por Alberto Ruiz de Samaniego
Ritornello. Hay algo percutiente, repetitivo, giróvago en el cine de Béla Tarr. Es un efecto que a menudo abraza sus tramas, con una circularidad asfixiante y neurótica, y que se enfatiza, por ejemplo, en el tratamiento de audio, con esos ruidos que se reiteran - agua de grifo goteando, silbidos de las máquinas, golpeteos en la oscuridad, susurros de los elementos-; pero también con la música, como de alucinada verbena o pasacalles de ultramundo, ya sean notas mínimas, repetitivas, en un acordeón sonambúlico que siempre retorna, o ya en las creaciones del músico Mihály Vig. Esos ruidos percutientes baten en la conciencia desdichada de los protagonistas como un martillo abriendo grietas en un muro ya de por sí resquebrajado.
Ritual. La cámara, efectivamente, se mueve. Y los actores, en el interior de ese curso obsesivo que el objetivo traza, se petrifican o congelan casi como estatuas de sal, como en un continuo, contenido acto ritual. El cine de Béla Tarr tiene algo del Mizoguchi de los 47 samuráis, de ese formalismo exacerbado, donde el tiempo languidece y los cuerpos se vuelven pesadas piedras silenciosas, como enormes planetas negros y cansados, melancólicos: constelación como de Saturno. Cargados con una densidad que les supera, criaturas parásitas en un elemento o medio que (ya) no es el suyo, los personajes, cuando hablan, lo poco que hablan, lo hacen como sibilas, en medio de su desvarío y oscuridad. En la escritura del cineasta húngaro es muy importante también el uso y sentido de la elipsis, para unificar uno tras otro los diversos bloques de duración en que todo film de Tarr consiste; igual que el artificio sumo donde un blanco y negro muy contrastado contiende con las nieblas y los resoplidos del polvo y los rincones. Realismo trascendido, pues, en su raíz más terrena, en su entraña: hasta el onirismo o la visión. Metafísica entonces de – y desde- la materia extenuada, cuando lo agotado es, como en El caballo de Turín, el mundo todo.
Béla Tarr o la materialidad de las cosas, incluso de la luz. Y especialmente de los pequeños objetos, los más humildes enseres domésticos: cajas, puertas o arcones de madera, mesas y sillas, jarras de vidrio, pieles de patata, manteles y cuchillos, objetos de cocina…De las tareas más humildes y cotidianas: el roce de los zapatos sobre el suelo, las costumbres de aseo, todo tipo de protocolos sociales habituales elaborados con la mayor austeridad y simpleza. Las secuencias tienden a culminar, por ello, a menudo, en la figura del bodegón. Pues nada es más importante al cabo que las actividades meramente corporales, fisiológicas, del gesto atado a la tierra, la gravedad y la carne. La metafísica se hermana entonces con la infra-física, y la repetición o el formalismo extremo devienen, en definitiva, el entrenamiento consuetudinario de lo espiritual.
Apogeo del plano secuencia. En su seguimiento del andar, o simplemente del estar, la cámara que acompaña la caminata o la presencia del actor se vuelve pasoliniana. Elogio y práctica intensificada, morosa de la cámara-entre, la cámara como intervalo que circula con y entre los seres y las cosas: culminación del cine de poesía, del estilo indirecto libre según PPP. Cada plano secuencia supone la construcción y el seguimiento de un bloque de vida puro, un continuum que respeta la naturaleza de la duración en tanto que flujo donde las cosas, los hombres y los afectos se mezclan y gravitan al modo de un campo magnético problemático y fatal. Cada plano secuencia dibuja un microcosmos, formaliza o condensa un trozo de espacio-tiempo donde se concentra toda la presión cósmica. Donde se sostiene o circula la vida en medio y antes de su – segura- desintegración. Es este apogeo del plano secuencia y sus virtuales variaciones y matices, o saltos de detalle y visión dentro del plano, lo que hace que el cine de Tarr evite el montaje explícito, como actividad separada y posterior al acto de la filmación, a favor de una suerte de montaje interno realizado en el momento mismo del registro.
Tableau vivant. Hay también algo de tableau vivant en la forma de concebir las escenas. Una minuciosa coreografía estática: tiempo y personajes (o espacio) se mueven como un lento e impasible, imponderable ballet. Una danza verdaderamente demoníaca, ronda o rondó como del diablo. Pero lo importante es el lugar. Mucho más que un espacio cualquiera. El lugar preciso en que moverse, desde el que moverse y existir. Por donde circulan los afectos y los engaños, las rencillas o las cóleras, los falsos profetas y los (des)amores. Es el propio director quien ha destacado la importancia – y la dificultad- de encontrar ese lugar, sin el cual la película no puede siquiera pensarse.
Animal. El animal, como en cierto modo el idiota, vive totalmente en su mismidad. En su radical absorción, no precisa alteridad alguna; vive seguro en su propio encantamiento hecho sólo de luz y materialidad. Presencia que ocupa en totalidad un cuerpo y lo vuelve soberano, libre, sin dependencia, como un orgulloso perro sin dueño en medio de la lluvia. Por eso, propicia un ideal que es, en cierto modo, también, el de la muerte: comprensión o encarnación viva de la muerte: la experiencia de una personalidad ausente pero en el extraño modo de una presencia ineluctable, bestial, precisamente.
El animal en Béla Tarr, el caballo de Turín ejemplarmente, tiene la mirada que notara Baudelaire: “la mirada fija y extática de un animal delante de lo nuevo”. Sólo que ahora lo nuevo es el vacío, la nada: el fin. Es entonces cuando los animales, capaces de notar signos que nosotros no sentimos, vagan y habitan solos en el fango y bajo la lluvia. Porque el animal está por encima del hombre, o más allá del universo degradado de lo humano, al margen de sus flujos de ignominia y condenación, de su esclavitud y desgracia. Porque los hombres (se) traicionan.
Por todo ello, lo que El caballo de Turín nos narra es, simplemente, un proceso o una desgracia insuperable, impeorable o, en palabras del director: que “la vida termina si ya no quedan caballos”.
Caballos. Alguna vez Clarice Lispector habló (Descubrimientos) de “la integridad espiritual” de los caballos. Porque un caballo no “reparte lo que ve”. No tiene una “visión verbal o mental” de las cosas. No siente la necesidad de completar la impresión con la expresión. Dice Lispector: “caballo en el que existe el milagro de que la impresión sea total, tan real, que en la impresión ya es la expresión”. A esa inmanencia absoluta y plena parece que aspiran los personajes de Tarr, su gesto mínimo y reiterado, su significativa mudez. Nunca la alcanzarán, sin embargo, esa gracia del animal, semejante en su falta de conciencia a la de la marioneta de Kleist.
Y patatas: “Canta el gallo / la tierra sus negras plumas abiertas / araña la piedra / y pone sus huevos / no las levantéis demasiado pronto / alumbran / a través de su piel luna/ a los muertos / durante las nieves / amontonadas en las bodegas / gravemente prestan / cuerpo a la sopa/ cuando faltan / no tiene carne el arado / y los hombres mueren de hambre / como el gran oso en la noche invernal “ (John Berger, “Patatas”, en Páginas de la herida).
Los filmes de Béla Tarr son como nanas fúnebres, funestas. La música y la cámara llevan acunando al espectador, fascinado como bajo la mirada medusea o el canto de las sirenas, hacia el interior de la desesperación. El final de todo, sin embargo, es suave y lánguido como un velo de sombra. Como el inmenso y definitivo fundido en negro que clausura el mundo, y con él la imagen de El caballo de Turín. Remate postrero del rumor apocalíptico que se despliega con y como la lluvia, el viento, la bruma o la niebla. Pues, como se dice en La condena: hay un orden del mundo y nadie puede hacer nada para alterarlo. Y es que, en las tramas de Tarr, el universo no tiene objetivo: le basta con ser. Está infinitamente por encima de los hombres.
Por tanto, no hay verdad. Siquiera sea ésta inalcanzable. O bien: no hay trascendencia en el universo de Béla Tarr. Todo es allí materia, cuerpo, en el que representamos la presencia de un espíritu caído, enjaulado, tal vez corrupto. Pero no hay salvación porque no hay modelo. Tan sólo podemos expresar su ausencia, precisamente, a través de esa materia visible y sensible en su mostrenca y molesta actualidad agotada, destruida.
Lo destruido. A veces, tan pocas, no obstante, parece que Tarr dejase abierta la posibilidad – frágil- de la salvación, precisamente desde la perspectiva del hombre destruido. Una lectura ciertamente paradójica y cercana a la que hace, por ejemplo, Maurice Blanchot, cuando comenta la indestructibilidad del hombre mismo, justamente por su capacidad infinita de ser destruido: “el hombre es lo indestructible, y esto significa que la destrucción del hombre no tiene límites”. Que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido debe ser leído al modo de San Pablo, el modo apocalíptico que glosó Walter Benjamin y que aprovechó Kafka: hay salvación, pero no es para nostros. La salvación sólo es posible porque, como pensaban los gnósticos, el hombre es superior a su destino en tanto que es capaz de percibirse a sí mismo como caído. He aquí también la razón de la apatía común a los personajes de Tarr, su pasividad y su cumplimiento existencial en la forma de un destino totalmente cerrado, implacable, que es observado por una visión atenta y paralizada, del todo improductiva, absorbida como está por una atención que dota al desastre de una extrema sabiduría, agudeza y sensibilidad. Como dice Korin, en Ha llegado Isaías, el relato de Laszlo Krasznahorkai que sirve de base a El caballo de Turín: “no cabe la esperanza (…), porque hasta la desesperanza era ya parte del mal”.
La espera. El protagonista y su caballo en el último filme de Tarr recuerdan, en medio de las tormentas y los golpes impíos, terriblemente indiferentes del viento, a la figura del angelus novus de Benjamin. Tienen un aire, efectivamente, apocalíptico. Criaturas fronterizas y víctimas de la profecía mesiánica de un fin o de un juicio final que acumula, incontinente, todos los fragmentos del mundo en rotación, convertidos ahora en polvo, viento y hojas secas. El tiempo del film, como el de todos los relatos de Tarr, es el de la espera. Tiempo en que todas las cosas del mundo son desveladas y, al tiempo, devueltas a su estado latente, esencial. Casi todas las acciones de Tarr- tanto las concretas: beber, bailar o comer o caminar, como las más abstractas: ensoñar, observar, mentir- formalizan este tiempo o modalidad de la espera. Algo, no se sabe sin embargo qué, va, quizás, a suceder. Está por llegar, como lo demuestra el aire cristalizado de la escena, la transparencia milagrosa y fatídica de la calma seca antes del huracán. O, como se dice en Satántangó: “La noticia es que están llegando”. Las mujeres, de espaldas a la cámara y en la cocina, la muchacha por ejemplo en la cabaña del fin del mundo, contemplan, solas, anhelantes, el vacío antes de todo suceder, en el círculo movedizo de su espera, encerradas en ella. Cuando la atención es la ausencia de todo centro. La atención como vacío. Ella es la claridad del vacío mismo. En espera y girada, extrema atención impersonal, hacia lo inesperado, lo que no podría dejarse esperar: el blanco del mundo que se sucede absurdamente sin posibilidad de redención, hasta el negro de la oscuridad (del) final.
Así pues, el personaje arquetípico de Tarr es aquél que mira y espera. Mirada fijada, ante la ventana, sobre el afuera, tal como Kafka lo dibujara, justamente. Como el hombre solitario de la torre de vigilancia del puerto (en El hombre de Londres) o como Karr, en La condena, señala de sí mismo: “Yo no me acerco a nada, son las cosas las que se acercan a mí”. Es lo exterior del mundo (o como mundo), pues, lo que rodea a los hombres y los acucia, los coloniza o los penetra, los rodea y persigue, amenaza o ausculta como la propia cámara de Tarr. En este sentido, El caballo de Turín es, justamente, el último round de este combate, y por lógica, también, la última filmación: aquélla en la que finalmente lo que adviene es la nada, la oscuridad y la sequedad definitiva. Y luego: la expulsión final, el retorno al negro del principio.
Contramundo. El caballo de Turín es un contra-Génesis, una retroversión del principio de la vida. Asistimos a la culminación - literal, para nada metafórica - del nihilismo anunciado por Nietzsche. Antes precisamente de su locura, evidenciada ya dramáticamente cuando, en los primeros días del año 1889, el pensador se arroja en una plaza de Turín a los pies de un caballo, para proteger al animal del maltrato a que lo somete su dueño. Asistimos, por tanto, a los últimos seis días de la humanidad, condensados en la existencia triste y agónica de ese preciso animal y su amo. Como inocentes o ingenuas señales, nuncios y testigos: mártires primeros, quizás, de la definitiva instalación de la desgracia o el mal sobre el mundo. Familia en cierto modo adánica y, a la vez, póstuma (trinidad de padre e hija y animal santo resistiendo en el final de todo edén, de hecho en su punto más alejado y hosco). Reducidos a una vida de extrema supervivencia, como paupérrimos comedores de patatas de Van Gogh que van a ver limitado todo su campo de acción hasta la esterilidad y la impotencia extrema y oscura que traga e impide toda posibilidad de vida. La vida toda, al fin. Hasta el fin.
Alberto Ruiz de Samaniego.
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mércores, 22 de maio de 2013
sábado, 25 de abril de 2009
Paisaxes tranquilas e campos de exterminio
Cando o exército ruso liberou Auschwitz o mundo soubo dun dos maiores masacres cometidos polo home contra o home
Unha multitude avanza pola rúa. Escoitamos o son rítmico e incesante dos seus pasos, as súas pisadas contra o chan, firmes e furiosas, un eco na noite inquietante. Tardaremos aínda uns minutos en saber cara a onde se dirixen. O plano sitúanos na porta dun hospital; entramos nel paseniño, adiantados por homes que chegan con présa armados con paus. Detrás deles vén todo o grupo, unha masa de asaltantes disposta a arrasar con todo. A cámara xira á dereita e adéntrase nun cuarto para nos amosar un espectáculo dantesco, xente a bater nos enfermos, a zoupar neles sen piedade; logo sae e avanza lentamente polo corredor, pudorosa, como se quixera manterse á marxe do espanto de ver un espazo de salvación convertido no escenario dunha traxedia. Mais non é posíbel manterse á marxe. Xa vimos demasiado, xa somos partícipes dun sufrimento que non podemos considerar alleo, que debemos facer noso porque somos humanos, igual que as vítimas, igual tamén que os verdugos. Dous dos asaltantes camiñan polo hospital e achéganse a outra estancia; arrancan con forza unhas cortinas e inmediatamente fican paralizados. Unha música fermosa e morriñenta de Mihaly Vig comeza a soar nese intre e lentamente váisenos desvelando a imaxe que tivo o poder de frear a violencia. É un vello espido, de pé nunha bañeira. Un ancián esmirrado, un corpo famélico e feble, pouco máis que pel pegada aos ósos. A masa detense en bloque e marcha amoucada do hospital. Non fai falla dar ordes, todo o mundo sabe xa que “iso” non o poden facer. Un corpo estragado interpelounos directamente sen necesidade de palabras e fixo evidente a inxustiza cometida.
A secuencia forma parte do filme As harmonías Werckmeister, dirixido por Béla Tarr a partir dun guión escrito por el mesmo en colaboración con László Krasznahorkai, autor da novela na que se basea, Melancolía da resistencia (editada en español por Acantilado). Penso que nesa soa secuencia está contido todo o século XX, un século durante o cal a capacidade humana para a violencia e a destrución acadou insospeitadas cotas de brutalidade e eficacia técnica. Diluída a individualidade dentro dunha masa informe, a compaixón morre esmagada por unha demostración bastarda de poder, mais abrolla de súpeto coa visión dun vellote famélico que nos recorda necesariamente aos detidos nos campos de concentración. É a imaxe do sufrimento extremo, unha icona de dor que fai que se nos acendan todas as alarmas e acabemos por cuestionarnos, coma no título de Primo Levi, se de verdade aquilo será un home.
Cando o exército ruso liberou Auschwitz o mundo soubo dun dos maiores masacres cometidos polo home contra o home. Vimos as fotografías das foxas comúns, das pilas de cadáveres, dos corpos espidos, rapados e tatuados con números; lemos e escoitamos as escalofriantes testemuñas dos supervivintes, que relataron o horror e a humillación permanente que marcaban a vida cotiá dentro dos campos de exterminio, uns lugares onde con abraiante eficiencia e disciplina eran eliminados a diario centos e centos de individuos, executados coa mesma indolente e inmisericorde rutina coa que nos desfacemos das cousas que nos sobran. Dez anos despois do fin da guerra o director Alain Resnais dirixiu un documental definitivo, Nuit et brouillard. Prototipo de filme-ensaio, Noite e néboa abre e en certo sentido esgota todas as posibilidades de tratamento cinematográfico do holocausto: non é posíbel engadir nada ao que deixou dito Resnais. Calquera paisaxe tranquila, avisa, pode ser transformada nun campo de exterminio. O pavillón onde anos despois morrerán amoreados milleiros de seres humanos constrúese igual que se constrúe un hotel ou unha fábrica. Fan falla cartos, ten que haber un arquitecto que faga os planos, albaneis e peóns que levanten os muros e as torres vixía, esas nas que se apostarán militares que de cando en cando se entreterán en disparar sobre os presos famentos. “Unha cullerada menos de sopa é un día menos de vida”, recorda a voz en off, “e moitos están demasiado débiles para defender a súa ración”. Agardan pola morte en calquera sitio, convencidos de que morrer é un mal menor cando non hai nin consolo nin esperanza. Entre os presos agroma tamén a solidariedade; hai intentos de organización e autoxestión, mesmo política, para compartiren o que non teñen e coidaren os uns dos outros. Mais ao final “cada preso parécese ao seguinte”: son “corpos de idade indeterminada que morren cos ollos moi abertos”, coma no filme de Béla Tarr. Carne humana que acabará convertida en xabrón, un símbolo malsán que aínda hoxe nos atormenta.
O xenocidio nazi é un referente universal de atrocidade, un paradigma do mal que induce en nós unha resposta reflexa. Como referente poderoso que é debera ter servido de vacina contra o horror, mais non foi así, evidentemente. Non aprendemos a lección; antes polo contrario, aprendemos a matar máis xente con máis rápidez. Coas bombas atómicas demostramos ser capaces de destruír vilas enteiras en poucos segundos deturpando un coñecemento científico desenvolvido con fins nobres. Ensaiamos procedementos de tortura aínda máis refinados que acadaron cotas universais de infamia nas ditaduras latinoamericanas dos anos 60 e 70, co apoio intelectual da CIA; Brasil primeiro, e logo Chile ou Arxentina. Hai quince anos miramos para outro lado mentres en Ruanda o estado impulsaba o asasinato machete en man dun millón de persoas en tres meses, unha media dificilmente superábel que requiriu un nivel de organización tan portentoso como maligno. O século XX é o do saqueo do Congo a cargo da coroa e o exército belga, que cobraba en función do número de mans mutiladas; é o século de Franco, Musolini e Stalin, o dos xemeres vermellos, o da guerra en Iugoslavia que nos proporcionou instantáneas terribelmente evocadoras, o de Darfur, o de infinidade de conflitos esquecidos, de masacres asumidas como inevitábeis que responden ao nome de SIDA, malaria, fame. Mais os referentes seguen a doernos, e por iso no colmo do cinismo xogamos coas palabras para que non pareza que digan o que realmente din. Xa non hai campos de concentración, hai “centros de detención” e se existen é polo noso ben. Pola nosa liberdade, ou por calquera desas grandes palabras que adoitan empregarse coma desculpa.
Non podemos vivir de costas ao mal. Precisamos imaxes que nos axuden a loitar contra a desmemoria, contra a repetición cíclica do odio, contra os fabricantes de sufrimento. Imaxes e palabras que se instalen na nosa conciencia e fiquen aí latentes para recordarnos que é a vontade humana a que transforma unha paisaxe tranquila nun espazo de terror.
Martin Pawley. Publicado no suplemento Nós de Xornal de Galicia o sábado 25 de abril de 2009. Artigo relacionado: A herdanza da Shoah
Unha multitude avanza pola rúa. Escoitamos o son rítmico e incesante dos seus pasos, as súas pisadas contra o chan, firmes e furiosas, un eco na noite inquietante. Tardaremos aínda uns minutos en saber cara a onde se dirixen. O plano sitúanos na porta dun hospital; entramos nel paseniño, adiantados por homes que chegan con présa armados con paus. Detrás deles vén todo o grupo, unha masa de asaltantes disposta a arrasar con todo. A cámara xira á dereita e adéntrase nun cuarto para nos amosar un espectáculo dantesco, xente a bater nos enfermos, a zoupar neles sen piedade; logo sae e avanza lentamente polo corredor, pudorosa, como se quixera manterse á marxe do espanto de ver un espazo de salvación convertido no escenario dunha traxedia. Mais non é posíbel manterse á marxe. Xa vimos demasiado, xa somos partícipes dun sufrimento que non podemos considerar alleo, que debemos facer noso porque somos humanos, igual que as vítimas, igual tamén que os verdugos. Dous dos asaltantes camiñan polo hospital e achéganse a outra estancia; arrancan con forza unhas cortinas e inmediatamente fican paralizados. Unha música fermosa e morriñenta de Mihaly Vig comeza a soar nese intre e lentamente váisenos desvelando a imaxe que tivo o poder de frear a violencia. É un vello espido, de pé nunha bañeira. Un ancián esmirrado, un corpo famélico e feble, pouco máis que pel pegada aos ósos. A masa detense en bloque e marcha amoucada do hospital. Non fai falla dar ordes, todo o mundo sabe xa que “iso” non o poden facer. Un corpo estragado interpelounos directamente sen necesidade de palabras e fixo evidente a inxustiza cometida.
A secuencia forma parte do filme As harmonías Werckmeister, dirixido por Béla Tarr a partir dun guión escrito por el mesmo en colaboración con László Krasznahorkai, autor da novela na que se basea, Melancolía da resistencia (editada en español por Acantilado). Penso que nesa soa secuencia está contido todo o século XX, un século durante o cal a capacidade humana para a violencia e a destrución acadou insospeitadas cotas de brutalidade e eficacia técnica. Diluída a individualidade dentro dunha masa informe, a compaixón morre esmagada por unha demostración bastarda de poder, mais abrolla de súpeto coa visión dun vellote famélico que nos recorda necesariamente aos detidos nos campos de concentración. É a imaxe do sufrimento extremo, unha icona de dor que fai que se nos acendan todas as alarmas e acabemos por cuestionarnos, coma no título de Primo Levi, se de verdade aquilo será un home.
Cando o exército ruso liberou Auschwitz o mundo soubo dun dos maiores masacres cometidos polo home contra o home. Vimos as fotografías das foxas comúns, das pilas de cadáveres, dos corpos espidos, rapados e tatuados con números; lemos e escoitamos as escalofriantes testemuñas dos supervivintes, que relataron o horror e a humillación permanente que marcaban a vida cotiá dentro dos campos de exterminio, uns lugares onde con abraiante eficiencia e disciplina eran eliminados a diario centos e centos de individuos, executados coa mesma indolente e inmisericorde rutina coa que nos desfacemos das cousas que nos sobran. Dez anos despois do fin da guerra o director Alain Resnais dirixiu un documental definitivo, Nuit et brouillard. Prototipo de filme-ensaio, Noite e néboa abre e en certo sentido esgota todas as posibilidades de tratamento cinematográfico do holocausto: non é posíbel engadir nada ao que deixou dito Resnais. Calquera paisaxe tranquila, avisa, pode ser transformada nun campo de exterminio. O pavillón onde anos despois morrerán amoreados milleiros de seres humanos constrúese igual que se constrúe un hotel ou unha fábrica. Fan falla cartos, ten que haber un arquitecto que faga os planos, albaneis e peóns que levanten os muros e as torres vixía, esas nas que se apostarán militares que de cando en cando se entreterán en disparar sobre os presos famentos. “Unha cullerada menos de sopa é un día menos de vida”, recorda a voz en off, “e moitos están demasiado débiles para defender a súa ración”. Agardan pola morte en calquera sitio, convencidos de que morrer é un mal menor cando non hai nin consolo nin esperanza. Entre os presos agroma tamén a solidariedade; hai intentos de organización e autoxestión, mesmo política, para compartiren o que non teñen e coidaren os uns dos outros. Mais ao final “cada preso parécese ao seguinte”: son “corpos de idade indeterminada que morren cos ollos moi abertos”, coma no filme de Béla Tarr. Carne humana que acabará convertida en xabrón, un símbolo malsán que aínda hoxe nos atormenta.
O xenocidio nazi é un referente universal de atrocidade, un paradigma do mal que induce en nós unha resposta reflexa. Como referente poderoso que é debera ter servido de vacina contra o horror, mais non foi así, evidentemente. Non aprendemos a lección; antes polo contrario, aprendemos a matar máis xente con máis rápidez. Coas bombas atómicas demostramos ser capaces de destruír vilas enteiras en poucos segundos deturpando un coñecemento científico desenvolvido con fins nobres. Ensaiamos procedementos de tortura aínda máis refinados que acadaron cotas universais de infamia nas ditaduras latinoamericanas dos anos 60 e 70, co apoio intelectual da CIA; Brasil primeiro, e logo Chile ou Arxentina. Hai quince anos miramos para outro lado mentres en Ruanda o estado impulsaba o asasinato machete en man dun millón de persoas en tres meses, unha media dificilmente superábel que requiriu un nivel de organización tan portentoso como maligno. O século XX é o do saqueo do Congo a cargo da coroa e o exército belga, que cobraba en función do número de mans mutiladas; é o século de Franco, Musolini e Stalin, o dos xemeres vermellos, o da guerra en Iugoslavia que nos proporcionou instantáneas terribelmente evocadoras, o de Darfur, o de infinidade de conflitos esquecidos, de masacres asumidas como inevitábeis que responden ao nome de SIDA, malaria, fame. Mais os referentes seguen a doernos, e por iso no colmo do cinismo xogamos coas palabras para que non pareza que digan o que realmente din. Xa non hai campos de concentración, hai “centros de detención” e se existen é polo noso ben. Pola nosa liberdade, ou por calquera desas grandes palabras que adoitan empregarse coma desculpa.
Non podemos vivir de costas ao mal. Precisamos imaxes que nos axuden a loitar contra a desmemoria, contra a repetición cíclica do odio, contra os fabricantes de sufrimento. Imaxes e palabras que se instalen na nosa conciencia e fiquen aí latentes para recordarnos que é a vontade humana a que transforma unha paisaxe tranquila nun espazo de terror.
Martin Pawley. Publicado no suplemento Nós de Xornal de Galicia o sábado 25 de abril de 2009. Artigo relacionado: A herdanza da Shoah
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