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| Night Music (Stan Brakhage, 1986) |
El periódico portugués Público es para mí, y con mucha diferencia, el mejor de los que se editan en la península, en parte gracias a su cuaderno de los viernes, Ípsilon, en el que aún es posible leer textos de extensión generosa. El
día que escribo estas líneas Ípsilon dedica seis páginas a una exposición de fotografías sobre el Portugal post-25 de abril y otras cuatro a una excelente entrevista de Jorge Mourinha al catalán Albert Serra (por la llegada a las salas de cine del país vecino de su obra maestra Tardes de soledad), despliegues que infelizmente son ahora infrecuentes en la prensa de papel.
Una lectura pertinente cada viernes es la colaboración semanal de António Guerreiro, Acção Paralela. Crítico literario, editor de la revista Electra y profesor invitado de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Lisboa, las crónicas de Guerreiro ofrecen una mirada siempre inteligente sobre el estado del mundo a través de artículos universales e intemporales por la calidad y precisión de su prosa y la perspicacia de sus análisis. A menudo expone su preocupación por la conservación de la naturaleza, que incluye, y eso sí que es inusual, el interés (y la crítica) hacia la contaminación lumínica, que él mismo reconoce una consecuencia de su atención al trabajo del investigador Raul Cerveira Lima, con quien mantiene desde hace unos años un «diálogo intermitente». Guerreiro es uno de los firmantes de la carta abierta al primer ministro de la República que Raul impulsó en 2021, Reduzir a poluição luminosa em Portugal, junto al arquitecto Alexandre Alves Costa, la ecóloga Helena Freitas, la historiadora Rosa Fina, el astrónomo Pedro Russo o el cineasta João Pedro Rodrigues (además de Fabio Falchi, Salva Bará y yo mismo).
Su brillante columna del 30 de mayo, Revelação da noite, reflexiona sobre el apagón ibérico, que evidenció como las personas tienen en general una visión del trabajo «que se parece más a una servidumbre» de forma que «todo lo que los aparta de esa servidumbre es un asomo de felicidad». Pero la «revelación metafísica, quizá la más importante de todas» ocurrió al caer la noche en aquellos lugares en los no se había restablecido la electricidad. «El mundo urbanizado, colonizado por la electricidad, parecía haberse replegado» y mucha gente descubrió la noche, incluido ese «extraño fenómeno luminoso que, para los profanos (no para los astrónomos), ha existido desde la fundación del mundo:
la Vía Láctea», un paisaje ya desaparecido en casi toda Europa. Frente a la «adhesión sin control a todo lo que es indicador de progreso» que deriva en una paradoja, «cuanto más progresista en los aspectos tecnológicos y de consumo, más reaccionario en términos culturales», el autor concluye que «la captura de la noche por las luces artificiales del capitalismo contemporáneo 24/7 (es decir, sin treguas, 24 horas al día, siete días a la semana), la hegemonía del día recreado artificialmente, proporciona hoy un motivo que, aún sin tener todavía gran fuerza, justifica la crítica social del capitalismo». Siempre lúcido António Guerreiro.

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