz.
[4] Edicións Xerais y Editorial Anaya, 2011. Crítica de Xurxo González, aquí.
[5] Hasta la fecha: Grupo salvaje de Sam Peckimpah, 1969; Las uvas de la ira de John Ford, 1940; El festín de Babette de Gabriel Axel, 1987; Ordet de Carl T. Dreyer, 1955; Vanya en la Calle 42 de Louis Malle, 1994; Moolaadé de Ousmane Sembene, 2004; La sal de la Tierra de Herbert J. Biberman, 1954; La caja de música de Costa-Gavras, 1989; Psicosis de Alfred Hitchcock, 1960; y Fahrenheit 451 de François Truffaut, 1966.
[6] Correspondencia sobre THE TREE OF LIFE entre Agustín Fernández Paz, Xabier P. Docampo, Manuel Bragado y Martin Pawley.
mércores, 23 de xullo de 2014
As axudas de talento
Coa “popularización” da etiqueta do Novo Cinema Galego case todo o mundo se remite ás tan cacarexadas “axudas de talento”, unha liña de axudas da que partiron os filmes e os cineastas que sacudiron a historia recente do cinema galego. Mais pouca xente sabe da súa orixe, quen foron os seus artífices, como evolucionaron e en que estado se atopan na actualidade.
Para fixar o comezo hai que remontarse á chegada ao goberno do bipartito, alá polo 2005. Malia a división de competencias no eido da produción, e da man da Axencia Audiovisual Galega, rompeuse a inercia da defensa do “modelo gallego” de coprodución da época Fraga ao abrir máis liñas de axudas, subir as contías, amosar claridade do proceso e arroupar todo con proxectos complementarios. O artífice foi Manolo González, que pretendeu que xermolara unha nova póla dentro da árbore monolítica e anacrónica do sector audiovisual galego. Para iso deseñou unhas axudas ás que puideran acceder persoas físicas sen necesidade de estar apoiadas por unha produtora. Dentro do texto da convocatoria había tres paradigmas estéticos polos que se guiar: códigos narrativos, unha rodaxe creativa e unha mirada potenciada do director. Todo isto foi un duro golpe a concepción tradicional do cinema en Galicia mais aínda quedaba moito por percorrer.
Desde un principio fíxose gala desta intención aperturista facendo sub-liñas de apoio a mulleres, a menores de 18 anos e a producións que tratasen o tema da memoria. Estes desexos correctores chocaron de fronte coas inercias conservadoras da administración que non estaba preparadas para que se “saltaran o guión”. Nas convocatorias de 2006, 2007 e 2008 houbo unha loita sen cuartel para intentar cadrar este novo espírito. Durante este período os creadores aínda tiñan que xustificar as axudas con facturas como se foran unha empresa, o cal carrexou moito desgustos e choros. A Lei de Subvencións de Galicia non estaba preparada para esta variable. Foi entón que se considerou cambiar a procedencia da partida económica destas axudas: que pasase do capítulo 7 destinado a subvencións ao capítulo 4 de onde procedían os gastos xerais. Ou sexa: reducindo o gasto en folios e en clips púidose sacar unha liña de axudas chamada a cubrir de gloria a cultura galega contemporánea.
Mais estes logros xa non os recollería o bipartito. As preseas pasaban directamente á solapa do goberno do PP. Todos vós sodes capitáns de Oliver Laxe chega a Cannes en 2010 e despois unha chea de filmes galegos encamiñan longos percorridos por distintos festivais internacionais. Un agasallo inesperado que non souberon dirixir. Desde 2010 as axudas de talento esmorecen progresivamente. As contías destinadas descenden de xeito alarmante pasando dos 400 mil euros en 2009 aos 65 mil en 2013. Os recortes en cultura espallaron o terror mais a tesoira cebouse en exceso nas axudas de talento, que chegaron incluso a non ser convocadas en 2012.
Ese ano organizouse un colectivo en defensa das axudas de talento para evitar a súa desaparición. Unha acción semellante á realizada en 2011 na que se fixo unha recollida de sinaturas para conter o efecto destrutivo do goberno do PP. Con estes dous enroques quíxose dar a coñecer os beneficios deste tipo de axudas. O colectivo deu a coñecer unha serie de demandas para que a administración as tivese en conta e mellorar a convocatoria e o seu encaixe no sector. A defensa de 2012 fracasou coa promesa de que o ano seguinte ían saír, como así foi, unha convocatoria testemuñal destinada a curtametraxes.
As axudas de talento foron o froito máis destacado dunha política audiovisual que emprega a imaxe en movemento como ferramenta que aporta cohesión ao territorio e a identidade dun país. Estas achegas económicas foron unha excelente política de I+D+I para o sector cinematográfico xa que gracias a elas retornaron moitos dos directores que estudaban fóra de Galicia. Crearon un abondoso magma creativo que mesmo impulsou a produción fóra das axudas. O apoio institucional favoreceu que moitos cineastas e filmes tiveran unha relevancia internacional. Mais os nomes coñecidos simplemente eran o pico do iceberg, outros filmes e directores que non tiveron ese eco internacional tamén foron partícipes desta efervescencia creativa.
O estraño é que a pesar de ser unha fórmula testada cun éxito incuestionable a administración que a creou nin a apoia nin a defende, ou que outras institucións de maior calado non a copien e a trasladen aos seus territorios. Resulta moi complicado atopar políticas audiovisuais efectivas mais as axudas de talento postas en marcha pola Xunta de Galicia son a constatación de que poden ser unha ferramenta excelente para atallar o futuro da disciplina.
Xurxo González
Para fixar o comezo hai que remontarse á chegada ao goberno do bipartito, alá polo 2005. Malia a división de competencias no eido da produción, e da man da Axencia Audiovisual Galega, rompeuse a inercia da defensa do “modelo gallego” de coprodución da época Fraga ao abrir máis liñas de axudas, subir as contías, amosar claridade do proceso e arroupar todo con proxectos complementarios. O artífice foi Manolo González, que pretendeu que xermolara unha nova póla dentro da árbore monolítica e anacrónica do sector audiovisual galego. Para iso deseñou unhas axudas ás que puideran acceder persoas físicas sen necesidade de estar apoiadas por unha produtora. Dentro do texto da convocatoria había tres paradigmas estéticos polos que se guiar: códigos narrativos, unha rodaxe creativa e unha mirada potenciada do director. Todo isto foi un duro golpe a concepción tradicional do cinema en Galicia mais aínda quedaba moito por percorrer.
Desde un principio fíxose gala desta intención aperturista facendo sub-liñas de apoio a mulleres, a menores de 18 anos e a producións que tratasen o tema da memoria. Estes desexos correctores chocaron de fronte coas inercias conservadoras da administración que non estaba preparadas para que se “saltaran o guión”. Nas convocatorias de 2006, 2007 e 2008 houbo unha loita sen cuartel para intentar cadrar este novo espírito. Durante este período os creadores aínda tiñan que xustificar as axudas con facturas como se foran unha empresa, o cal carrexou moito desgustos e choros. A Lei de Subvencións de Galicia non estaba preparada para esta variable. Foi entón que se considerou cambiar a procedencia da partida económica destas axudas: que pasase do capítulo 7 destinado a subvencións ao capítulo 4 de onde procedían os gastos xerais. Ou sexa: reducindo o gasto en folios e en clips púidose sacar unha liña de axudas chamada a cubrir de gloria a cultura galega contemporánea.
Mais estes logros xa non os recollería o bipartito. As preseas pasaban directamente á solapa do goberno do PP. Todos vós sodes capitáns de Oliver Laxe chega a Cannes en 2010 e despois unha chea de filmes galegos encamiñan longos percorridos por distintos festivais internacionais. Un agasallo inesperado que non souberon dirixir. Desde 2010 as axudas de talento esmorecen progresivamente. As contías destinadas descenden de xeito alarmante pasando dos 400 mil euros en 2009 aos 65 mil en 2013. Os recortes en cultura espallaron o terror mais a tesoira cebouse en exceso nas axudas de talento, que chegaron incluso a non ser convocadas en 2012.
Ese ano organizouse un colectivo en defensa das axudas de talento para evitar a súa desaparición. Unha acción semellante á realizada en 2011 na que se fixo unha recollida de sinaturas para conter o efecto destrutivo do goberno do PP. Con estes dous enroques quíxose dar a coñecer os beneficios deste tipo de axudas. O colectivo deu a coñecer unha serie de demandas para que a administración as tivese en conta e mellorar a convocatoria e o seu encaixe no sector. A defensa de 2012 fracasou coa promesa de que o ano seguinte ían saír, como así foi, unha convocatoria testemuñal destinada a curtametraxes.
As axudas de talento foron o froito máis destacado dunha política audiovisual que emprega a imaxe en movemento como ferramenta que aporta cohesión ao territorio e a identidade dun país. Estas achegas económicas foron unha excelente política de I+D+I para o sector cinematográfico xa que gracias a elas retornaron moitos dos directores que estudaban fóra de Galicia. Crearon un abondoso magma creativo que mesmo impulsou a produción fóra das axudas. O apoio institucional favoreceu que moitos cineastas e filmes tiveran unha relevancia internacional. Mais os nomes coñecidos simplemente eran o pico do iceberg, outros filmes e directores que non tiveron ese eco internacional tamén foron partícipes desta efervescencia creativa.
O estraño é que a pesar de ser unha fórmula testada cun éxito incuestionable a administración que a creou nin a apoia nin a defende, ou que outras institucións de maior calado non a copien e a trasladen aos seus territorios. Resulta moi complicado atopar políticas audiovisuais efectivas mais as axudas de talento postas en marcha pola Xunta de Galicia son a constatación de que poden ser unha ferramenta excelente para atallar o futuro da disciplina.
Xurxo González
martes, 22 de xullo de 2014
A non-política audiovisual galega
Unha política pódese definir tanto polo que fai como polo que non fai. Manolo González sinalaba recentemente que na actualidade non existe ningunha política audiovisual e que o que existe é simplemente ignorancia. Por un lado concordo coa ignorancia supina do actual goberno na materia máis difiro na cuestión da non existencia de política audiovisual. Esta orfandade coincide co período máis glorioso do cinema galego polo que esa ausencia altamente significativa ergue o “non-saber” á categoría de política.
Coa intención de non caer nun xuízo apresurado lin a valoración da Consellaría de Cultura na Memoria de Cultura do 2013 onde se pretende facer un mal chamado “balance” do que deu de si a acción gobernamental nos distintos eidos da cultura galega. No que atinxe ao audiovisual agrúpase en catro campos: liñas de axudas que esmorecen con contías minguantes, unha internacionalización baseada en sufragar o paseo de produtores por mercados, a pedagoxía limitada a proxecto Audiovisual nas Aulas e o papel do CGAI intentando sobrevivir á inanición.
Todas estas actividades están condicionadas pola tan cacarexada baixada de recursos orzamentarios. Unha escusa que se emprega para xustificar a pouca efectividade da actual política audiovisual galega que exclúe algún grao de autocrítica de que o que hai se gasta mal. Esta folla de ruta esluída materialízase nas presións que exercen tanto AGAPI coma o Clúster, únicos interlocutores válidos para a administración. Unha óptica condicionada que propicia unha alarmante fractura no audiovisual galego derivada da irrupción das novas concepcións cinematográficas que o único que procuran é unha pura adaptación darwinista á inestabilidade do contexto actual.
Ante este panorama cumpriría facer unha política que olle o futuro. Todo o mundo sabe da redución do apoio económico á produción audiovisual mais poderíanse facer moreas de cousas para aliviar a carestía que se presupón para os vindeiros anos. Mais que nunca vese a necesidade de trazar unhas novas regras do xogo. Para iso habería que comezar por facer unha nova Lei do Audiovisual de Galicia, a que que hai é de 1999 e está totalmente desfasada. Tamén habería que engadir unha emenda a Lei de Subvencións de Galicia do 2007 onde mellorar o trato ás empresas das industrias culturais. O arranxo destas dúas ferramentas unicamente require de recursos humanos e de vontade política.
O organismo que tería que levar estas dilixencias é o AGADIC, unha torre de marfil situada no Gaiás distante dos problemas do sector que todo o que fai é para saír airoso das obrigas que fixan os seus vaporosos estatutos. Os seus responsábeis demostran un alto descoñecemento dos “tixolos” do sector e son incapaces de poñer en práctica proxectos complementarios que establezan sinerxias.
E non fai falta imaxinar moito. Así, urxe encadrar o deseño das subvencións dentro das máximas que marca a UE para o período 2014-2018. Teríase que intentar non deixar morrer a fórmula das “axudas de talento” que tanto deu á cultura galega contemporánea por tan pouco. Os filmes ben valorados son a mellor ferramenta para a internacionalización do audiovisual galego polo que habería que apoiar os directores no seus periplos internacionais. Teñen que saber colgarse as preseas dos logros conseguidos e sacar peito do realizado. Colaborar en focos ou ciclos de cinema galego que poidan chegar a festivais e organismos tanto de dentro como de fóra de Galiza. Actualizar a formación académica mentres se produce a tan necesaria organización do mapa das titulacións universitarias de Galicia. Apoiar a rede de cineclubs e intentar unha maior difusión nas vilas pequenas e medianas. Fomentar a presenza coherente do cinema galego na TVG (e para iso hai que trocar os responsábeis que negocian o apoio a produtos). Pór en marchar o tan anunciado circuíto cinematográfico de exhibición. Incentivar os festivais de cinema galego para que sexan un punto de encontro entre a creación galega e a do resto do mundo. Coordinar os proxectos de valoración e conservación do arquivo.
Isto só é unha mostra do que se podería facer sen necesidade de grandes partidas económicas. É dicir, unha política audiovisual áxil e flexíbel capaz de capear as esixencias dun sector cultural en constante mutación. E para que isto ocorra precísanse responsábeis que non estean parapetados no eco das arcas da Xunta senón xente con sensibilidade e empatía capaz de provocar ilusión e esperanza a un sector especialmente maltratado pola crise.
Xurxo González
Coa intención de non caer nun xuízo apresurado lin a valoración da Consellaría de Cultura na Memoria de Cultura do 2013 onde se pretende facer un mal chamado “balance” do que deu de si a acción gobernamental nos distintos eidos da cultura galega. No que atinxe ao audiovisual agrúpase en catro campos: liñas de axudas que esmorecen con contías minguantes, unha internacionalización baseada en sufragar o paseo de produtores por mercados, a pedagoxía limitada a proxecto Audiovisual nas Aulas e o papel do CGAI intentando sobrevivir á inanición.
Todas estas actividades están condicionadas pola tan cacarexada baixada de recursos orzamentarios. Unha escusa que se emprega para xustificar a pouca efectividade da actual política audiovisual galega que exclúe algún grao de autocrítica de que o que hai se gasta mal. Esta folla de ruta esluída materialízase nas presións que exercen tanto AGAPI coma o Clúster, únicos interlocutores válidos para a administración. Unha óptica condicionada que propicia unha alarmante fractura no audiovisual galego derivada da irrupción das novas concepcións cinematográficas que o único que procuran é unha pura adaptación darwinista á inestabilidade do contexto actual.
Ante este panorama cumpriría facer unha política que olle o futuro. Todo o mundo sabe da redución do apoio económico á produción audiovisual mais poderíanse facer moreas de cousas para aliviar a carestía que se presupón para os vindeiros anos. Mais que nunca vese a necesidade de trazar unhas novas regras do xogo. Para iso habería que comezar por facer unha nova Lei do Audiovisual de Galicia, a que que hai é de 1999 e está totalmente desfasada. Tamén habería que engadir unha emenda a Lei de Subvencións de Galicia do 2007 onde mellorar o trato ás empresas das industrias culturais. O arranxo destas dúas ferramentas unicamente require de recursos humanos e de vontade política.
O organismo que tería que levar estas dilixencias é o AGADIC, unha torre de marfil situada no Gaiás distante dos problemas do sector que todo o que fai é para saír airoso das obrigas que fixan os seus vaporosos estatutos. Os seus responsábeis demostran un alto descoñecemento dos “tixolos” do sector e son incapaces de poñer en práctica proxectos complementarios que establezan sinerxias.
E non fai falta imaxinar moito. Así, urxe encadrar o deseño das subvencións dentro das máximas que marca a UE para o período 2014-2018. Teríase que intentar non deixar morrer a fórmula das “axudas de talento” que tanto deu á cultura galega contemporánea por tan pouco. Os filmes ben valorados son a mellor ferramenta para a internacionalización do audiovisual galego polo que habería que apoiar os directores no seus periplos internacionais. Teñen que saber colgarse as preseas dos logros conseguidos e sacar peito do realizado. Colaborar en focos ou ciclos de cinema galego que poidan chegar a festivais e organismos tanto de dentro como de fóra de Galiza. Actualizar a formación académica mentres se produce a tan necesaria organización do mapa das titulacións universitarias de Galicia. Apoiar a rede de cineclubs e intentar unha maior difusión nas vilas pequenas e medianas. Fomentar a presenza coherente do cinema galego na TVG (e para iso hai que trocar os responsábeis que negocian o apoio a produtos). Pór en marchar o tan anunciado circuíto cinematográfico de exhibición. Incentivar os festivais de cinema galego para que sexan un punto de encontro entre a creación galega e a do resto do mundo. Coordinar os proxectos de valoración e conservación do arquivo.
Isto só é unha mostra do que se podería facer sen necesidade de grandes partidas económicas. É dicir, unha política audiovisual áxil e flexíbel capaz de capear as esixencias dun sector cultural en constante mutación. E para que isto ocorra precísanse responsábeis que non estean parapetados no eco das arcas da Xunta senón xente con sensibilidade e empatía capaz de provocar ilusión e esperanza a un sector especialmente maltratado pola crise.
Xurxo González
luns, 30 de xuño de 2014
O Consorcio non tivo quen lle escribise
Dous anos despois da desaparición do Consorcio Audiovisual de Galicia, recuperamos un vello artigo de Xurxo González sobre o nacemento e a caída deste organismo.
O Consorcio non tivo quen lle escribise
O 29 de xuño de 2012 produciuse o pasamento do Consorcio Audiovisual de Galicia, organismo da Xunta de Galicia dedicado á promoción do audiovisual galego. Unha desaparición que, tristemente, pasou totalmente inadvertida. Ningún medio de comunicación se fixo eco deste pasamento xa que, aparte de deferencias cara a administración que lexisla o ámbito, sería como recoñecer a propia derrota de todos os axentes que participan no negocio da comunicación. Un final sen pena nin gloria que amosa ben ás claras o grao de inanición que ultimamente caracterizaba o organismo e, en consecuencia, de todo un tecido industrial que intenta desesperadamente sobrevivir non só ante unha crise económica abismal senón ante as incertas vicisitudes que caracterizan o actual contexto.
A orixe do Consorcio estivo nas demandas do sector na década dos 90 cando se intentou lexislar e normalizar un sector que daquela parecía que non ía ter teito. Eran os tempos onde se intentaba expandir promovendo o “modelo gallego” que consistía en atraer producións foráneas aos escenarios de Galicia. Foi así como o sector comezou a encherse de expectativas e lle endosaron o adxectivo de “estratéxico” que contemplaba, sen dúbidas e con enorme esperanza, un teórico futuro prometedor. Neste panorama as produtoras audiovisuais, sobre todo a través da bulideira AGAPI, traballaron para amosar ás formacións políticas a necesidade de redactar e aprobar no parlamento o que finalmente sería a Lei do Audiovisual de Galicia (1999).
No seu Artigo 9º falábase da “potenciación das accións institucionais” e nomeábase o Consorcio Audiovisual de Galicia coma o organismo encargado de facelo. Os puntos seguintes debullaban por enriba as bases deste organismo: as súas accións tiñan que estar orientadas ao desenvolvemento do sector, se lle dotaría de personalidade xurídica, tería un carácter inter-administrativo, poderían participar entidades privadas, o seu orzamento correría por parte das entidades que o constituían e promovería a creación dunha Film Comission.
A pesar destas premisas iniciais o Consorcio nunca foi quen de aglutinar toda a política audiovisual dos distintos gobernos. Estaba chamado a ser o organismo “único e exclusivo” do audiovisual galego mais ao longo da súa vida (12 anos) nunca chegou a selo. Ningún dos seus directores (Alfonso Cabaleiro, Ignacio Varela e Anxo Quintanilla) foi quen de sacalo dun segundo plano, detrás do organismo que xestionaba as axudas á produción: nun principio foi a dupla Dirección Xeral de Comunicación Social e Audiovisual-CGAI, despois foi a Axencia Audiovisual Galega e, finalmente, o AGADIC.
Así, nesta posición subsidiaria, as súas accións sempre foron ao ronsel das políticas de axudas á produción. Unha situación que se aproveitou durante o bipartito para escenificar a descoordinación de goberno entre nacionalistas e socialistas. O Consorcio intentou centrarse en labores de promoción e formación, destacando as súas “misións comerciais” a mercados, apoio a festivais, formación de profesionais e educación audiovisual nas aulas. Malia esta especificidade, durante o bipartito os socios de goberno pisábanse nas súas competencias e o Consorcio chegou a fomentar á produción cos seus proxectos do Fondo Raíces e Sempre Cinema.
Este rol marcadamente secundario provocou que minguase a súa credibilidade nos seus cometidos, e isto fíxose notorio cando comezaron a desmarcarse as partes “consorciadas”. Tras o desmarque da Consellaría de Cultura e Deporte no bipartito comezou unha deserción paulatina dos seus socios. Ao recorte dos seus ingresos sumouse a xestión deficitaria, os problemas co persoal laboral, a pouca constancia dos seus logros, a súa escasa transversalidade e, sobre todo, a pouca versatilidade ás novas necesidades do medio.
Durante a última etapa do Consorcio fíxose máis evidente un cambio no modelo de produción audiovisual. Ao saírse da baralla a Televisión de Galicia xa non había comodín posible e desapareceu a rede que aseguraba o sector. Curiosamente o ente autonómico relaciónase co Consorcio na Lei do Audiovisual de Galicia xunto a organismos de necesaria actualización (Centro Galego de Artes da Imaxe), outros que non se sabe ben para que existen (Consello Asesor de Telecomunicacións e do Audiovisual de Galicia) ou que nunca se chegaron a crear (Rexistro Administrativo de Empresas Cinematográficas e Audiovisuais, a Comisión do Cine ou a Comisión do Usuario). Probablemente aquí está o grande erro da política audiovisual de Galicia ao longo dos distintos gobernos: non intentar mudar a lexislación dun sector altamente tecnificado que cambiou de maneira frenética ante as novas maneiras de produción e de consumo. O audiovisual de 2012 non ten nada que ver co de 1999.
Ante esta vida e obra do Consorcio Audiovisual de Galicia non é de estrañar que ninguén chorase pola súa desaparición, polo menos publicamente. De seguro que o amplo equipo de traballadores que ficaron sen emprego será quen máis o sinta. Porén, quen se alegrará será o sector, xa que deste modo tan paradoxal, por fin, cumpríase unha vella e devecida arela: a “ventanilla única”.
Xurxo González
O Consorcio non tivo quen lle escribise
O 29 de xuño de 2012 produciuse o pasamento do Consorcio Audiovisual de Galicia, organismo da Xunta de Galicia dedicado á promoción do audiovisual galego. Unha desaparición que, tristemente, pasou totalmente inadvertida. Ningún medio de comunicación se fixo eco deste pasamento xa que, aparte de deferencias cara a administración que lexisla o ámbito, sería como recoñecer a propia derrota de todos os axentes que participan no negocio da comunicación. Un final sen pena nin gloria que amosa ben ás claras o grao de inanición que ultimamente caracterizaba o organismo e, en consecuencia, de todo un tecido industrial que intenta desesperadamente sobrevivir non só ante unha crise económica abismal senón ante as incertas vicisitudes que caracterizan o actual contexto.
A orixe do Consorcio estivo nas demandas do sector na década dos 90 cando se intentou lexislar e normalizar un sector que daquela parecía que non ía ter teito. Eran os tempos onde se intentaba expandir promovendo o “modelo gallego” que consistía en atraer producións foráneas aos escenarios de Galicia. Foi así como o sector comezou a encherse de expectativas e lle endosaron o adxectivo de “estratéxico” que contemplaba, sen dúbidas e con enorme esperanza, un teórico futuro prometedor. Neste panorama as produtoras audiovisuais, sobre todo a través da bulideira AGAPI, traballaron para amosar ás formacións políticas a necesidade de redactar e aprobar no parlamento o que finalmente sería a Lei do Audiovisual de Galicia (1999).
No seu Artigo 9º falábase da “potenciación das accións institucionais” e nomeábase o Consorcio Audiovisual de Galicia coma o organismo encargado de facelo. Os puntos seguintes debullaban por enriba as bases deste organismo: as súas accións tiñan que estar orientadas ao desenvolvemento do sector, se lle dotaría de personalidade xurídica, tería un carácter inter-administrativo, poderían participar entidades privadas, o seu orzamento correría por parte das entidades que o constituían e promovería a creación dunha Film Comission.
A pesar destas premisas iniciais o Consorcio nunca foi quen de aglutinar toda a política audiovisual dos distintos gobernos. Estaba chamado a ser o organismo “único e exclusivo” do audiovisual galego mais ao longo da súa vida (12 anos) nunca chegou a selo. Ningún dos seus directores (Alfonso Cabaleiro, Ignacio Varela e Anxo Quintanilla) foi quen de sacalo dun segundo plano, detrás do organismo que xestionaba as axudas á produción: nun principio foi a dupla Dirección Xeral de Comunicación Social e Audiovisual-CGAI, despois foi a Axencia Audiovisual Galega e, finalmente, o AGADIC.
Así, nesta posición subsidiaria, as súas accións sempre foron ao ronsel das políticas de axudas á produción. Unha situación que se aproveitou durante o bipartito para escenificar a descoordinación de goberno entre nacionalistas e socialistas. O Consorcio intentou centrarse en labores de promoción e formación, destacando as súas “misións comerciais” a mercados, apoio a festivais, formación de profesionais e educación audiovisual nas aulas. Malia esta especificidade, durante o bipartito os socios de goberno pisábanse nas súas competencias e o Consorcio chegou a fomentar á produción cos seus proxectos do Fondo Raíces e Sempre Cinema.
Este rol marcadamente secundario provocou que minguase a súa credibilidade nos seus cometidos, e isto fíxose notorio cando comezaron a desmarcarse as partes “consorciadas”. Tras o desmarque da Consellaría de Cultura e Deporte no bipartito comezou unha deserción paulatina dos seus socios. Ao recorte dos seus ingresos sumouse a xestión deficitaria, os problemas co persoal laboral, a pouca constancia dos seus logros, a súa escasa transversalidade e, sobre todo, a pouca versatilidade ás novas necesidades do medio.
Durante a última etapa do Consorcio fíxose máis evidente un cambio no modelo de produción audiovisual. Ao saírse da baralla a Televisión de Galicia xa non había comodín posible e desapareceu a rede que aseguraba o sector. Curiosamente o ente autonómico relaciónase co Consorcio na Lei do Audiovisual de Galicia xunto a organismos de necesaria actualización (Centro Galego de Artes da Imaxe), outros que non se sabe ben para que existen (Consello Asesor de Telecomunicacións e do Audiovisual de Galicia) ou que nunca se chegaron a crear (Rexistro Administrativo de Empresas Cinematográficas e Audiovisuais, a Comisión do Cine ou a Comisión do Usuario). Probablemente aquí está o grande erro da política audiovisual de Galicia ao longo dos distintos gobernos: non intentar mudar a lexislación dun sector altamente tecnificado que cambiou de maneira frenética ante as novas maneiras de produción e de consumo. O audiovisual de 2012 non ten nada que ver co de 1999.
Ante esta vida e obra do Consorcio Audiovisual de Galicia non é de estrañar que ninguén chorase pola súa desaparición, polo menos publicamente. De seguro que o amplo equipo de traballadores que ficaron sen emprego será quen máis o sinta. Porén, quen se alegrará será o sector, xa que deste modo tan paradoxal, por fin, cumpríase unha vella e devecida arela: a “ventanilla única”.
Xurxo González
sábado, 14 de xuño de 2014
Proxecto NIMBOS: As cousas (Esferobite, 2014)
Curtametraxe de Belén Montero e Juan Lesta (Esferobite) para o Proxecto NIMBOS, serie de filmes inspirados nos poemas do libro Nimbos de Xosé María Díaz Castro, autor homenaxeado no Día das Letras Galegas 2014.
Coma brasas
Poeta ou non, eu cantaréi as cousas
que na soleira de min mesmo agardan.
Alumaréi con fachas de palabras,
ancho herdo meu, o mundo que me deron.
Ehí están, coma brasas contra a noite,
as vellas cousas, cheas de destinos.
Ollos que piden, de famentos nenos.
Ollos que esperan, dunha adolescente.
Galiza en min, meu Deus, pan que me deron
leite e centéo e sono e lus de aurora!
Longa rúa da mar, fogar da terra,
i esta crus que nos mide de alto a baixo.
Con este alento, eu lles daréi ás cousas
o drama cheo que lles nega a vida:
dareilles rostos, pra que se conozan,
palabras lles daréi pra que se entendan...
Nimbos, Xosé María Díaz Castro.
Poema reproducido da edición bilingüe publicada en 1982 por Editora Nacional, con supervisión e tradución ao castelán do autor.
venres, 6 de xuño de 2014
A curta Alvorada vermelha, censurada na China
A Agência da Curta Metragem vem expressar publicamente a sua indignação ao ver a curta-metragem portuguesa Alvorada Vermelha, de João Pedro Rodrigues e João Rui Guerra da Mata, censurada pelas autoridades chinesas na exposição ONDE É A CHINA?, apresentada em Pequim. Para que não ficasse qualquer vestígio das obras, os catálogos do evento foram confiscados.
A Agência é solidária com os realizadores e lamenta a inércia diplomática verificada no evento, que contou com a presença do Presidente da República Portuguesa na sua inauguração e com o seu patrocínio oficial.
Alvorada Vermelha é um documentário poético e visualmente emocionante, principalmente observacional, que captura a realidade dos rituais de preparação dos animais para consumo do famoso Mercado Vermelho em Macau, no início da manhã.
Fonte: sitio web da Agência. Máis información: Duas obras de artistas portugueses censuradas na China durante visita oficial de Cavaco Silva (Público) + Controversy as Portuguese short Red Dawn banned in China (Cineuropa).
venres, 23 de maio de 2014
Esta sede de beleza (IV)
Apuntamentos sobre a vida e a obra de Xosé María Díaz Castro. Cuarta entrega.
“Estes non son poemas, nin cimentos / de poemas siquera”, advirte no Pórtico. “Son fragmentos de min mesmo”, di: únese experiencia e escritura e, como nas Follas de herba de Walt Whitman, quen toca este libro, toca un home. Mais son fragmentos “perdidos, coma ventos fuxidos, por antigos camiños esquencidos”, textos que naceron “como quen xoga” afastados de modas e costumes efémeros e maduraron co andar do tempo para acadar unha transcendencia que se diría allea á humildade do autor. O libro dunha vida enteira.
O título define ben as intencións. O “nimbo” é a aureola dos santos, a coroa de luz que rodea as súas cabezas nas representacións relixiosas. O poema, para Díaz Castro, debe ser xusto iso, “un nimbo de luz que envolva as cousas nun resplandor poético para facelas brillar na escuridade”. Escribir poesía é aprender a mirar e escoitar, a recoñecer a beleza e facela asomar, poñela diante dos nosos ollos, viva e clara; dotala de gloria. Suliñar a grandeza do mundo e alumalo “con fachas de palabras”. Lus, sombras, lume, cinza... a oposición luz-escuridade preséntase nas primeiras páxinas coa forza dunhas brasas contra a noite. Relacionado, por suposto, coa súa fonda fe. Axiña aparecen referencias relixiosas, mesmo explícitas: Vigilate et orate -dixo / Xesús, na Noite do Olivar. Hai esperanza na vida eterna e a Morte é “unha mau moi donda” que mata unha lus e acende outra. O sentimento apaixonado e místico deriva nunha “sede infinita de pureza ausoluta”, unha “sede de xustiza que nos queima”, e, canda elas, “unha sede de beleza”. A beleza é a vida, tímida e pequena coma a herbiña que medra “entre a foia e a ruína”, entre as sepulturas, entre a morte. No tránsito da Noite á Lus, do poema O verme e a estrela ao chamado Esmeralda, perdura o símbolo da “herba pequerrechiña”: non se pode amar o mundo sen amar todo o que o conforma. Nada sobra nel e a grandeza do universo vén da suma das súas cousas máis pequenas. Nada sobra, nin sequera as tebras, en sentido real e figurado, e así “a noite é necesaria” para podermos descubrir nela as estrelas: sobre o medo e o mal érguese a luz.
Nimbos está atravesado pola natureza. O poeta lembra con saudade os camiños andados e as árbores con niños, canta o baile das xesteiras, aplaude o son dos muíños. Poucos anos antes de morrer un dos pais do cinema, David Wark Griffith, autor de Intolerancia e Lirios rotos, lamentábase de que os filmes na era do sonoro perderan “a beleza do vento que se move entre as árbores”. O cinema, que é imaxe e tempo, podería resumirse moi ben nesa frase: é a arte de capturar a beleza do vento. Así o entenderon algúns dos máis grandes creadores de todos os tempos, do Murnau de City Girl ao Terrence Malick de The tree of life, non digamos xa John Ford ou Jean-Marie Straub. No ámbito das letras, Díaz Castro segue ao pé o mandato de Griffith para facernos escoitar o murmurio do vento entre as follas das árbores e a música da auga ao correr. E cando a súa poesía se detén nun fío luminoso que entra polo oco do lousado ou no aire “que beixa todo e non se apousa en nada”, emparenta inconscientemente coa espiritualidade e lirismo dos filmes de Stan Brakhage e Nathaniel Dorsky.
Semellante altura creativa non pasa inadvertida e axiña recolle os parabéns dos cerebros atentos. Otero Pedrayo, Álvaro Cunqueiro, Vicente Risco, Ánxel Fole, Álvarez Blázquez, Ramón Lugrís... saúdan Nimbos coma un clásico instantáneo, mais o libro dista moito de converterse en popular. As tendencias literarias van por outro camiño, como explica Ricardo Carballo Calero na introdución á edición bilingüe de 1982:
A voz nova de Díaz Castro non pretendía erixirse en ferramenta de combate e iso “la aleja mucho de la canción panfletaria que sonaba entonces reiterativamente, en un ambiente refractario a toda introspección individual” [1]. Mais en modo algún podería considerarse unha mostra culturalista de escapismo, literatura allea á amarga realidade da Galicia. Bastaría para negar esa acusación un só poema, Penélope, retrato intemporal dun país en eterno vai e vén. O gran poema social da literatura galega, mais sen “vociferación, ni truculencia, ni vulgar retórica”.
Notas:
[1] Ricardo Carballo Calero, introdución á edición bilingüe de Nimbos.
“Estes non son poemas, nin cimentos / de poemas siquera”, advirte no Pórtico. “Son fragmentos de min mesmo”, di: únese experiencia e escritura e, como nas Follas de herba de Walt Whitman, quen toca este libro, toca un home. Mais son fragmentos “perdidos, coma ventos fuxidos, por antigos camiños esquencidos”, textos que naceron “como quen xoga” afastados de modas e costumes efémeros e maduraron co andar do tempo para acadar unha transcendencia que se diría allea á humildade do autor. O libro dunha vida enteira.
O título define ben as intencións. O “nimbo” é a aureola dos santos, a coroa de luz que rodea as súas cabezas nas representacións relixiosas. O poema, para Díaz Castro, debe ser xusto iso, “un nimbo de luz que envolva as cousas nun resplandor poético para facelas brillar na escuridade”. Escribir poesía é aprender a mirar e escoitar, a recoñecer a beleza e facela asomar, poñela diante dos nosos ollos, viva e clara; dotala de gloria. Suliñar a grandeza do mundo e alumalo “con fachas de palabras”. Lus, sombras, lume, cinza... a oposición luz-escuridade preséntase nas primeiras páxinas coa forza dunhas brasas contra a noite. Relacionado, por suposto, coa súa fonda fe. Axiña aparecen referencias relixiosas, mesmo explícitas: Vigilate et orate -dixo / Xesús, na Noite do Olivar. Hai esperanza na vida eterna e a Morte é “unha mau moi donda” que mata unha lus e acende outra. O sentimento apaixonado e místico deriva nunha “sede infinita de pureza ausoluta”, unha “sede de xustiza que nos queima”, e, canda elas, “unha sede de beleza”. A beleza é a vida, tímida e pequena coma a herbiña que medra “entre a foia e a ruína”, entre as sepulturas, entre a morte. No tránsito da Noite á Lus, do poema O verme e a estrela ao chamado Esmeralda, perdura o símbolo da “herba pequerrechiña”: non se pode amar o mundo sen amar todo o que o conforma. Nada sobra nel e a grandeza do universo vén da suma das súas cousas máis pequenas. Nada sobra, nin sequera as tebras, en sentido real e figurado, e así “a noite é necesaria” para podermos descubrir nela as estrelas: sobre o medo e o mal érguese a luz.
Nimbos está atravesado pola natureza. O poeta lembra con saudade os camiños andados e as árbores con niños, canta o baile das xesteiras, aplaude o son dos muíños. Poucos anos antes de morrer un dos pais do cinema, David Wark Griffith, autor de Intolerancia e Lirios rotos, lamentábase de que os filmes na era do sonoro perderan “a beleza do vento que se move entre as árbores”. O cinema, que é imaxe e tempo, podería resumirse moi ben nesa frase: é a arte de capturar a beleza do vento. Así o entenderon algúns dos máis grandes creadores de todos os tempos, do Murnau de City Girl ao Terrence Malick de The tree of life, non digamos xa John Ford ou Jean-Marie Straub. No ámbito das letras, Díaz Castro segue ao pé o mandato de Griffith para facernos escoitar o murmurio do vento entre as follas das árbores e a música da auga ao correr. E cando a súa poesía se detén nun fío luminoso que entra polo oco do lousado ou no aire “que beixa todo e non se apousa en nada”, emparenta inconscientemente coa espiritualidade e lirismo dos filmes de Stan Brakhage e Nathaniel Dorsky.
Semellante altura creativa non pasa inadvertida e axiña recolle os parabéns dos cerebros atentos. Otero Pedrayo, Álvaro Cunqueiro, Vicente Risco, Ánxel Fole, Álvarez Blázquez, Ramón Lugrís... saúdan Nimbos coma un clásico instantáneo, mais o libro dista moito de converterse en popular. As tendencias literarias van por outro camiño, como explica Ricardo Carballo Calero na introdución á edición bilingüe de 1982:
“Iniciado el período de descomposición del Régimen, asistimos al fenómeno de la politización de la poesía“. Es la llamada “poesía social”, denominación algo eufemística que envuelve todo el conjunto de textos contestatarios en verso más o menos libre, escritos para colaborar en la lucha por el derrocamiento de la situación reinante.
Este género literario está enteramente dominado por ese propósito, y por ello no pretende en el fondo -salvo excepciones- alcanzar cotas de elevación artística notable, limitándose a procurar, con los procedimientos de composición más elementales, mover el ánimo del lector para la lucha contra el orden establecido.
Pero si el rango estético de esta poesía no es generalmente apreciable, su éxito y difusión entre los jóvenes escritores fue grande. La poesía pasó a ser una herramienta de transformación política y, apoyada por los partidos que trabajaban contra el régimen, hizo impopular e invariable cualquier otra forma de lírica. Enmudecieron o se malograron, de este modo, las voces que no se unieron al coro de protesta general.”
A voz nova de Díaz Castro non pretendía erixirse en ferramenta de combate e iso “la aleja mucho de la canción panfletaria que sonaba entonces reiterativamente, en un ambiente refractario a toda introspección individual” [1]. Mais en modo algún podería considerarse unha mostra culturalista de escapismo, literatura allea á amarga realidade da Galicia. Bastaría para negar esa acusación un só poema, Penélope, retrato intemporal dun país en eterno vai e vén. O gran poema social da literatura galega, mais sen “vociferación, ni truculencia, ni vulgar retórica”.
Notas:
[1] Ricardo Carballo Calero, introdución á edición bilingüe de Nimbos.
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