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xoves, 1 de maio de 2025

Los buenos antepasados

En la gran escala del tiempo somos poco más que una limadura de uñas empeñada en hacer inhabitable el planeta que nos acoge. 

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Charles Laughton en This Land is Mine (Jean Renoir, 1943)

En Annals of the Former World, ganador en 1999 del Premio Pulitzer de no ficción, el escritor John McPhee formula una imagen que expresa de manera elocuente la importancia de la humanidad en la historia del planeta que compartimos. Si extendemos los brazos bien abiertos e imaginamos que la distancia entre las puntas de los dedos representa la historia completa de la Tierra, la presencia del ser humano equivaldría más o menos al borde de las uñas; de un solo golpe con una lima de grano medio haríamos desaparecer toda nuestra existencia. Descubro esta comparación a través de Nacidos de las estrellas, el deslumbrante e inagotable libro de Roberto Trotta del que ya les hablé el mes pasado. El cosmólogo completa a McPhee con aliento poético: «toda la belleza y brutalidad que los humanos aportan al mundo, las pirámides y los profetas, el Empire State Building y las minas de carbón, la esclavitud y la asistencia médica universal, el fútbol y Mozart, una madre cantando una nana a su bebé y un asesino atacando al amparo de la noche, todo se disolvería en una diminuta nube de impalpable polvo de uñas».

En comparación con el universo, «nuestra brevedad es casi inconcebible». En ese «mero parpadeo», los avances en medicina, producción de alimentos y educación han aumentado espectacularmente la calidad de vida en el último siglo, pero al mismo tiempo «las desigualdades en los ingresos son mayores que nunca: el diez por ciento más rico posee tres cuartas partes de toda la riqueza del mundo, y los diez hombres más ricos del planeta, incluidos los barones del espacio, vieron duplicarse su riqueza colectiva desde marzo de 2020», el mes que asociaremos siempre a la pandemia de la covid. «Para una minoría de nosotros», escribe Trotta, «hemos creado un mundo en el que casi todos nuestros caprichos materiales pueden satisfacerse a voluntad (y a menudo en un plazo de dos horas el mismo día que los pedimos)». En palabras del novelista Richard Powers en su muy recomendable novela El clamor de los bosques (otro Premio Pulitzer, en este caso de 2019 en la categoría de ficción), «estamos cobrando mil millones de años de bonos de ahorro planetario y despilfarrándolos en todo tipo de joyas».

«En lugar de perseguir sueños descabellados de establecernos en otros mundos, nuestro imperativo moral es convertirnos en administradores juiciosos de nuestro propio planeta», concluye el profesor de la Scuola Internazionale Superiore di Studi Avanzati. «Volvamos a centrar nuestra atención en las cuestiones reales: cómo compartir los recursos de nuestro planeta de la manera más equitativa posible entre todos los seres humanos, cómo garantizar que la vida no humana pueda seguir medrando en la Tierra, cómo reestructurar nuestra civilización sobre una base ambientalmente sostenible, cómo legar a nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos un planeta tan diverso y hospitalario como el que heredamos. Debemos aprender a convertirnos en “buenos antepasados”, en la memorable expresión de Jonas Salk.» ¡Cuánto bien le haría a Ursula von der Leyen leer esta obra maestra! ¡Cuánto bien nos haría!

Martin Pawley. Artigo publicado orixinalmente na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 311, maio de 2025.

martes, 1 de abril de 2025

Sin música ni poesía

El cosmólogo italiano Roberto Trotta reflexiona en su libro Nacidos de las estrellas sobre todo lo que le debemos a los cielos estrellados.

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Podría parecer esperable que las personas que se dedican a la astronomía manifestasen un compromiso claro hacia la protección de la oscuridad natural de la noche, pero la realidad, o la experiencia, no nos permite aceptar con ligereza esa hipótesis. El ejercicio profesional competente de esta ciencia es perfectamente compatible con un absoluto desconocimiento práctico del firmamento, así como de la cultura y el arte que se inspiró en ese paisaje a lo largo de la historia. No es preciso gozar con el cielo nocturno para investigar en astrofísica, de la misma forma que no es imprescindible amar la observación ornitológica para trabajar en un laboratorio de biología.

El cosmólogo italiano Roberto Trotta reconoce en el prólogo del formidable libro Nacidos de las estrellas, editado por Pasado & Presente, el escaso bagaje observacional de una trayectoria que en su caso se orientó hacia la física teórica. Fue mientras preparaba una conferencia pública en el Imperial College de Londres, donde es profesor visitante de Astroestadística, cuando empezó a ser verdaderamente consciente de en qué medida las estrellas habían moldeado su vida. Comprendió cómo su campo de investigación «estaba encaramado a un edificio construido a partir de miles de años de curiosidad humana» y esa perspectiva histórica alentó una exploración que trajo muchos otros descubrimientos, «conexiones que nunca me habría imaginado». Si la contemplación de las estrellas y la Luna estimuló el desarrollo de las matemáticas y la invención de los calendarios, ¿habría sido igual la evolución intelectual humana si ese majestuoso telón no se extendiese cada noche sobre el horizonte? «¿Cuán menguados estaríamos», se pregunta, «sin la poesía, la música y el arte que los cielos han inspirado? ¿Cómo sería nuestra espiritualidad sin los dioses del cielo? ¿Cuán diferentes serían nuestras leyendas, nuestras grandes novelas, nuestras concepciones del universo, cuán diferentes nosotros mismos, en un mundo sin estrellas?»

Tuvo una revelación en la meseta montañosa del Carso al ver Orión resplandeciente sobre el fondo negro del firmamento y experimentar «una sensación palpable de las profundidades del tiempo, un tiempo que nunca llegaría a vivir, y una conexión con las otras incalculables e improbables configuraciones de átomos que habían asumido conciencia propia y alzado sus ojos al cielo». El autor cita a Charles Darwin en ese mismo capítulo final. El naturalista, que de joven había sido un gran amante del arte, se lamentaba ya anciano de cómo su dedicación a la ciencia le había restado capacidades para disfrutar de otras formas de belleza. «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza.» Trotta se identifica con él: «Sin las estrellas, me sentía como Darwin sin música ni poesía».

Martin Pawley. Artigo publicado orixinalmente na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 310, abril de 2025.