venres, 28 de agosto de 2026

Abrazar la noche

La mitad de nuestras vidas sucede de noche o, para ser más exactos, cuando el Sol no está sobre el horizonte. En nuestras latitudes, entre la salida y la puesta de sol transcurren entre nueve y quince horas del inicio del invierno al del verano, pero en conjunto el día y la noche se reparten el tiempo al 50%. Tendemos a pensar que todo lo importante acontece a pleno día, pero si eso fuera cierto, incluso descontando las horas que dedicamos al sueño, sería una anomalía estadística. En los últimos años se han desarrollado los “estudios de la noche”, que con ánimo transversal aspiran a construir una Historia de la vida humana en la oscuridad, con sus hechos, tradiciones e incluso oficios (de las prostitutas a las matronas) a menudo ignorados o considerados un ominoso pie de página por la Historia de los días. Y la noche, la noche natural, no es eso que empieza cuando apagamos la televisión o el computador. Nada tiene que ver con nuestros entornos 24/7 de farolas y ruido; la noche es sobre todo la oscuridad, que ocupa, descontados los crepúsculos, aún un tercio de nuestro tiempo total.

Pero la oscuridad no es fácil de filmar, pues las cámaras de cine, analógicas o digitales, en general no se han llevado bien con las condiciones mínimas de luz. Y es aún más inalcanzable su proyección sobre una pantalla. Hay un conflicto conceptual de base: no podemos generar oscuridad con luz. No podemos reproducir la ausencia de luz enviando fotones (...)

Martin Pawley. O texto completo pode lerse no número 213, de setembro de 2026, da revista Caimán Cuadernos de Cine.

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