venres, 1 de xullo de 2022

El derecho y el revés de la contaminación lumínica

Las administraciones públicas españolas tienen diversas herramientas legales para proteger la noche. Y pocas veces las usan (bien).

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Charla de Alba Nogueira. Imaxe: Cris Veiras.
El pasado 14 de mayo la Agrupación Astronómica Ío organizó por tercera vez en A Coruña el «Encontro da Noite», una jornada divulgativa sobre contaminación lumínica, protección de la noche y puesta en valor del paisaje nocturno. El programa contó con la participación de Alba Nogueira, catedrática de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago de Compostela, que impartió una charla cuyo título, traducido al castellano, es el que utilizo para este artículo. El derecho ambiental, específicamente aquel que busca la preservación de la naturaleza por sí misma y no por su influencia directa en las actividades humanas, es un área de trabajo aún joven y dentro de ella lo son lógicamente mucho más las estrategias de protección contra agentes cuyo peligro se desconocía hace unas pocas décadas. Es el caso del impacto de la luz artificial por la noche, un asunto relativamente desatendido por el Derecho pero ante el que existen diversas vías útiles de intervención desde la administración que raras veces se ponen en marcha. En su charla, Alba recordó con mucha claridad que para que exista una respuesta jurídica es imprescindible que un problema se perciba como tal por la mayoría social y es obvio que con la contaminación lumínica estamos lejos de eso. Debemos asumir que no se actuará en serio mientras no se perciba como una demanda social, así que necesitamos ser más convincentes y activos en la comunicación del problema (y tenemos argumentos de sobra).

Las estrategias legales de preservación de la oscuridad natural podrían agruparse en dos grandes grupos, que en el fondo reproducen la vieja táctica del palo y la zanahoria. Están, por un lado, las que establecen marcos y condiciones de obligado cumplimiento, como la definición de zonas de especial interés, limitación y/o prohibición de iluminación en ciertos territorios, fijación de horarios de uso y características de productos e instalaciones, etc. Otro camino diferente es el establecimiento de fórmulas de fomento que favorezcan las buenas prácticas a través de la contratación pública y concesión de subvenciones. Puesto que las administraciones públicas son las principales contratistas de servicios de iluminación, sería muy sencillo imponer criterios que puntúen de forma suficiente en la valoración de los proyectos. Si un ayuntamiento solicita a una diputación o una agencia energética una ayuda para reformar su alumbrado, bastaría que estas exigiesen una reducción medible del brillo del cielo antes y después de las obras para que las entidades locales se esforzasen por tener la contaminación lumínica como un objetivo prioritario: si hay contaminación, no hay dinero, y si no hay dinero no hay obras. Como además la inmensa mayoría de los ayuntamientos tienen recursos humanos y técnicos muy escasos, cuando desde entidades superiores les proporcionan herramientas e indicaciones claras lo común es que las acojan con sumo gusto. Hablo de cosas tan básicas como recomendaciones y modelos de pliegos de contratación que puedan copiar y pegar. Evitaríamos así una parte no menor de un desastre ambiental que se produce, a menudo, por desconocimiento, sin mala fe.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 277-278, xullo-agosto de 2022.

mércores, 1 de xuño de 2022

Cuidando el mejor cielo del planeta

La nueva normativa de iluminación de Chile extiende la protección de la noche a todo el territorio del país.

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En una revista como esta no hace falta dar grandes explicaciones sobre la calidad del cielo de algunas regiones de Chile y su rol capital en la astronomía profesional de todo el mundo. Por su importancia científica pero también económica, dada la atracción de inversiones y recursos que proporciona, el gobierno estatal empezó ya en 1998 a establecer normas para paliar la contaminación lumínica en las tres zonas de ma- yor interés astronómico (Antofagasta, Atacama y Coquimbo), que fueron objeto de una revisión posterior en 2012 que impuso condiciones más exigentes.

La infeliz realidad es que la contaminación lumínica no ha dejado de crecer globalmente año tras año, y Chile no es una excepción. Ante esa evidencia, sumada a la constatación innegable del impacto que la luz artificial por la noche tiene sobre la salud humana y el medio ambiente, en abril de 2019 se inició el procedimiento para una reforma integral de la normativa. Fue un proceso verdaderamente ejemplar, acompañado de múltiples actividades informativas y conferencias sobre la contaminación lumínica a las que en muchos casos –doy fe– pudimos acceder también desde el extranjero. La nueva legislación la dejó aprobada el gobierno saliente de Sebastián Piñera antes de la entrada del gabinete de Gabriel Boric, de signo político muy distinto, y eso es especialmente esperanzador: la defensa de la oscuridad natural de la noche, como cualquier otra defensa del medio ambiente, debería ser siempre un valor común al margen de las disputas políticas partidarias.

Fonte: sección sobre contaminación luminosa do web do Ministerio de Medio Ambiente chileno

La reforma es muy ambiciosa pues, para empezar, extiende la protección del cielo a todo el territorio nacional. Se prohíben las emisiones al hemisferio superior del alumbrado en general y se imponen valores límite muy razonables a los niveles de iluminación permitidos, así como el apagado total en horario nocturno del alumbrado ornamental o decorativo y el de las instalaciones deportivas. La norma actúa con firmeza sobre las características espectrales de las fuentes, atendiendo al mayor efecto contaminante de la luz azul. En la vecindad de los observatorios astronómicos, parques nacionales y áreas naturales de especial valor ambiental se apuesta por luces ámbar, con un máximo de un 1% de componente azul (alrededor de 1800 K); para el resto del país, la componente azul de la luz no podrá superar el 7%, con temperaturas de color por debajo de 2500 K como referencia. El decreto no se olvida del problema que supone la proliferación de las pantallas publicitarias, que añaden a la atmósfera una cantidad inmensa de fotones, y marca para estas una luminancia límite de 50 candelas por metro cuadrado, hasta veinte veces por debajo de los valores que admite el aún vigente RD1890/2008 español.

Siguiendo el trámite habitual, la norma pasa ahora por la Contraloría General de la Republica hasta su definitiva publicación y entrada en vigor. Empezaremos a apreciar entonces sus resultados, pero desde ya podemos considerarla un modelo a seguir. Acabo igual que el mes pasado: si Chile puede, ¿a qué estamos esperando?

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 276, xuño de 2022. 

martes, 24 de maio de 2022

Welcome to ma maison: atrevido, transgresor, verdadeiro

por Miguel Castelo

Entre as directoras e directores que en España demostran maior tendencia a innovar, un mellor entendemento do cine como expresión artística, as/os de Galicia non teñen nada a envexar ás/aos doutras latitudes peninsulares. Certo que Portugal é un caso singular. Felizmente, en Galicia, esta caste de proxectos van encontrando, aos poucos, maior receptividade e apoio institucional. Asemade, o progresivo favor do público empresta tamén a súa axuda á causa. 

Welcome to ma maison (2021) é un dos últimos exemplos deste fenómeno cultural.  O seu autor, Andrés Goteira (Meira/Lugo, 1983), aborda con coraxe e fóra de todo prexuizo, arriscando sen medo, unha historia afastada do convencional, na que, no aparente marco do documental, conviven diversos xéneros cinematográficos. Constrúe así un relato, intelixente e perspicaz, sobre as distintas trazas e preocupacións do oficio cinematográfico. Unha proposta  -cine dentro do cine- que se afasta da narración tradicional, do narrativo ao uso, sen a máis mínima pegada literaria. Unha historia sen historia, onde sen renunciar á tensión e ao conflto, se concede especial atención á viaxe como tránsito experiencial. A actitude dun actor -extraordinario, versátil, camaleónico... Igor Fernández- ante a tripla dimensión actor-persoa-personaxe, as súas lideiras internas, debates éticos e existenciais, o seu desacougo vital... interactúan coa preocupación do director (do propio filme) temeroso de que o resultado do seu traballo saia fóra de control, ao tempo que a área de produción (da que fai parte el propio) mostra a súa inquedanza ante a posibilidade de que o proxecto non dea chegado a bo termo. Pero, alén disto todo, se cadra o máis apaixonante deste filme singular -un relato que se mira no espello de súa propia narración-, no que todo resulta descarnadamente verdadeiro, sexa entrar no xogo estimulante de deducir entre este suxestivo trenzado de imaxes de diferente natureza, onde está a ficción e onde o documento; o reto de averiguar qué hai nas súas ben planificadas imaxes, elocuentes e poderosas, de calculado e que nace e é descoberto no proceso de construción das mesmas.

Neste seu segundo traballo Andrés Goteira vai ben máis alá do primero (Dhogs, 2017), dando unha considerable alancada, valente e atrevida, poñendo de manifesto posuír unha sólida formación e un futuro prometedor como inventor de relatos cinematográficos.

domingo, 1 de maio de 2022

Que no desaparezca el canto de los pájaros

Miles de millones de aves mueren cada año en las ciudades víctimas de colisiones.

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Annual Bird Layout, FLAP
Hace casi treinta años, Michael Mesure encontró un pájaro que había chocado con un edificio. Era un ejemplar de mascarita común, una especie aún abundante en Norteamérica, y se propuso llevarlo a un centro de recuperación. Mientras iba de camino en coche, el pájaro se escapó de la bolsa, se posó en el espejo retrovisor y empezó a cantar. Michael siguió conduciendo, embelesado por su música, hasta que de repente el pájaro quedó en silencio y cayó al suelo muerto.

Este episodio fue el estímulo, a la vez poético y trágico, que impulsó una feliz iniciativa: el nacimiento en Canadá en 1993 de FLAP, siglas de Fatal Light Awareness Program, una organización dedicada específicamente a concienciar sobre la masacre continua de aves por colisiones. Durante el día, la luz solar que incide en los edificios es un peligro para los pájaros, que pueden verse atraídos por la imagen reflejada de un paisaje sobre los cristales, pero no ven los cristales en sí, por lo que a menudo se golpean contra estos. La contaminación lumínica extiende la amenaza a la noche, pues además el brillo de las ciudades atrae a las aves, que quedan literalmente atrapadas por las marañas de luces y vuelan hasta quedar exhaustas.

La cantidad de muertes por choques directos con edificios es enorme. El artículo A first estimate for Canada of the number of birds killed by colliding with building windows (Machtans et al., 2013) estimaba en 25 millones el número de ejemplares que se pierden anualmente en Canadá por esta causa. Un artículo posterior, Bird–building collisions in the United States: estimates of annual mortality and species vulnerability (Loss et al., 2014), calculaba entre 100 y 1000 millones cada año las muertes por choques en Estados Unidos. Incluso cuando no se producen resultados fatales inmediatos, los impactos pueden dejar aturdidos a los pájaros de forma que resultan más vulnerables a los depredadores y al tránsito de vehículos, especialmente si caen a tierra. FLAP organiza periódicamente un evento que hace dolorosamente visible este desastre ambiental cotidiano: el "Annual Bird Layout", la exposición pública de cientos de cuerpos recogidos por personas voluntarias, una actividad que desde 2001 ha sido imitada por muchos otros grupos conservacionistas. 

El sitio web de FLAP, www.flap.org, recoge algunas buenas prácticas para minimizar o evitar los daños, algunas tan sencillas como poner marcas en las ventanas que sin impedir el paso de la claridad sirvan de alerta para las aves. En horario nocturno, el apagado de luces innecesarias en edificios es una estrategia que salva vidas, en especial en primavera y otoño, cuando miles de millones de animales cruzan los cielos para efectuar sus viajes migratorios. La ciudad de Nueva York aprobó en diciembre ordenanzas de reducción de la iluminación con el objetivo de proteger a la fauna voladora. Si Nueva York puede, ¿a qué estamos esperando?

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 275, maio de 2022. 

martes, 26 de abril de 2022

Despois do diario de Anne Frank

Por moito que un saiba sobre o Holocausto, calquera relato que se lea sobre o sadismo do réxime nazi produce unha e outra vez o mesmo arreguizo de tristeza, a mesma inevitábel indignación pola súa vileza extrema. Non pode haber xamais espazo para a indiferenza perante as execucións masivas, o traballo escravo, as humillacións cotiás. Os corpos nus á intemperie, os números tatuados nos brazos, a alimentación miserábel, a roupa cotrosa, os cuartos lordentos. A absoluta e deliberada negación da dignidade, en suma. O espanto xa non sorprende, mais o espanto persiste. Como non estremecerse ao pensar no asasinato dun transporte completo de meniños húngaros, a camiñaren da man cara á cámara de gas en Birkenau despois de pasar horas e horas espidos baixo a chuvia? Como non preguntarse polo que resta de humanidade nos miles de persoas que, dun xeito ou doutro, participaron de maneira directa no funcionamento regular dos campos de exterminio, nos gardas -homes e mulleres- que daban malleiras ou mataban de forma aleatoria, nos médicos de infame recordo que practicaron experimentos atroces? 

No extraordinario Despois do diario de Anne Frank, o historiador neerlandés Bas von Benda-Beckmann fai a crónica o máis precisa posíbel do destino que tiveron as oito persoas agochadas na Casa de atrás do célebre diario logo do seu arresto o 4 de agosto de 1944. O volume, exemplarmente ben editado por Kalandraka con multitude de documentos gráficos, expón unha e outra vez, xa sexa no campo de tránsito de Westerbork ou máis adiante en Auschwitz ou Bergen-Belsen, a tétrica "burocracia da barbarie", os procedementos de rutina de recepción das persoas detidas e a normalización da infamia en mans dun funcionariado fiel a un sistema criminal coa complicidade dalgunhas vítimas convertidas en verdugos dos seus pares. Nun dos capítulos cítase a un sobrevivente, Sal de Liema, que contou en 1995 o que lle dixo un soldado alemán mentres pasaban revista: “De aquí non vas saír vivo e ti xa o sabes. Pero se sobrevivises -que xa me encargo eu de que iso non suceda-, ninguén vos vai crer o que vos fixemos. Ninguén”. É arrepiante ese grao de abxección consciente, o resultado de que “o que vos fixemos” é tan atroz que ningún ser humano sería quen de crelo se non houber probas. E todo xenocidio intenta a ocultación dos seus crimes. Que non quede rexistro na historia.

Para alén do obvio interese que ten a reconstrución minuciosa que efectúa o libro, o seu exercicio de memoria convértese, tamén, nunha análise fascinante dos límites da narración histórica. O rigor de Bas von Benda-Beckmann lévao a facer explícitas en todo momento as contradicións entre as testemuñas que existen, as fraquezas das súas lembranzas, quizais adulteradas polo paso dos anos ou pola propia necesidade de agochalas para simplemente seguir vivindo, o risco inevitábel de contaminación duns relatos con outros, mesmo a proxección duns personaxes e as súas peripecias noutros diferentes. A nosa necesidade de saber máis choca, con frecuencia, coa absoluta ausencia de datos ou coa escaseza de datos fiábeis. Non dispoñemos, nin dispoñeremos nunca, de todos os detalles do horror. Os que si temos deberían ser suficientes para aprendermos a recoñecer as raíces do mal e acoutalas antes de que sexa demasiado tarde.

Martin Pawley

venres, 22 de abril de 2022

Zoocities. Animais salvaxes na cidade.

A colección Vitamina N de Kalandraka, unha das máis estimulantes aparecidas nos últimos anos no ecosistema editorial galego, suma un novo título de lectura recomendabilísima: Zoocities – Animais salvaxes na cidade, da filósofa, escritora e tradutora francesa Joëlle Zask. Coa xente confinada nas casas pola pandemia, na primavera de 2020 asistimos ao inesperado espectáculo das cidades recuperadas pola fauna salvaxe, dos xabarís presentes nas vilas do noso país aos monos, corzos e canguros vistos alí e acolá. Deste feito, e da mesma COVID-19, unha enfermidade transmitida de animais a persoas, xorde unha pregunta capital que alenta o libro: como compaxinar as sociedades humanas urbanas cunha relación saudábel, en todos os sentidos, coa natureza non domesticada nin reducida a paisaxe.

Joëlle Zask elabora unha documentada reflexión sobre o propio concepto de cidade, ou da colonización humana como antagonista da natureza, unha natureza que debía ser conquistada e dominada. Iso valía tamén para os pobos orixinarios habitantes deses territorios, descritos no pasado como animais daniños cuxa existencia se toleraba só como forza de traballo ou como testemuña exótica dun primitivismo xamais ben comprendido e as máis das veces inventado, como acontecía co infame teatro dos zoos humanos aínda comúns no XIX. A misión do home branco era “sacar as poboacións atrasadas da súa condición primitiva e, tomando o lugar da Historia, acelerar a súa evolución cara a un estadio final de florecemento pleno”, e, en xeral, defender a superioridade da "vida espiritual" fronte á "bestialidade" propia da natureza. 

Esa visión errada e mutuamente excluínte do doméstico e o salvaxe persiste por desgraza entre nós, mais unha conciencia ecolóxica sensata e moderna exixe superala en favor das “interaccións equilibradas entre seres diferentes”, como propón a autora. Contra o urbanismo que “vexetaliza” as vilas poñendo árbores en testos, árbores que perden así a súa condición de silvestres para se converter en engadidos decorativos ás edificacións (e “cuxo risco de que evolucionen cara a un estado imprevisto é limitado, xa que, para librarse delas, abonda con deixar de regalas”), Joëlle fai unha apaixonada defensa da diversidade, da pluralidade e da desorde na que os animais e as plantas sexan tamén “veciñas” e dispoñan de espazos para o seu libre desenvolvemento. Unha defensa, pois, da cidade concibida coa natureza e non contra a natureza, da cidade que busca “coñecer a natureza e adaptarse a ela sen escorrentala”. Dada a vergonzante mediocridade da política municipal do noso tempo vexo difícil que ideas coma estas poidan ser non xa postas en marcha senón simplemente lidas e entendidas, mais confío en que veñan tempos menos cativos e, nesa altura, libros coma este serán unha suxestiva referencia.

Martin Pawley

domingo, 17 de abril de 2022

Cuando sueña el cerebro

A acción sitúase en Pamplona mentres se celebra o Festival Punto de Vista. O meu amigo e cineasta Alberto Gracia presenta un filme nunha aula pequena, non é unha sala de cinema, mais ben debe tratarse dunha sesión de “pitching” ou unha conferencia. Non sei como é o filme, mais sei que me gusta. Un pouco despois estamos os dous nun piso da cidade navarra que é idéntico ao piso no que eu vivo na Coruña; estamos de paso, probabelmente subimos a coller un paraugas ou algo polo estilo. Niso é que Alberto perde o coñecemento e empeza a sangrar abundantemente. Chamo a urxencias mais non consigo que reaccionen como é debido, non entenden o que lles digo, fanme preguntas innecesarias coas que perden un tempo valioso. Alberto leva xa demasiados minutos inconsciente e perdendo sangue e todo apunta a un desenlace fatal. É entón que eu, con total naturalidade, asumo que o que estou vivindo é un soño, un que non me está gustando nada, en particular o seu previsíbel final, así que deliberadamente deteño o relato. Non quero que siga o soño, que se interrompe nese punto.

Uns días antes tiven outro soño, felizmente menos tráxico, cuxo final tamén precipitei. Estou no Porto, noutro festival de cinema, o Porto/Post/Doc. Unha banda que non coñezo actúa no Coliseo ou no Passos Manuel, dous recintos que están na mesma rúa. Asisto ao concerto e pásoo moi ben, a banda baixa do escenario e toca entre o público, gústame o espectáculo. Ao saír xa é de noite; atopo na porta un coñecido que me conta que toda a xente vai ir de festa a un bar e eu respondo que non vou, que prefiro ir ao hotel. Mais hai un detalle curioso: eu levo na man unha bolsa do lixo ben cargada, é practicamente redonda, e teño que deitala nun contedor. Póñome a buscar un contedor de lixo na contorna mais non o atopo, así que dou unhas cantas voltas e chego até unha igrexa. Métome por unha calella pegada á igrexa e vou avanzando coa bolsa, mais a rúa faise a cada paso máis baixa e estreita, co cal teño que irme agachando cada vez máis para avanzar. Cando alcanzo o final da rúa vexo que hai un muro: é unha rúa cega. Non me queda máis remedio que desandar o camiño, aínda coa bolsa, mais é aí que son consciente de que é un soño e non me apetece nada repetir todo o traxecto de novo, non quero, non me divirte, así que, tamén aquí, deliberadamente interrumpo o soño. 

Os dous casos encaixan na categoría dos “soños lúcidos”, aqueles nos que a persoa se dá conta, nalgún punto, de que o que está experimentando é un soño. Algunha xente é capaz, ademais, de controlar e alterar algúns elementos do soño (no meu caso o control foi máis ben pequeniño). Mesmo hai experimentos de laboratorio nos que persoas soñadoras lúcidas con grande habilidade chegan a “comunicarse” co equipo de investigación correspondente. Deste tema trata o capítulo 14 do libro Cuando sueña el cerebro, editado por Pasado y Presente; nesa altura eu levaba máis de 200 páxinas coa boca aberta. Os autores son Antonio (Tony) Zadra, profesor de psicoloxía na Universidade de Montreal, e Robert (Bob) Stickgold, profesor de psiquiatría en Harvard, investigadores de longa e sólida traxectoria que comparten neste volume o actual estado da arte do fascinante ámbito da “oniroloxía”, a ciencia dos soños. E o primeiro desafío é definir que é un soño, pois non hai un consenso claro ao respecto. Tony e Bob optan por un criterio amplo, segundo o cal baixo a etiqueta de soños entran desde a actividade mental onírica “pasaxeira e fragmentaria” até as “aventuras nocturnas máis dramáticas e épicas”. 

Fan, a seguir, un repaso sucinto máis esclarecedor da historia do estudo dos soños, con Freud como personaxe inevitabelmente destacado. Mais o verdadeiro salto científico chega a mediados do século XX coa tecnoloxía que permite rexistrar os sinais da actividade cerebral. Así, en 1953 Eugene Aserinsky e Nathaniel Kleitman dan a coñecer a existencia do sono de movementos oculares rápidos (sono REM) e con iso se abre un mundo novo: o sono admite unha exploración científica moderna máis alá da descrición e a interpretación, máis ou menos disparatada, dos relatos oníricos. Chega o momento de caracterizar con rigor a estrutura do sono, as súas diferentes fases e o que sucede en cada unha delas. Ao longo da noite vanse alternando períodos REM (con intensa actividade cerebral e total atonía muscular) e non REM, e nos dous soñamos. A gran pregunta é: por que? Ou, máis ben, para que?

Non hai hoxe dúbida ningunha do papel fundamental do sono para a vida; non existe, para empezar, ningunha especie animal que non durma. A perda de facultades cognitivas e físicas no ser humano por falta de sono está sobradamente estudada, por máis que aínda existan persoas insensatas que presuman de durmir pouco, froito quizais dunha tradición cultural que contemplou as horas de descanso como horas perdidas. Durmir favorece o crecemento na infancia, a regulación da insulina e a produción de anticorpos. O sono é, ademais, decisivo para a organización da información no cerebro e a consolidación da memoria. “Pasamos as horas prestando atención ao noso redor, absorbendo información nova e almacenándoa, agardando até o momento do sono para revisar e repasar toda esa información e desentrañar o seu significado”, recordan os autores. “Por cada dúas horas que pasamos espertos, almacenando nova información, o noso cerebro precisa unha hora de sono para aclarar o seu significado e importancia; unha hora desconectados do mundo exterior e con todos os mecanismos de regulación descendente, que guían as nosas accións e pensamentos en vixilia, desconectados. Esa é a tarefa crucial que a evolución lle asignou ao sono”.

Está claro que necesitamos durmir, mais cal é a función de soñar? A Elias Howe serviulle para inventar a máquina de coser e a August Kekulé para descubrir o anel do benceno, mais son exemplos excepcionais. Cal é a vantaxe evolutiva dos soños? Os autores expoñen un modelo innovador para explicar o porqué: o modelo NEXTUP, acrónimo de Network Exploration to Understand Possibilities, “exploración en rede para comprender posibilidades”. Segundo o NEXTUP, os soños procuran asociacións novas e creativas que o cerebro en vixilia non tería en conta mais que poden ser útiles no futuro. En xeral, o cerebro combina nos soños recordos recentes, novos, con outros debilmente asociados a este máis afastados no tempo e constrúe unha narrativa que tece ligazóns inesperadas entre eles para seleccionar e reforzar as máis significativas. Eses relatos oníricos “non son creacións fellinianas nas que a túa nai se balancea nun trapecio” e polo usual teñen pouco ou nada que ver coa imaxe que o cinema dá dos soños, seguramente herdada do discurso freudiano e a mitoloxía surrealista. A súa lóxica interna tende a ser plenamente convincente, por máis que estea chea de elementos estraños, mais convén insistir en que de acordo co NEXTUP é a xustaposición de elementos estraños e a busca de vínculos febles o obxectivo dos soños. “O cerebro soñante”, din no memorábel epílogo, “só intenta mostrarnos o que foi e o que podería ser. E faino igual que faría unha figura xenial da pintura, da música, da novela ou do teatro: mostrándonos o que non podemos explicar completamente. Podemos dicir que esa é a función da arte, e cremos que tamén é a función dos soños. E, tal e como acontece coa boa arte, soñar enriquece a nosa vida e nos axuda a navegar por ela”. Mentres durmimos, o cerebro segue traballando. Dalgún xeito, nunca dorme de todo, conclúen, “sempre soña”.

Martin Pawley

sábado, 9 de abril de 2022

Bullshit: contra la charlatanería

Entusiasmoume Bullshit: contra la charlatanería, libro escrito por Carl T. Bergstrom e Jevin D. West que editou en España Capitan Swing. O volume é unha argumentada viaxe polas moitas maneiras en que as mensaxes trapalleiras, sexa cal for a súa intención, circulan entre nós. Ao longo dos capítulos os autores explican os riscos de confundir correlación e causalidade, a fraxilidade que emana dunha mala selección de individuos para os estudos, o manexo de cifras sen rigor ou as visualizacións de datos que inducen interpretacións equivocadas dos feitos. Tamén as limitacións da ciencia de datos e a intelixencia artificial, que ás veces se venden como solución máxica aos problemas do mundo, un perigo que resumen nunha frase brillante: "só necesitamos lembrar que o big data non é o mellor, só é o máis grande".
Agradecín especialmente o capítulo no que se ocupan de como a ciencia non está libre de pecados nin de condicionamentos. Que a ciencia en conxunto tenda a funcionar ben non significa que sempre funcione ben, e así é bo ter claro que por rigorosos que sexan os procedementos de comprobación "non hai unha forma segura de que unha persoa saiba, sen sombra de dúbida, que un artigo científico é correcto" e polo xeral, no mellor dos casos, o que podemos agardar é que sexa "lexítimo", entendendo por tal que foi escrito de boa fe, se fixo coas metodoloxías axeitadas e foi tomado en serio pola comunidade científica correspondente. A ciencia pode fallar e iso é bo: está permanentemente sometida a comprobación. Non hai que asustarse polas revisións, correccións e retractacións. O éxito da ciencia está na súa falibilidade. 

Os dous capítulos finais son particularmente prácticos. O décimo, "Señalar el bullshit", enumera estratexias útiles para identificar as trapalladas: cuestionar as fontes de información, pararse a pensar nas afirmacións que establecen comparacións inadecuadas, avaliar os números que lemos facendo contas sinxelas que consideren apenas as ordes de magnitude para comprobarmos se son verosímiles ou non... Tamén nos lembran a inclinación a crermos acriticamente aquelas mensaxes que coinciden coas percepcións que xa tiñamos de antemán. Os autores fan unha listaxe de consellos básicos para non naufragarmos no mundo en liña, incluíndo un que convén ter sempre presente: reduzamos o consumo de información. Non é preciso estar o día enteiro pendente das mensaxes que circulan, é bo parar para mantermos en forma os nosos sistemas de alarma. Celebremos o aborrecemento. 

O capítulo final, "Refutando el bullshit", propón algunhas ideas para axudarnos a combater as trapalladas con elegancia, procurando que convencer non sexa sinónimo de asustar ou humillar. Para lidar contra a desinformación cómpre sabermos de que falamos e termos argumentos claros e ordenados: se nós mesmos pisamos terreos esvaradíos non poderemos axudar outras persoas a camiñaren con paso firme. Asumamos os nosos erros e que nós mesmos propagamos máis trapallada da que nos gustaría recoñecer. E, por suposto, facerse entender implica certo grao de sutileza social: a denuncia efectiva do bullshit debe ter como obxectivo non demostrar que nós somos moi listos, senón conseguir que as outras persoas comprendan as razóns polas que estaban enganadas. Aceptando, iso si, que hai xente que non está disposta a cambiar as súas crenzas por moi convincentes que sexan os nosos argumentos e que, en consecuencia, quizais sexa bastante máis útil "dedicar o noso tempo e o noso esforzo á xente que estea disposta a escoitarnos". Para os autores, enfrontarse ao bullshit é "un imperativo moral" pois boa parte desas trapalladas teñen "serias consecuencias para a saúde e a prosperidade dos seres humanos, para a integridade da ciencia e para a toma de decisións democráticas". Non é unha cuestión de liderados, de ser máis ou menos influentes, de cultivarmos os egos (e as carteiras). É outra cousa, moito máis importante: combater o bullshit é un exercicio de pura solidariedade entre iguais.

Martin Pawley

venres, 1 de abril de 2022

El mito de la caverna

Diversos experimentos de aislamiento extremo ayudaron al progreso de la cronobiología.

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«En 1961 descubrimos un glaciar subterráneo en los Alpes, a unos setenta kilómetros de Niza. Mi idea inicial era preparar una expedición geológica y pasar unos quince días bajo tierra estudiando el glaciar, pero un par de meses después me dije: Bien, quince días no son suficientes, no veré nada. De modo que decidí quedarme dos meses. Y luego me vino esta idea, que se convirtió en la idea de mi vida. Decidí vivir como un animal, sin reloj, en la oscuridad, sin saber la hora». El espeleólogo francés Michel Siffre describía así en una entrevista con el periodista Joshua Foer la radical experiencia por la que pasó a la historia. Tenía 23 años y se propuso pasar sesenta días recluido en una cueva subterránea a cien metros de profundidad, convirtiendo la exploración geológica del lugar en, sobre todo, un estudio de la percepción y la expresión del tiempo. Siffre enviaba una señal al equipo de apoyo en el exterior para indicar cuándo se levantaba, cuándo comía y cuándo se acostaba; además, comunicaba su pulso cardíaco y realizaba una ingeniosa prueba psicológica que consistía en contar de 1 a 120 intentando mantener un ritmo de un número por segundo. No recibía ningún mensaje desde fuera que le permitiese tener alguna noción temporal, así que todas sus acciones venían marcadas por sus deseos o impulsos, no por ritmos celestes ni sociales. Sin el reajuste permanente que induce el ciclo solar de días y noches se impone el reloj humano interno y el uso del tiempo inevitablemente se altera. Siffre entró en la cueva el 16 de julio de 1962; cuando el 14 de septiembre le dijeron que el experimento había terminado, se quedó perplejo: él pensaba que aún era 20 de agosto y que le quedaba casi otro mes por delante. En el ejercicio rutinario de contar hasta 120 llegó a tardar hasta cinco minutos.

Uno de los padres de la cronobiología, el alemán Jürgen Aschoff, promovió experimentos equivalentes con cientos de personas voluntarias valiéndose de un búnker abandonado de la Segunda Guerra Mundial, reconvertido en laboratorio para el estudio de los ritmos circadianos. Años y años de registro sistemático de múltiples variables fisiológicas en esas condiciones de aislamiento sirvieron para demostrar la existencia de ritmos endógenos para la alternancia sueño/vigilia o las variaciones de temperatura. En esa situación de «ritmo libre» (free running), sin referencias astronómicas, el reloj interno humano define «días» ligeramente por encima de 24 horas.

Relata esta historia, y muchas otras, Emilio Sánchez Barceló, Catedrático de Fisiología ya jubilado, en el delicioso librito Ocho hitos en la historia de la cronobiología (Ediciones Universidad de Cantabria), que se suma a su imprescindible Hicimos la luz… y perdimos la noche, cuya segunda edición revisada y mejorada con ilustraciones a todo color está ya en librerías. Tengo el honor de contribuir a esta edición con un prefacio titulado Salvemos la noche. Urge que lo hagamos, también por nuestra salud.

Martin Pawley. Artigo publicado na sección "La noche es necesaria" da Revista Astronomía, número 274, abril de 2022. 

venres, 25 de marzo de 2022

A última película (Chhello Show)

No musical Pre-Code Showgirl in Hollywood, dirixido en 1930 por Mervyn LeRoy, hai unha secuencia que encontro fascinante. Alice White interpreta I’ve Got My Eye on You no que vén sendo un arquetípico número ao estilo daquel tempo, con gran decorado e movementos xeométricos do corpo de baile, mais o director elixe “desaproveitalo” poñendo o foco non na actuación senón no rexistro fílmico desta: a cámara colócase en lugares insólitos para amosar a presenza (e o traballo) do equipo de rodaxe, en particular a gravación do son, un invento nesa altura aínda recente. De xeito brillante, desveláballe así á audiencia contemporánea como se facía unha película “all-talking”.

O cinema, desde que existe, vén falando de si mesmo para relatarnos as súas grandezas e miserias, as revolucións tecnolóxicas e os cambios nos usos e costumes sociais arredor da experiencia de ver películas. Por iso resulta tan estraño que a mutación radical que vivimos na segunda década do século XXI, a desaparición do soporte fílmico en favor do dixital, estivera tan ausente das historias que nos contaron as pantallas. Chhello Show (en España, La última película) revélase como unha excepción notábel. O filme de Pan Nalin fai explícita a substitución, na sala onde transcorre unha parte esencial da acción, dos vellos proxectores de 35 mm por un sistema dixital. E como obxectos materiais que son, todos os elementos propios da reprodución analóxica son susceptíbeis de reciclaxe: o metal das máquinas da cabina servirá para fabricar culleres, o plástico dos rolos de película renacerá en forma de pulseiras de cores.

Chhello Show é unha felícisima sorpresa, un tributo ao cinema que dialoga, sen prexuízos, cos seus referentes máis nobres, incluído, como non, Satyajit Ray. Mais, e isto é o verdadeiramente importante, a homenaxe que nos brinda Pan Nalin -e que se ergue sobre a súa propia biografía- non cae xamais na melancolía reaccionaria, na saudade dun pasado irrecuperábel. Antes polo contrario, é un exultante canto á curiosidade e a creatividade, a que leva ao neno protagonista, Samay, a preguntarse polos fundamentos do cinema. Na súa primeira vez nunha sala para ver un filme relixioso, o único que o seu pai, en principio, lle deixará ver, Samay ponse de costas á pantalla para mirar non as imaxes senón o feixe de luz que as proxecta. Ese simple xesto lévanos ao Arnulf Rainer de Peter Kubelka, unha película que se pode ver sen mirala, ou, como fai o pequeno, mirando o proxector: o cinema como combinación atinada de luz e escuridade, de son e silencio. Fascinado pola súa descuberta, Samay irá explorando toda sorte de estratexias para entender o misterio das imaxes que forman historias, para comprender como cambia a paisaxe cando lle impoñemos os límites que definen un plano ou a miramos con filtros de cores, para aprender a física da luz. As investigacións de Samay non difiren moito das de Stan Brakhage, e de feito durante boa parte da metraxe Chhello Show podería considerarse unha película experimental para públicos de todas as idades, inxenua, emocionante e intelixente.

Martin Pawley