Los avances tecnológicos han ido recortando nuestras horas de sueño.
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| Our Daily Bread (King Vidor, 1934) |
El sueño del Sapiens, el libro
del que me ocupé en la columna anterior, arroja ideas y enfoques reveladores en cada capítulo. Es algo típico de las personas sabias, y Juan Antonio Madrid lo es, como constato cada vez que se me presenta la oportunidad de conversar con él. «La mayoría de nosotros», leo, «nos consideramos afortunados por haber nacido en la época actual. Nos imaginamos a nuestros antepasados de hace cien mil años ocupados en una lucha constante por la supervivencia, expuestos a la amenaza del hambre y a los peligros de los depredadores y tribus enemigas, sin apenas tiempo para descansar. Sin embargo, la observación de grupos tribales actuales, como los agta en Filipinas o los san y hadza en Sudáfrica y Tanzania, respectivamente, nos muestran una realidad bien distinta». Un equipo de antropólogos liderado por Mark Dyble convivió durante
dos años con el pueblo agta y registró de forma minuciosa sus actividades diarias, el tiempo que dedicaban al cuidado de los hijos, a las tareas domésticas y a la búsqueda de alimentos. El resultado fue que los agta que adoptaron la agricultura trabajaban unas treinta horas semanales en los cultivos, frente a las veinte de
sus colegas recolectores. La pérdida de tiempo libre que venía dada por el salto a la producción de alimentos se producía tanto entre los hombres como entre las mujeres (...)
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